LEYENDAS DE GUAYMAS

EL CRIMEN DE DON MARGARITO MAYTORENA
Y DE SU SICARIO EN EL CERRO DEL CABEZÓN
POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE


El arriero apresura encaja las espuelas en la bestia, es absolutamente indispensable estar puntual en casa de don Margarito Maytorena para entregar la maleta que desde La Misa trae consigo sorteando todo tipo de peligro en el largo trayecto. Y sabedor Tiburcio Macazani del carácter tan ladeado de su patrón, da recio con el fuste y de continuo flagelado animal que pareciera chorrea sangre por el camino.Son las 5 de la tarde y ya el señor Maytorena está más que histérico, sus gritos a la servidumbre se escuchan por toda la casona ubica en la plaza de armas que se ve sombría por ser un reflejo constante de sus propios interiores, trasmuta un sudor intramuros de desasosiego, y no es para menos sur propietario están con el alma en hilo, como si su vida dependiera del contenido de esa valija. Seguramente es una buena suma de dinero, tal vez unas escrituras de las minas o de la hacienda. Nadie lo sabe, sólo don Margarito que se frota las manos y camina de un lado a otro en la espaciosa sala, se sienta por un leve momento y se pone de pie de inmediato, no haya quietud, no mientras no tenga en sus manos aquí bolso que le envía su hermano don Chamalito Maytorena.

Ambos llegaron a La Misa en forma fortuita, vinieron como voluntarios formado parte de un grupo de moradores de San Miguel de Horcasitas para hacer frente como buenos mexicanos a la intromisión de Estados Unidos, originado por la anexión de Texas a la Unión Americana, esto hizo, entre otros factores que se declara la guerra entre México y los Estados Unidos, el 13 de mayo de 1846.
El día 6 de octubre, el barco de guerra norteamericano “Cyane” apareció en la Bahía de Guaymas, y declaró el estado de sitio. Al siguiente día atacaron, sin poder quebrar la defensa al mando del coronel Campuzano.

El día 7 de octubre, los norteamericanos iniciaron el ataque a Guaymas, cuyo primer objetivo fue apoderarse del barco mexicano “Cóndor”, el cual fue defendido por los soldados del Batallón Activo de Sonora. El capitán Duport, jefe de los invasores, dándose cuenta de que no era tan fácil tomar el puerto, mandó una comunicación a las autoridades nacionales proponiendo el cese al fuego si los mexicanos no lo atacaban.

Día 13 fue liberada gracias al arrojo y patriotismo de todos los grupos de voluntarios de los varios pueblos de Sonora que acudieron una voz a salvar la patria.

Una vez pasado el peligro de ese acto voraz del vecino del norte que no se pudo consumar por fortuna, los hermanos Maytorena Goycochea decidieron quedarse se en la región aprobar suerte, vieron la oportunidad de hacerse de algunos terrenos dando forma a la hacienda de La Misa, despoblada pero con suficiente agua para sembrar y criar ganado.

Con el pulso tembloroso y la saliva brotando por la boca tan enmarañada por el espeso bigote, al fin don Margarito abre la aquella bolsa de cuero. Es increíble que haya llegado bueno y salvo el yaqui ante el señor Maytorena, pero es que sólo él, podía cumplir con eficiencia con aquella encomienda que tal pareciera era de vida o muerte. Sus conocimientos del monte, su pericia para cabalgar, y el tomar ciertos atajos lo llevaron a culminar a feliz término con este compromiso tan peliagudo. Se imagina Tiburcio que en las pulgas de don Margarito si le hubiese llegado a fallar, seguro y lo manda fusilar de inmediato. El señor Maytorena tiene poder para eso y mucho más en este pueblo.

Lentamente con sumo cuidado va sacando los documentos, los revisa uno por uno, se reclina en su sillón preferido y al fin siente que el pulso y la respiración vuelve al estado normal, ya no hay por qué preocuparse, todo parce estar en regla. De pronto sonríe pleno de satisfacción y se santigua con gran reverencia volteando su mirada al cristo que cuelga de la pared.

Con cierto temor y sumo respeto se acerca, casi tímida doña Amparo Sicre de Maytorena, es su esposa que ha estado rezando sin cesar muy abrigada entre sus santos y veladoras en la alcoba viendo y escuchando la tempestad que provocó su marido ante la desesperación de que no pudiera contar con aquella correspondencia venida de La Misa y en tiempos tan difíciles.

La luna se oculta por momentos tras una nube espesa y el contorno se ve aún más lóbrego, en la casa de don Margarito, no hay tranquilidad absoluta pues contrario a lo que se pudiera, se imaginar, se fragua un crimen. Ya Ramón Ontiveros tiene bien fija en sumamente la forma en que debe deshacerse de Tiburcio. No debe amanecer, nadie más debe saber de él ni de los documentos que trajo consigo a lomo de caballo para depositarlos en las intranquilas manos de aquel hombre de inquina, receloso y sin duda alguna criminal a sangre fría, porque convienen a su intereses que el sigilo reine y nadie sepa que ya no es un hombre al borde de la bancarrota, aquellos testimonios que obran en su poder y que les son remitidos por Chemalito su hermano, son un garante de que todas las deudas han sido liquidadas pero esto no debe ser del dominio público, no así para alguien que piensa tan mezquinamente en tratado de negocios.

Tiburcio ronca plácido en su casa modesta junto su mujer y dos niños al pie del cerro El Cabezón, una barriada de yaquis al servicio de los caciques. Ramón Ontiveros entra sorpresivo derribando la endeble puerta de madera y golpea a María y amenaza a los pequeños con matar a todos siguen llorando. Tiburcio le suplica que no les haga nada.
– Bien, le reconviene el matón-, sólo necesito que salgas junto conmigo, así sin vestirte al cabo que para entrar al cielo no se necesita ropa.
-Como eras canalla Ramón, por unos cuantos pesos traicionas la amistad de tantos años. ¡Qué sacas con obedecer a ese cacique, óyelo bien, así como te ordenó matarle, así lo hará algún día contigo, se deshará de ti con toda facilidad.

-Te equivocas Tiburcio, primero me le voy adelantar, y a ese viejo malnacido lo voy a matar de la misma manera que a ti, como a un perro.
-Pero yo que te he hecho Ramón para que tengas en mi contra tanta rabia, caramba.
-Nada, por si no lo sabías me agrada tu vieja, me voy a quedar con ella, ¿cómo las vez?
Lo que Ramón no advirtió que María estaba a prudente distancia favorecida por la negra noche, y al ori esto disparó su carabina repetidamente en la espalda del matón que cayó fulminado.
Allí mismo junto a un trochil hacen un hoyo y lo entierra. Ciertamente nadie supo nada, ni de quien después mató a don Margarito

 


Don Aristeo Otero de la Huerta tercer fundador del pueblo

La plaza de Armas, o de los Padres, como le llamaban los habitantes de la Villa de Magdalena, poco después del cruento ataque de los apaches en 1778 que dejó convertido en cementerio al pueblo, fue edificada por un ilustre español de nombre don Aristeo Otero y de Huerta.

