MÉXICO, D.F. (Proceso).- En ocasiones la creación literaria puede empatarse con la realidad y enriquecerse a partir de ella. Así ocurre con la novela Yo fui Plutarco Elías Calles, escrita por Alfredo Elías Calles, nieto del Jefe Máximo de la Revolución, bajo el sello Santillana Ediciones Generales y que ya se encuentra en librerías.
A casi 70 años de su muerte, Calles “rompe el silencio” –dice el texto– para dar su versión de episodios históricos que, debido al vértigo de los acontecimientos y a los intereses creados, quedaron sumidos en la confusión o se deformaron por completo.

El general dicta sus memorias “desde ultratumba” y describe paso a paso los avatares de una vida que lo llevaron a ser pieza fundamental en la historia de México.

En esta historia –para cuya realización el autor investigó en archivos y fuentes documentales, así como en información privilegiada proveniente de su propia familia– se advierte el interés del escritor en dejar clara la postura de su abuelo en por lo menos tres aspectos: la revuelta religiosa que devino en la Cristiada, el asesinato de Álvaro Obregón y la “traición” del presidente Lázaro Cárdenas, quien decidió expulsarlo del país.

En la narrativa de su nieto, el general Calles justifica sus acciones y aclara que nunca estuvo en contra de la fe católica:

“El cisma fue con la jerarquía eclesiástica. Con el clero, con sus intereses y ambiciones; ellos decían sólo obedecer al papa. Yo, a la República.”

Y añade:
“(…) Los habitantes de las comarcas miserables se enorgullecían de la ofrenda trágica. ‘¡Muera el gobierno!’ El escándalo nos convirtió en el anticristo, en el enemigo de su ‘Rey’. No entendieron que el conflicto del Estado fue con el clero intrigante, no con la fe; eso nunca estuvo en disputa.”

En lo que se refiere a Obregón, el fantasma de Calles afirma que quien venció a la División del Norte resultó a su vez derrotado por su propia ambición y pagó con su vida el afán de reelegirse.

“La malevolencia humana, que como sabemos no tiene límites, se encargó de propagar la tesis de que yo había accedido al asesinato del presidente electo con tal de garantizar mi estancia en el poder. Si sólo supieran que lo contrario es lo que más deseaba.”

Sentencia:

“… a partir de ese hecho y en años por venir, los abarroteros de la historia han tomado ventaja de mi ausencia para señalarme involucrado en tamaña fechoría…”

Al final de la historia aparece de nueva cuenta Lázaro Cárdenas, siempre Cárdenas… su némesis, el único que pudo sacudirse el dominio que el Jefe Máximo ejercía sobre sus predecesores.

Desde el comienzo de la novela, Alfredo Elías Calles describe un entorno de traición. Incluso narra que, en su juventud, su abuelo conoció a una pitonisa que le vaticinó poder y triunfo, si bien le advirtió asimismo que la traición y las malquerencias siempre habrían de rondarlo.

La obra perfila una suerte de tragedia ática: el padre que devora a sus hijos para evitar que alguno de ellos crezca y lo supere, y el vástago que, liberándose del exterminio, crece, desafía a su progenitor, lo castra y acaba con su dominio:

“Pensé en ti, Lázaro Cárdenas, presidente de los mexicanos. Recordé cuando te conocí, una veintena de años atrás, eras un chamaco de veinte…

“Te formaste en la vida pública durante mis tiempos de mando; aplaudiste mi evangelio político con entusiasmo y, en 1928, ante la muerte del general Obregón, me dirigiste esa carta donde me presumes el líder patriota que habría de salvar a la nación. Eras joven mientras que yo, aunque prematuramente, me hice viejo. La intensidad de los tiempos me desgastó.”

El nieto de Calles está convencido de que a su abuelo le tendieron una celada. Dice el Jefe Máximo:

“La fechoría rápidamente adquirió voces exacerbadas, haciéndome responsable de una conjura que equivalía a la traición de los principios revolucionarios. El mentor que fui yo, gracias a la fuerza mediática que tú controlaste, se convirtió en desertor de los cimientos sociales por los que había luchado. Tal fue el oportunismo que tú, presidente Cárdenas, utilizaste para legitimar tu debilidad.”