Vivió como doctora entre los indios Mayos a los que describió en sus cuentos.

POR IGNACIO ALMADA BAY

En 1959 Ediciones Botas publicó “Cuentos del Desierto”, un tomo rojo que reunía  once relatos breves de Emma Dolujanoff, temas escritos entre 1957 y 1959 al cobijo del Centro Mexicano de Escritores. Esta obra fue vuelta  a editar trece años después, en 1972, por la Universidad Nacional Autónoma, enriquecida con dos narraciones más, “Dios me prestó sus manos” y “El Venado niño”. Esta última es más mas bien poesía en prosa.

  La  autora, hija de emigrados rusos, nacida en México D.F. en 1922, daría a luz posteriormente dos novelas, “Adios Job” en 1961 y “La calle del fuego” en 1966. Ese mismo año, participó en el ciclo Los Narradores ante el público que el Instituto Nacional de Bellas Artes organizó y cuyos materiales fueron recogidos en dos volúmenes y publicados por la editorial Joaquín Mortiz.

  La aparición los cuentos en 1959 fue recibida con reseñas entusiastas de Emmanuel Carballo, Pedro Gringoire y Francisco Zendejas. Poco después, Fernanda Villeli hizo  la adaptación para la televisión de El Huellero  y El Pascola  bajo la dirección escénica de Manuel Lozano y con la actuación de Julio Oscar Taboada, Alicia Montoya, Roberto Araya, Raúl Dantés y Jesús Carrasco.

  3 de los cuentos han sido traducidos al alemán y publicados en antologías. La historia de Tatán fue incluida por Joachím A.  Franck  y W. A. Oerley en Una Rosa o dos– Antología de los mejores cuentos de amor de la literatura universal. “Llano grande” y  Arriba del Mezquite formar parte de los cuentos “Los cuentos de los mejores autores”, antología  editada por W. A. Oerley 1962, Horse Erdmann Verlag, Stuttgart.
  Emma  Dolujanoff,  pertenece al perenne tronco de narradores médicos que abarca desde Antón Chejov hasta Williams Carlos Williams, y que México incluye desde Enrique González Martínez, Mariano Azuela, hasta Rubén Marín, recientemente Fernando del Paso y Herman Bellinghausen. Los vasos comunicantes entre la literatura y la medicina son varios y diversos como lo prueban las obras de estos autores.

La mirada de doctora sobre los avatares de los indios Mayos, los Yoris y el paisaje, participa de aquella que aquella que Ramón Rubín desplegará en los primeros años de la cuarta década de este siglo sobre los pápagos y los mestizos dispersos en las rancherías del desierto de Altar y que cristalizara en dos narraciones noveladas.

 “Para sacarse una espina” y  “El negro polvo de oro”, y una a manera de cuento, La noche de la demente” reunidas un tomo bajo el título de  “Cuando el Táguaro agoniza” 1960.

Su condición de mujer, se suma a las de médico-escritora y de fuereña al ambiente sonorense-como forastero fue Ramón Rubín en los Arenales de Altar, por lo que su contribución a las letras sonorenses es todavía más singular, ya que la presencia femenina en el retablo de la narrativa en Sonora, es más bien escasa, aunque relevante: Enriqueta y Ofelia  Parodi y Armida de la Vara.

  La querencia de Emma Dolujanoff, por las tierras del Mayo y sus gentes, prendió cuando acompañaba a su padre dedicado al comercio, en largos viajes en ferrocarril por la costa del Pacífico.
  Luego, desde 1942 a 43 hasta principios de los años cincuentas, pasó temporadas en Camahuiroa, un pequeño poblado rodeado por el monte y la playa, prestando sus servicios como médico entre los indígenas.

  Prendada de la “limpieza interior” de los indios Mayos, en palabras de la autora, y seducida por la conjunción del cielo, monte y mar, prolongó su estancia en este solar del sur de Sonora trabando afectos con los lugareños. Su quehacer médico lo compartía con una añosa india llamada Lola la vieja, que fungía como adivina-saurina se les llama en la región- y curandera.

 Ésta Lola se vuelve protagonista del cuento “María Galdina”.
   Los personajes de estos cuentos son verosímiles, indios Mayos o blancos de carne y hueso que hablan con los huecos y los llenos de la verdad, manifestando los recovecos de la alma humana, sus hondos dilemas y su intimidad nacarada.

 El medio es personaje aquí, tan vivo como los Mayos y los Yoris que desfilan a largo de estas páginas. Es un escenario donde humanos, animales y plantas tienen la propiedad de asemejarse, como la arena y los pitahayos, como los harapos de la vieja y la tierra en “María Galdina”, como las piedras y los mangles, la tierra y el agua que hace un solo cuerpo y un solo color en “La correría del venado” y la vieja y la noche en “La historia de Tatán”. Las sombras de pitahayos o de rifle, están animados:

 Trepan, reptan y se ramifican como en “Llano grande” y en  “El  Huellero”. En el valle del Mayo, junto a las marismas o en medio del monte, el paisaje se vuelve gente  y la gente paisaje.

  Emma Dolujanoff en 1988, añora los crepúsculos ribereños de Camahuiroa y en su soledad habitada se acompaña de Fernando Pessoa. Mujer lúdica que en los años cincuenta peregrinaba hasta Alamos, para aventurarse en sesiones de espiritismo y  en juegos de guija y que relata haber recolectado de las playas, en los años 40, cazos laqueados donde comían arroz tripulaciones de hipotéticos submarinos japoneses que exploraban el Mar de Cortés; hasta hay quien asegura en la región haber divisado su periscopio.

   Así como Ramón Rubín retrató a los moradores del desierto de Altar, Carlos Manuel Pellecer a los vecinos del alto Río Mayo, Martín Luis Guzmán a las mujeres de Magdalena, y Gerardo Cornejo a los serranos,  tras violenta travesía, vueltos residentes de los llanos, Emma Dolujanoff, representó a los Mayos y a sus sucesos prósperos o adversos. Ella trazó esta obra bajo el signo del desierto, coincidiendo con Gilberto Owen: dice: 
  “Abril nunca es abril en el desierto”.