Hombre de pundonor y coraje don Aristeo arribó a lo que quedó de esa bárbara incursión de los alzados tan implacables como vengativos, y doblando sus rodillas elevó una plegaria al cielo, solicitando al Padre Celestial le diera fuerzas, ideas y corazón para volver a refundar el pueblo, como ya lo había hecho el alférez Juan Bautista de Escalante en 1700 cuando llegó a la destrucción que quedó después de la insurrección pima–papaga que también dejara a la Misión de Santa María de Buquibaba totalmente devastada. El español contaba con algunos recursos monetarios, traía consigo desde Tuape una caballada, vacas, asnos y mucha semilla que fue trasladas en carretones.
El río era primoroso, con agua clara permanentemente, por lo que era sumamente atractivo a los ojos de cualquiera, establecerse en la vieja misión fundada por el padre Kino, hombre al que se le rendía una gran admiración.

Magdalena empezó a resucitar, la gente regresó ya más confiada en que no se volvería a repetir un nuevo ataque, puesto que don Aristeo Otero de la Huerta fue hasta el Tucson para comprar armas con qué favorecerse, lo que dio más confianza a las sufridas familias. Las tierras florecieron, el ganado se reprodujo y de esa forma el pueblo tuvo su auge.

Murió son Aristeo, y su heredero del mismo nombre siguió con tan sin igual entrega. Se dedicó en cuerpo y alma el joven Aristeo a realizar lo que su señor padre había dejado empezado, por ello los edificios de buena fábrica empezaron a rodear la plaza, y para mediados del siglo dieciocho la fama de Magdalena se extendió por todo Sonora.

Desde entonces se revivieron las festividades en honor de Francisco y, por la era de paz que atravesaba la región, muchísima gente vino a venerar al santo. Ya no más hubo otra intentona de parte de los indios, y la prosperidad fue notoria cada vez más, gracias a las medidas tomadas por don Aristeo Otero y su hijo, que tanto amaron a esta esta tierra, la cual mucho les debe a sus esfuerzos.


La infamia cometida contra su compadre no se puede reparar, sólo se podrá pagar en el infierno

El hombre es dado hacer cuanto le plazca en esta vida. Tienen plena libertad para matar, para golpear y para cometer las infamias más viles a contentillo. Así lo afirma Don Rafai Luna, un buen viejo, afable y con el don de la magnanimidad. Su sabiduría a todos conquistaba y de tarde en tarde acudía a su humilde morada para escuchar de su sapiencia.
–Fíjense nomás, en el cielo los ángeles estaban tan bien en esa gloria y santidad, pero como Dios Nuestro señor da la libertad plena, a nadie tiene de monigote o esclavo, estos se revelaron abusando de esa libertad para desafía al mismo Creadora del universo. En el Edén por el propio estilo, Adán y Eva eran felices, no conocía la maldad, pero tampoco eran sombíes, tenían todos los atributos de la libertad plena que da Dios, por ello tuvieron la iniciativa de desobedecer porque se acogieron a ese poder de decidir por sus vidas, sin importar consecuencias.
Pero déjeme que les platique con este largo preámbulo de un a pesan que ni quiera mencionar por su nombre porque es abyecta, vil, traicionera, solo diré que le decía Ruperto Mandíbula; tenía este tipejo a un compadre que era todo un caballero, ciertamente muy humilde y trabajador con su familia en el Barrio La Industria, amante de las copas, por temporada, no que compadre que si bien tomaba, no era un borracho, más bien un bebedor consuetudinario. Ruperto mandíbula le pidió al chamaco más grande para apadrinarlo y Manuelito aceptó de buena gana. Se hicieron pues compadres y por años llevaron muy bien ese parentesco que nace en la pila bautismal.Manuelito trabajaba como sacristán del padre don Eustacio, y este cada que podía le reconvenía a Manuelito que no se juntara mucho con Ruperto Mandíbula, con fama de traicionero, asesino a sueldo cuando le hambre la apretaba. Chapucero y marrullero que andaba muy manita con las autoridades corruptas haciendo trabajitos sucios


Era alcalde en esa época un individuo desalmado, pero no quiera ni decirles quien era el que ostentaba el poder político en esos años aquí en la llamada Villa de Magdalena.
 

Sucede que al alcalde no le gustaba ello más mínimo que lo tocara ni con el pétalo de una rosa, y como tenía la piel muy delgadita no toleraba el más mínimo comentario adverso contra su persona. Estaba hinchado de orgullo que pidió a mandíbula se deshiciera de le da el poder de tres años.Como el taimado alcalde no podía emprender ninguna acción represiva contra el Cura Párroco, sabía que este le tenía una gran estimación con a Manuelito su ayudante en todos los oficios del templo, así que le pidió a compadre el tal mandíbula que le diera un castiguito ejemplar pare que el buen sacerdote le bajar a su prédicas tan encendida en torno de la decadencia moral, corrupción y de las vaquetonadas del policías alcahueteadas por el edil.

Era una noche de 18 de abril de 1826 se apresura Manuelito para llegar a tiempo al tempo y dar la primer campanada del Rosario, en la equina del callejón Ocampo aguarda Ruperto Mandíbula, carga una botella de tequila en una mano y en la otra un machete. Al verlo el sacristán le grita:
– ¿pero que le pasa compadre que no me conoce, que le he hecho yo?

-Nada hijo de tal por cual, le responde el cobarde al tiempo de da cuenta dela vida de Manuelito.
Desde luego nadie averiguó nada estando la justicia tan arbitraria y lo único que ocurrió que alrededor de seis hombres del barrio, se pusieron de acuerdo para emboscar a los pocos días al asesino. Murió igual, a machetazos. Y tampoco nadie averiguó nada.

Se encontraron de nuevo los compadres en un camino que se bifurcaba al poco andar. Ruperto Mandíbula le pregunta:
–¿A dónde va usted compadre Manuel si se puede saber?.
–Yo al cielo-, responde Manuelito-; no sé tú qué cuentas darás a Dios, ya ves como me has traicionado y ya tendrás tiempo de sobra para pagar tu infamia.

Manuelito siguió su camino al cielo por una veredita estrecha; y Ruperto se vio obligado por un ángel a tomar el otro el camino con un árbol seco donde había un letrero mal forjado donde se leía: Destinos el Infierno.

 


ANTIGUAS LEYENDAS DEL PITIC

LA  INFERNAL NOCHE DEL CACIQUE PIMA EL TOPAHUE

POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE

Hasta  la capital del Nuevo México llegaron los clamores de las constantes rebeliones de los Seris y Pimas.

  A mediados de 1761, el Visitador General Don José Gálvez comenzó a organizar una expedición militar a Sonora desde la ciudad de México, con el fin de pacificar a Seris y Pimas, frenar a los Apaches y proteger al Norte de México de las posibles invasiones que planeaban…
  Mientras se preparaba  la tal expedición Satán andaba de plácemes, todo lo gobernaba a contentillo, crímenes y un mundo de fechorías solapadas por la impunidad, y cómo si no había un ejército como para doblegarlos y meterlos en cintura.
  El Topahue era criminal de nacimiento, sus perversidades como jefe pima no tenían parangón; corría la sangre como arroyuelo en ese holocausto que hacía en cada ranchería el maldito cacique.
  Los españoles que quedaban estaban estupefactos por lo cruel de este indio, y más se asombraban pues se tenía razón en el sentido de que esta tribu de indios seris bajos, eran gente pacífica y muy prontos para aceptar las aguas del bautismo.
 Satán dispuso que no hubiese paz, y su odio alcanzó a todos los aldeanos de Nacameri hasta el Pitic.
  Que tenía pacto con Satán nadie lo ponía en duda, mandaba fabricar pequeños ídolos de barro cocido los cuales distribuía entre todos los indios ya sea pimas o seris. En estos monos, según su opinión se encerraba un gran poder, como su fuese una bomba que se hacía estallar ante el adversario, solo que éstas era de odio.
  Con ellos y bajo esa presión de convencimiento, cada indio se fue convirtiendo en asesino, dejando atrás los días de reconciliación entre unos y otros.
  Durante dos años se preparó tal expedición que quedó al mando del Coronel de Dragones de México y de España, Don Domingo Elizondo. Al final el cuerpo militar se integró con 1,100 hombres financiada con más de $300,000 pesos; los misioneros de la Compañía de Jesús contribuyeron con el suministro de 500 reses y 2,220 quintales de harina.
  En Sonora, el Capitán Cancio preparaba la residencia de la brigada militar en San José de Guaymas a modo de cuartel.
  El Topahue se enteró de estos pasos que los blancos preparaban para su exterminio. El 10 de marzo de 1768 las tropas expedicionarias de Elizondo llegan a Guaymas; parte de la tropa se dirige hasta el Pitic al mando del Capitán Urrea. Dos meses más tarde arriban también al puerto sonorense 14 Frailes Franciscanos en reemplazo de los misioneros Jesuitas que habían sido expulsado en este período (1767).
  Por San Blas entraría otra columna para en San Miguel de Horcasitas estar a tiempo.
  En el Cerro Prieto, se apertrecharon los indios esperando el ataque de los expedicionarios que estaban aguardando desde tres puntos estratégicos: El Pitic, San José de Guaymas y BuenaVista.
  A mediados del mes de junio se da el banderazo inicial y el primer pleito se hace allí mismo en Cerro Prieto, con escasos resultados satisfactorios para los extranjeros, pues los indios, astutos y conocedores de la tierra, prendieron fuego a la maleza y escaparon entre las sombras del humo hacia la Isla del Tiburón después de un primer reconocimiento al enemigo.
 Don José Gálvez, Marqués de Sonora.
  Poco se conoce de esta guerra desigual, pero a finales de 1768 los indios Seris no aguantaron la constante amenaza de los mil soldados y entregan las armas, siendo obligados inevitablemente a pedir paz. Al siguiente año Don José Gálvez, Visitador y Teniente General para las Expediciones de las Provincias Internas, se da una vuelta a Sonora llegando el 17 de mayo a la ciudad de Alamos.
   Desde ahí, como voz autorizada, manifiesta que a todos aquellos Seris y Pimas que aún anduvieran alzados recibirían un indulto si se presentan pidiendo la paz en un plazo no mayor de 40 días. Tiempo después, a raíz de estos acontecimientos, los Seris se separan de los Pimas y envían a 12 familias a El Pitic como confirmación de su alianza con los españoles y su rechazo a la tribu Pima.
  Para marzo de 1770, catorce familias más pedían vivir pacíficamente junto a sus hermanos ya asentados en El Pitic, entre los cuales iba uno de sus líderes más importantes: Crisanto. Se cuenta que cuando dicho guía espiritual llega a El Pitic, los españoles piden al Seri Mayor una prueba de su fidelidad. Crisanto se aleja del Pitic regresando con el caballo, las armas y la cabeza de un Pima como manifestación de su alianza con ellos.
  Desde ahí en adelante combatiría al lado de los Españoles  completándose fielmente una estupenda versión masculina de La Malinche.
  Crisanto se convirtió en el Gobernador de la Nación Seri en El Pitic, teniendo por Alcalde a otro Seri llamado Francisco. Por otra parte, el Visitador Gálvez en su calidad de responsable general de la expedición, emite 20 instrucciones del Virrey para la asignación y repartimiento de tierras en los pueblos indios y de los españoles residentes; se arma de valor, baja de Alamos y se atreve a acercarse al enemigo llegando al Pitic el día 01 de octubre de 1770, lugar donde se reúne con los altos jefes de la expedición permaneciendo trece días.
  Tiempo después los Seris rompen el pacto y se esconden de nueva cuenta en sus reductos de Cerro Prieto, hacia donde Elizondo va a intentar persuadirlos de un eventual regreso. Surge la información después de que al parecer el Visitador Gálvez, en un arranque de desesperación, perdió sus facultades mentales al no soportar la inestable situación.
  Al parecer Elizondo se impone de nueva cuenta y logra el objetivo de reducir a gran número de Seris en El Pitic una vez más. Escribe al Virrey de Croix: “Los indios seris rendidos pasan a ponerse a los pies de vuestra Excelencia, obtener la confirmación de su perdón general y establecerse en este cantón al pie del “Cerro de la Conveniencia”, que dista un tiro de fusil, en cuya inmediación de este cuartel tienen su siembra habiendo abierto acequia para su riego y hecho presa en el río para la extracción del agua.
  Por estas ventajas suplicó se les conceda la gracia que desean para vivir con tranquilidad.
 Los emisarios Crisanto su Gobernador, y los indios José Antonio, Antonio y Juan Antonio, quedaron en mantener la paz.
 Para reafirmar este compromiso por parte de los indígenas, los emisarios partieron hacia la Ciudad de México acompañados de dos cabos de regimiento el 21 de abril de 1771, se entiende para entrevistarse con las autoridades españolas regresando el 8 de Junio del mismo año.
  Ya para el mes de Julio, Elizondo y Corbalán arreglaron finalmente así las cosas: los Seris se establecerían en El Pitic (en lo que es hoy Villa de Seris), nombrándola como la Villa de Nuestra Señora de Guadalupe. Los Pimas quedarían en Caborca, Pitiquito y Visanic, y finalmente los Sububapas y Suaquis en Belén en el Río Yaqui. Concluido el arreglo, Elizondo decide el regreso del cuerpo militar después de 3 años de campaña llegando a la ciudad de México el 12 de agosto de 1771. A finales de ese mismo año, el 2 de diciembre, el Gobernador Don Mateo Sastré nombra al Teniente Manuel de Azuela para que se haga cargo de la Compañía que se quedó en vigilancia del Cuartel de El Pitic, y con ello se iniciaba otro capítulo de la historia.

 


SUCEDIÓ EN EL PITIC

LA BODA DE LA DAMA Y ELYAQUI

Por Francisco Eloy Bustamante

Sucedió la boda de Isabela y Manuelito el yaqui; si bien muy rumbosa, pero en el cielo. Si, esto fue por allá en el mil ochocientos….

 Muchos aldeanos lo aseguraban, pero nadie de ellos asistió. Y cómo si no hubo más invitados  que españoles de prosapia y por supuesto los padres del novio de raza yaqui.

 

  Manuelito Tapia Gutiérrez era converso a igual que sus progenitores, y si no fuera por su piel trigueña pudiera asegurarse que era andaluz al igual que la novia. Manuelito era un joven muy inteligente, y tenía gran facilidad para socializar; aunque nunca se afrentó de los de su raza, se allegaba con puros blancos, más que todo  porque laboraba en la oficina del gobierno colonial.

Era esta Villa tan pujante que se decía por esos años dieciochescos llegaría a ser la metrópoli del desierto.  En la oficina del capitán hacía las veces de auxiliar de todo lo relacionado con la papelería enviada a la capital del virreinato, una muchacha rubia y recatada de nombre Isabela de la Torre y Landavazo.

  Ella amaba a Manuelito por ser un joven además de apuesto, muy bien portado y con sentimientos muy nobles, todo un empleado muy íntegro a quien el capitán don Andrés de Alcorzer le tenía buena estima. No así los padres de la criolla quienes consideraban a Manuelito muy insignificante, “tan poca cosa”, solía decir doña Ignacia Durazo de la Torre y Landavazo. empero el marido, don Pedro de la Torre  y Landavazo era un poco más condescendiente con los amoríos de su adorada hija, pero no podía contrariar a doña Ignacia su mujer, porque ardía Troya, era ella de carácter extremoso, “doña mecha corta” le decía la gente de la Villa y más de una vez la vieron explotar contra el esposo poniéndolo en ridículo en vía pública  y  en donde se le pegara la gana.

Isabela inteligente y decidida como era, pensó que la única forma de salvar su amor, era casarse cuanto antes para lo cual en cierta medida tuvo la aprobación de su señor padre don Pedro de la Torre y Landavazo, pero la madre ni oírlo decir; la amenazó con todos los anatemas que se puedan recabar del largo historial de la iglesia contra herejes y profanos. Desde luego Manuelito era muy católico, gran devoto de la Virgen de Guadalupe y algunos otros santos a quienes con regularidad les tenía velas prendidas.
 

  Pero como este muchacho provenía de una raza diferente a la de la novia; no valieron luchas pues doña Ignacia nos cejó en considerarlo de raza inferior, converso  por imposición, descendiente de chamanes y quien sabe que tantos epítetos le endilgó. Seguramente –decía doña mecha corta– una vez casados le va a salir lo salvaje al tal Manuelito, parte de una tribu hereje sojuzgada con la espada.

 Pese a las muchas súplicas y ríos de lágrimas de Isabela, la madre no dio su brazo a torcer, estaba decidida a impedir la boda de su hija a cualquier costo. Y acudió a los saurinos y brujos que por los arrabales hacían todo tipo de encargos.

 

  Muy bien –replicó doña Ignacia– te vas a casar hija, seguro que si te vas a casar, ya que estás decida a ello, pues tendrás tu boda, de eso ni duda te quepa.

  Isabela se puso contenta por las palabras de su madre, pero de inmediato le pareció adivinar en aquel tono tan irónico que algo siniestro se escondía, y eso le preocupó sobremanera por lo que fue a alertar a su señor padre don Pedro de la Torre y Landavazo de este presentimiento al analizar profundamente cada una de las sílabas de doña Ignacia.

 

  Desde luego don Pedro sabedor del carácter visceral de su mujer, también tomó algunas providencias de orden espritual. Fueron al templo, padre e hija para encomendarse  a Dios y toda la corte celestial y que su poder los cubriera de cualquier malas artes que doña Ignacia pudiera invocar soltando buen fajo de dinero a los encargados de la magia negra del lugar.

  Pero don Pedro de la Torre y Landavazo ignoraba el poder de la hechicería,la brujería y el satanismo que se practicaba en El Pitic. Doña Ignacia solo pedía a Satanás destruyera la vida de Manuelito.

 

  Llegó el día de la boda para Isabela, el fraile ofició con normalidad, los cánticos se escucharon muy audibles hasta las orillas del pueblo; pero al salir del templo y recibir toda clase de parabienes por parte de las personalidades que los acompañaron dado a que don Pedro de la Torre y Landavazo era de posición acomodada, al ir subiendo los ya desposados al carruaje que los conduciría a su luna de miel, se decía que por rumbos de Guaymas, el cielo de pronto se puso densamente oscuro y sin más cayó un rayo sobre la frágil humanidad del novio que desde la cabeza a los pies quedó calcinado; Isabela de la Torre y Landavazo cayó hacia otro lado y también falleció a consecuencia de tan tremenda descarga.

 

   Fueron corriendo a dar parte a doña Ignacia Durazo de la Torre y Landavazo  quien no se había dignado acompañar a su hija, y en cambio aguardaba tras las cortinas a que ocurriera lo que ella había pactado, sufriendo una tremenda batalla espiritual contra todo aquello de bello y santo que se movía en el templo, en tan sonado desposorio de su única hija.
 –¡Doña Ignacia!, ¡doña Ignacia! –gritaba un mozo– la niña murió.
  –¿Cómo?, ¿quién dices que murió?
 –Si, los dos, doña Ignacia, tanto Manuelto como Isabela, su hija están muertos.
  –¿Ella también?…

 –Así es doña Nachita, al tratar de subir a la carreta ambos cayeron fulminados por un rayo en el atrio de la iglesia y quedaron los cuerpos boca abajo sobre el húmedo empedrado.

 

  Doña Ignacia se fue presurosa a casa del brujo, llegó jadeando y le aventó un buen morralito de oro sobre la mesa; le ordenó le preparara el veneno más fulminante que pudiera elaborar con su males artes. Una vez que tuvo la pócima en sus manos, la desdichada señora se lo bebió y allí quedó muerta a la puerta de la casa de aquel satánico sujeto que tanta desdicha trajo a la Villa del Pitic.

 

  Don Pedro de la Torre y Landavazo suplicó a toda la gente que no se volviera a hablar de esta boda fallida, que el suceso se perdiera en el olvido por siempre y que jamás de los jamases se supiera nada de ello. Para que las fuezas del averno no se sientieran triunfantes sobre este pueblo, subrayó. 
  “Haré lo de Lot –dijo el abatido de don Pedro de la Torre y Landavazo– siempre que vea como se cierne la maldad sobre la Villa, clamaré a Dios por ella, a ver si así me salva, como salvó a Lot de la destrucción.

 


LEYENDAS DEL PITIC

La aparición de los Padres Conspicuos en el Pitic

POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE

hombres raros en extremo eran los Padres Conspicuos, así les decían porque nunca se quitaban la tradicional capucha, aunque esto tenga distinto significado. Era una especie de orden dentro de otra, la de los Franciscanos. Los Conspicuos no eran más que cuatro frailes que siendo tan ilustres o sobresalientes, al igual que sus hermanos de menor jerarquía andaban descalzos por las calles de la Villa del Pitic en aquellos años de 1817 y 1822 cuando varios acontecimientos sucedían en esta región.

  El vulgo ignorante y ordinario tomaba a estos frailes con burla y les gritaban a su paso “los padres mocosos”, ya que daban la apariencia de estar siempre con los ojos llorosos y las narices muy moradas por el mismo efecto del llanto. Bueno eso es lo que suponían.

 

  Desde luego a los humildes frailes Conspicuos, esto los tenía muy sin cuidado; sabedores de las limitadas capacidades intelectuales de los aldeanos se limitaban a rezar sin cesar al transitar misteriosamente por las calles sobre todo cuando las penumbras de la noche hacían su arribo. 
  Nadie sabía qué es lo que hacían los Padres Conspicuos y por qué salían de dos en dos a caminar hasta la orilla del pueblo junto al del río y luego de atisbar a todos los horizontes reculaban al convento contiguo al tempo, siempre con la cabeza semi escondida en sus hábitos. 
 Cabe aclarar que el resto de frailes se comportaban de forma normal, salían a pedir limosna y algo de leña, pero con la cabeza descubierta, muy dados a la charla amena y sana invocando siempre el nombre del Creador. Los Franciscanos eran dados a curar a los enfermos, ayudar si era posible en las labores de las milpas.

  Pero los llamados Padres Conspicuos eran puro misterio, sus  pasos fueron seguidos por la chamacada y nada raro vieron sino que llegaban al río, volteaban al sur y al norte, rezaban y al parecer lloraban mucho, de allí el apodo de “los padres Mocosos”.

 

 Seguidamente en el más absoluto silencio emprendían su retorno hacia el convento sin cruzar palabra con nadie, y así era cada tarde.

  Se decía que a intramuros de la misión tenían una gran biblioteca y que los Padres Conspicuos eran doctos en teleología llegando a dominar el arameo, griego y latín, amén de otras lenguas muertas.

 

  Por esa época de recién iniciado siglo llegaban a la Villa del Pitic varios españoles acaudalados buscando la forma de contraer matrimonio con alguna bella criolla, cuyas virtudes decían ya habían perdido las españolas muy dadas a casarse por el buen oro, más que por el buen honor.

 

  Don Rafael de Ruiz de Avechucho, no eran un naviero o comerciante de grandes polendas, pero si tenía fama de hombre justo y sensato, defensor de las buenas costumbres, no se diga gran cristiano y por ende llegó a hacerse amigo del padre Prior de monsterio de la orden Franciscana asentada en el Pitic. 

  Pocos españoles entraban al pequeño convento adjunto al sencillo templo. Uno de ellos era don Rafael donando monedas para que los Frailes pudieran seguir haciendo buenas obras entre tanto miserable que radicaba en los arrabales cercanos al Pitic, indios seris y pimas que daban lástima, se les veía llenos de enfermedades, niños con raquitismo y muchas más desgracias.

 

  Se arrimaban estos indígenas a la Villa para pedir un mendrugo de pan o bien misericordia. Los moradores del pueblo no eran miserables, los españoles aquí radicados tenían buena disposición de apoyar a los Frailes en su obra misionera.

 

  Sucedió que a don Rafael Ruíz de Avechucho se le enfermó su mujer con la que contrajo nupcias en esta Villa; a pesar de ser muy joven no pudo resistir una de tantas plagas que azotaba en la Provincia de Sonora.

 

  Corrió don Rafael al Convento a pedir auxilio, pero los Frailes nada pudieron hacer, y la quebrantada salud de Blanca de Jesús Ruiz de Avechucho fue haciendo estragos en su frágil humanidad lo que a don Rafael lo hundía en la más cruel desesperación ya que amaba a aquella linda criolla con todo su corazón.

  Fue con el padre Prior y le solicitó humildemente enviara a los Padres Conspicuos a ver a su esposa ya que se decía eran gentes muy preparadas en todas las ciencias, quizá ellos pudieran hallar el origen del mal y alguna curar oportuna para su señora.

 

  Los Conspicuos nunca salieron a ver la señora de Ruíz de Aechuco pues alegó el padre Prior que sencillamente estos no existían, ni dentro del convento ni en ninguna parte de la orden se daba este caso de padres con semejante nombre. Todos los Franciscanos por el mundo entero existen, sólo son humildes frailes sin distinción y sin ser más unos que otros.

 

 Pero Don Rafael esto no lo quiso entender, se cerró a aceptar que todo lo dicho por la gente de los Padres Conspicuos no eran sino resultado de una visión colectiva fantasmal, y por lo tanto al ver morir irremisiblemente a su esposa se trastornó, a tal manera que se le vio por la orilla del río buscando a los Padres Conspicuos para que acudieran en auxilio de su señora en el lecho de muerte.

 

  Se le vio hablar e invocar a aquellos seres imaginarios, los cuales por supuesto jamás volvieron hacer acto de presencia en las mentes fantasiosas de la gente de la Villa del Ptic.
  Así murió don Rafael Ruiz de Avechucho desfigurado por la locura.
Tomado de LEYENDAS DEL PITIC y otros cuentos antiguos.

 


LA COMISARÍA

CUENTO DE FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE

Florencio y Frank son dos chicos entre 13 y 14 años que aunque estudian en diferentes escuelas, se ven por las tardes para hacer sus travesuras en las prolongadas vagancias por todos los rumbos de la Cananea Vieja, que no tiene mucho que mostrar por esa época de inicio del pasado siglo.

  Es mediados de 1906, y se ciernen alarmantes presagios pues la paz en el pueblo amenaza con romperse dado a que los minero se muestran ya cansados del estado de cosas prevalencientes; ven que William Cornell Greene no da su brazo a torcer y antes que escucharlos y bajarle un par de decibeles a su obstinación de cacique a ultranza, protegido a todas luces por la autoridades porfirianas, aun más se hace el indiferente con el obrerismo al que trata con el látigo de la desconsideración y poco respeto a la integridad de sus vidas.
  Es despiadado norteamericano  tiene a la población dividida en dos o tres castas, los anglo americanos y europeos arriba en la Mesa Oriental, los obreros mexicanos entre la Cananea Vieja faldas del poblado, y a los chinos que son los más mal tratados, a los que hace trabajar por partida doble y con el mismo sueldo, viviendo hacinados en sótanos.
 Frank es hijo de don Casimiro Nerak, francés de origen, que gusta engordar gatos para su personal alimento, costumbre de su tierra, por lo que le dicen “el come gatos”.
   Florencio López en cambio asiste a la primera escuela establecida en el mineral, la Ignacio Hernández que funciona en un edificio llamado los Tres Pisos en la comisaría El Ronquillo. (El 13 de Noviembre de  1850 don Rafael Ronquillo, minero y soldado de Ignacio Pesqueira, descubre una rica mina que le dio su nombre, abarcando hasta cerca de la Cananea Vieja).
  Los adolescentes trabajaban aunque a horas sueltas en el mercado El Ronquillo. Sus padres saben que algo delicado se fragua, es un secreto a voces la irrupción de fuerzas americanas en el pueblo que vienen a controlar a los locales en su agitación cada día más incontenible.
  –No te vayas para el lado de la mina, no te acerques a la Comisaría –es el encargo de sus padres.
   Pero lo chicos alegan en sus favor  que solo ocupan su tiempo en trabajan en el mercado, aunque la verdad es otra,  luego de emplearse un día o dos a la semana, se van a reconocer los barrios y faldas obsesionados en cazar pájaros o de plano buscar amigos para jugar un poco al béisbol, deporte tan en boga.
  El primero de junio, Frank y Florencio vieron como algunos adultos caminan presurosos a la Comisaría, así que se van corriendo para allá, es poco después de las una de la tarde y las carretas y algunos jinetes parecen volar hacia ese rumbo. Se ha corrido la voz de que William Cornell Greene quiere parar de inmediato la huelga  estallada contra su empresa, y cita a las autoridades municipales en este punto para que calme a los obreros y aprehenda a los líderes.
   Los dos amigos se van metiendo a empujones entre aquella aglomeración que por cientos llena el baldío frente al edificio de madera donde el presidente Larrañaga y el comisarioJuan Pérez acompañan al coronel Greene quien desaforado lanzando amenazas y anatemas contra los huelguistas.
 –«Les va a ir muy mal a esos revoltosos, no los sigan, mejor quédense tranquilos a que todo pase y así puedan volver a sus trabajos sin ser sancionados o sufrir represalias por parte de las autoridades, porque se está violentando la ley y ustedes no son gente que viole la ley mexicana».
  Así a grito pelado les reconviene el  Coronel Greene tratando de que los ánimos tan caldeados se calmen y no pase a mayores. Pero esto es inevitable, la huelga ya estaba declarada y no hay marcha atrás, lo que viniera será resistido por el Comité de Huelga, sin imaginar que la sangre habría de llegar al río pues varios compañeros de labores perecerían en manos de autoridades y guardias blancas del dueño de las minas que están a su favor con un buen contingente de Rangers autorizados a cruzar la línea para reguardar los intereses de William Cornell Greene.
   Por horas los padres de Frank y Florencio no supieron de ellos, los buscan por separado en el mercado, se meten por entre los callejones prenguntándo a la gente, y nadie sabe nada.  Alguien les dice que los vio entre los huelguistas, pero no es así, están entre los mineros y sus familias en La Comisaría que no hallan si sumarse al paro de labores y de plano quedarse estáticos ante las amenazas de William Cornell Greene que afuera de la Comisaría del Ronquillo dura más de dos horas arengando a los cientos de obreros y a su familias que se acercan para estar enterados.
   Florencio fue capturado por un policía que los traslada a la cárcel de Cananea, pero al pasar por el mercado es interceptado por su padre quien al no poder convencer al oficial de que sólo es un niño y para nada le haría bien entrar a una celda a tan temprana edad, saca un Peso Oro Nacional  convenciendo al empistolado de que son chiquilladas y que nada malo estaba haciendo su hijo, solo husmeaba como cualquiera de su edad.
  El policía se baja del caballo y desata a Lencho de ambas manos al cual jalaba como si fuera una bestia.
  Don Ruperto le pregunta a su hijo sobre el paradero del otro muchacho, pero éste dice no saber nada, sólo a él lo han detenido por ser mexicano y como Frank es güero, allá se quedó.
  Aquel movimiento de personas en su mayoría obreros, no escuchan más a William Cornell Greene  y se suman a la gran marcha de huelguuistas, a la cual pretenden disolver los empleados de la Maderería que la resguardan.
  Los gringos Melfcaf profieren insultos y maguerazos, y luego vienen las pedradas, palos y balazos quedando en el suelo varios muertos, entre ellos un niño.
  Desgracidamente es Frank que se había sumado a aquel contingente de mineros enardecidos contra la empresa. La Maderería arde hasta quedar en cenizas.
   Una vez apaciguados los ánimos empiezan a levantar los cadáveres y, entre ellos, el pequeño Frank quien por su inclinación a la vagancia no se percató de que este tumulto de gente está decidida a todo, incluso a enfentar las balas y si es preciso a ofrendar la vida.
   –¿Por qué no cuidaste de tu amigo? le reconviene don Ruperto –; si siempre andan juntos ¿por qué no te escapaste del policía y juntos huyeron de la Comisaría para no ser aprehendidos?
 –Porque no medio chanza apá, estabamos mirando a Mr. Grenne muy colorado y enojado gritando muy fuerte, cuando de repente me agarró el policía del brazo y me jaló fuera de la bola:
  –¿Y nadie trató de impedirle?
  –No nadie, porque vieron que  llevaba la pistola desenfundada.
   –Pues menos mal, poque de haberlo agredido para separarte de él, seguramente se hubiera armando la gresca y a la mejor  hasta al propio Mr. Greene quién sabe como le hubiera ido –refunfuñó don Ruperto.
  Don Casimiro Nerak depositó los restos de su hijo en el panteón. Se pregunta por qué no está en una loma como en Francia su patria, pero se conforma con ver la cruz sobre la tumba en aquella ladera verde porque las lluvais hicieron germinar todo tipo de zacates.
   El pequeño Florencio no le dice nada a su papá, quiere ir solo a ver la tumba de su amigo; aunque está bajo castigo, se escapa y toma por rumbo del arroyo de la Monarca para llegar al camposanto.
  Hubiese sido todavía mucho privilegio seguir deambulando por el pueblo, pero ve ahora parado ante aquél montículo con una pequeña cruz de madera en que se lee lacónicamente el nombre Frank Nerak, y piensa que eso de la vagancia con su amigo ya no va a ser posible.
  El periódico local The Cananea Herlad que cuida la buena imagen de la empresa, en la parte baja de la primera plana publica un obituario donde a grandes rasgos da a saber que el niño Frank Nerak es hijo de Casimiro Nerak “el come gatos” y  que el pequeño de 14 años de edad, murió por imprudente contigencia en los disturbios de los revelotosos contra la empresa CCCC de Mr. William C. Greene, el 1 de junio de 1906.

 


TRAGEDIAS Y LEYENDAS CANANENSES

EL CERRO DE LOS ENAMORADOS

POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE

Hay un cerro muy alto enfrente de Buena Vista, pueblo sepultado por los avances de la explotación minera de Cananea, quedaba para el lado norte, allí pegado a las últimas casas, rumbo al camposanto…es un cerro pelón y la gente oía por las noches de plenilunio llorar a dos enamorados…

Estos se alcanzaban a ver desde el pueblo, se sentaba allá arriba, y a gritos se declaraban su amor….ardían de pronto como yescas y se consumían…
Quienes subían a ver quienes eran y por qué lloraban tan desgarradoramente, nunca hallaron nada…hasta que…

Yo fui uno de esos que subió junto con don Juan, Jerez, y hurgado debajo de las piedras me hallé una carta…bien encerrada en una cajita de metálica, como esas de las jeringas.
La carta no la abrí hasta que ya estuve lejos, en mi casa. Era un papel de esos de estraza, creo que se dice así, y en él con lápiz decía casi borroso:

“Me trajiste hasta aquí amado mío, para hacerme el amor….juraste con la mano en el pecho primero te lanzarías al despeñadero que negar cuanto me has querido…
Mis lágrimas corrieron como cataratas desde esta noche en que te he visto alejarte con alas de halcón desde esta planicie…

Tus besos, tu voz apasionada, tus manos a las que me aferré tan inútilmente…..son todas esas cosas las que ahora me estrangulan…..me asfixian….he tenido tantos amores, pero jamás he vuelto a recuperar esa pasión que tu me inflamaste….

Por miles de años, mi clamor por ti mi amado dejará de ser ensordecedor………Muero aquí, mi destino lo tomo yo….y si puedes al enterarte de mi cruel desdicha…regresa, sube hasta acá no sin una flor que habrás de recoger por la senda que juntos anduvimos hasta este pináculo del amor….”

Allí termina la carta. Supe que aquel hombre, joven y dicen que apuesto, peinando canas, regresó a Buena Vista, ignoraba todo…

Y al preguntar por María, María se llamaba la joven muerta quizá 50 años atrás, al enterarse del cruel y amargo desenlace, corrió primero hacia la cumbre de ese cerro, allí fue sepultada cuando la hallaron convertida en cenizas, María tomó la decisión de quemarse utilizando gasolina….

El desesperado amante se agotó pronto, ya no era aquel joven de entonces….iba solo, adolorido, y en vez de llevar tomado de la mano a María como lo hicieron por tantas veces,

Cortó sin proponérselo una ramos de tiernas florecillas silvestres….llegó justo a la peña donde salían entregarse su amor….

Su cerebro obnubilado do por el dolor, por la traición cometida contra su amada al no regresar para llevarla al altar, y ni siquiera enviarle una carta de disculpa, lo llevó a perder la cabeza y se arrojó al vacío…

De esa forma los dos espíritus se juntaron y con ellos, con ambos sacrificios, pudieron demostrar cuanto amor anidaba en sus corazones.
Cada vez que puedo saco la carta y leo vez tras vez: “juraste con la mano en el pecho primero te lanzarías al despeñadero que negar cuanto me has querido…”

Sólo la muerte los eternizó…..pero desde ese mundo de sombras ellos sufren no haber podido realizar su amor en el matrimonio, de allí que lloren tan espantosamente.

 


CUENTO

EL ENAMORADO DE LA PROSTITUTA DEL TÁPIRO

Las mujeres alegres recluídas por las autoridades sanitarias en la zona de tolerancia “El Tápiro”, recibían diariamente a infinidad de mineros y parroquianos, y a nadie se le hacían el feo. Esta parte del mineral estaba proscrito para la chamacada, pues se consideraba eran las puertas del averno.
El Tápiro causaba alegría a los papás, miedo entre los niños, y mucho odio entre las amas de casa. Lo varones entraban y salían al “Trece BAR”, allí dejaban su dinero y a cambio se llevaban placer, y a veces suspiros, entre una que otra enfermedad transmitida por las zurripantas.

Sólo un borrachales permanecía viviendo en la trastienda de un largo edificio con varios cuarto a guiza de prostíbulo. Era el velador, el que hacía la limpieza de los sanitarios y los mandados de las damas, el resto de su tiempo se la pasaba bebiendo.

A menudo el Juanelo era maltratado por las sexo servidoras que no le toleraban su aspecto de “tigre”, como le llamaban a los alcóholicos sin remedio. Mal comía y hablaba a veces de más, que era por lo único que lo consentían algunas de las damiselas, dado a que era ameno y con muchas historias que contar, con las que entretenía a las meretrices cuando no había clientela, haciéndose las horas menos largas, lo que las llevaba a salir de los estados depresivos. Eso lo sabía el Juanelo, lo que aprovechaba para distraerlas con sus historias fascinantes.

En un rincón estaba casi siempre “la Chepa”, quien aprovechaba el calorcito de la chimenea para soportar las noches invernales del mineral. Sus años de belleza habían quedado atrás, no la procuraba nadie, ni siquiera sus viejos clientes a los que tanto “amor” les dio. El Juanelo se le acercaba tímidamente para compartir con ella un poco de comida. Lo aceptaba por ser un hombre tan desgraciado como ella.

Pero lo que “la Chepa” ignoraba, era que el Juanelo, viejo como ella, la amaba. Nunca supo distinguir en la mirada de aquel ser tan humilde, cuánto amor le tenía. La amó desde aquella mañana en que la joven llegó al burdel; todos la asediaban, era la puta más codiciada, y objeto de envidia de sus compañeras.
Al cantinero, ella jamás le concedió una sonrisa y ni siquiera le simpatizó, pese a que el entonces joven Juanelo era de buen aspecto. Siempre calló su amor, aunque se moría de celos al ver a los mineros llegar por las tardes buscando a la más bella de las damiselas del Tápiro.

Hubo proposiciones para abondonar esa vida, más ella gozaba con ser la más adulada de todas. Se escuchaban balazos en las calles atravesadas por el pestilente arroyo La Monarca. Más de un caso atendió la policía, eran hombres jóvenes los que se mataban por “la Chepa”. La que al llegar a sus oídos la información de estos sucesos, soló sonreía con un dejo de perversidad.

Pasaron los años, el pueblo se cubría de nieve, venía detrás la primavera y el primoroso verano, y de nuevo el otoño. Así sin sentirlo a “la Chepa” le llegó el invierno de su vida, y se vio a sí misma, vieja y puta. Seguía viviendo en El Tápiro porque tuvo un fruto con el dueño, quien se ingrió con el hijo. Esto le valió a ella para seguir durmiendo en el cuarto de la leña. Allí tenía muy conservados su recuerdos junto con sus pocas posesiones.


A mediados de los 40s. se soltó muy fuerte el rumor de que el municipio iba a cambiar la zona de tolerancia hacia un lugar distante de la ciudad, ya que El Tápiro era objeto de ácres críticas por parte de comerciantes y las familias que poblaban esa parte del arroyo la Monarca.
Las “muchachas” se alistaban para cambiar de residencia, cuando cayó un nevada cruel. “La Chepa” falleció. Un acompañante tuvo, su fiel enamorado quien le lanzó flores a la tumba en prueba de tanto amor. (TOMADO DEL LIBRO LOS FANTASMAS DE LA CANANEA VIEJA).

 


MORTANDAD EN EL PITIC

POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE

No era un ataque más de los depredadores ni tampoco una plaga apocalíptica; fue la lujuria y la insidia desatada por un hombre llamado don Andrés Cienfuegos, porque conforme a su apellido, asi era.

Se apellidaba Cienfuegos, y la insensatez estaba con él, dado a sus pensamientos pecaminosos, siempre empeñado en llevar a toda costa a su cama a cuanta india veía en el Real Presido de San Pedro de la Conquista del Pitic.Pero los pocos soldados indígenas que juraron fidelidad a la Corona, buscaron la forma de vengarse de este depravado gachupín.

Lo vigilaron día y noche sin poder impedir que este siguiera mancillando a las mujeres de corte moreno. Y nada pudieron hacer por un tiempo, en vista de que don Andrés Cienfuegos, capitán de las milicias ascentadas en el Real Presidio, habiendo tenido en España toda una vida de convicto, esto le hizo agudizar sus sentidos y se valía de cualquier argucia para bloquear los propósitos de los indios.

Cosa que él astuto Capitán maliciaba y se les adelantaba a cada paso que ellos daban en su conspiración.

Pero tenía don Andrés quien le cuidara las espaldas en tanto daba rienda suelta a sus pasiones desatando todos los fuegos en su ser contidos.

Fray Cástulo de Peñaflor, adivinaba por su parte que algo trágico se cernia sobre el Presidio de por si ya sujeto a los avatares del destino en tierra de indios.

Intuía sin equivocarse que en el ceno de aquella pequeña comunidad que estaba intramuros guarecida de los fieros ataques de los varios grupos tribales, hervía el odio y la sed de venganza.

Fray Cástulo Peñaflor envió un mensajero con el Capitán, a uno soldado español que se sabía era el de todas las confianza, para hacerle saber que algo sombrío veía en el panorama y que por ello presentía una tragedia entre los moradores del Presido, pudiéndose destar una revuelta de fatales consecuencias.

Los soldados indígenas supieron que Don Andrés Cienfuegos al escuchar el llamado de atención del Fraile, l había zaherido, así que el mal ya estaba resuelto contra el amo y contra toda su casa, pues era un hombre tan perverso, que no había quien pudiera hablarle.

Toribio Wikit, un joven y ágil soldado converso, decidió llevar a cabo un ataque siucida, tomó un pasadiso secreto que conocía y estanfo delante de los aposent de Don Andrés, lanzó la antorcha dando cuenta de toda la habitación. El fuego incontrolable cundió arrazó con bodegas y toda construcción. Las paredes del Presidio en parte se desmoronaron con la intensidad del fuego.

El primero en morir fue Don Andrés y la inida que dormía a su lado. En cartas enviada a sus superiore Fray Cástulo Peñaflor dio un número de 45 soldados calcinados y 20 heridos de gravedad.

 


CUANDO EL PANTANITO FUE SEDE DEL INFIERNO

El Pantanito fue guarida del diablo con su legión de ángeles caídos

POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE

Paseando por el mundo, vio Lucifer que en El Pantanito había gente muy dada a la borracha y pendenciera, por lo que decidió habitar al pueblo con su legión de perversos ángles caídos.

El Pueblo en el camino de Santa Ana Viejo a San Isidro en Magdalena, fue fundado como descanso en una época en que se usaban carretas llenas con costales de harina producida en el Molino de don Hilarión Romo y Cienfuegos.

Este individuo era originario de Cataluña la vieja, y trajo vía marítima los adelantos de la época para elaborar harinas, valiéndose de gigantescas taunas que los nativos elaboraron bajo la supervisión de español quien era experto en esta industria de transformación en ciernes en las riberas del Río Asunción.

Los aldeanos del viejo Santa Ana, encontraron en la ranchería pima llamada El Pantanito fundada por el padre Aristeo Montesinos donde colocó una cruz, el lugar propicio para pernoctar ya que las carretas y recua de burros que era lo más socorrido por aquellos que no tenían bestias, por escasas.

En El Pantanito el templo pequeño y endeble construido por el padre Montesinos despareció. Muchas noches los visitantes del poblado, un puño de casas pero con muy buenas vinatas, bebían hasta quedar tirados por tierra entre choyas y sibiris.

Eran tales los bacanales de aquellos indios conversos a medias, que pasaron de ser rústicos peones de las haciendas, en salteadores y violadores, por lo que el camino de herradura fue cobrando fama de ruta insegura. Y quien se aventuraba por estos rumbos lo hacía bajo su entera responsabilidad conscientes de que de un momento a otro podría ser soprendido por esa gavillas de alcohólicos y depravados.

Decían la personas nobles y cristianas de los ranchos adyacentes que el diablo se había posesionado del poblado ya que los indios otrora salvajes pero conversos de acuerdo a las fuertes prédicas del padre Montesinos quien les había dado el sacramento del bautismo, estos haciendo caso omiso de los preceptos de alta moralidad y sanas costumbres de la nueva doctrina que la parecer les entraba por un oído y les salía por el otro.

Así estaba las cosas por esos años de 1723 cuando el diablo y su horda de malandrines a los que comandaba con gran facilidad y, como no si en cada uno de los indios había tomado alojo permanente un espírtu diabólico.

Más no contaba Lucifer y su ejército de malandracos que doña Engracia Moreno, una piadosa mujer como de unos 45 años se había puesto en oración y ayuno con el deliberado objetivo de hacer frente nada más y nada menos que al propio rey y de este mundo.

Se preparó doña Engracia y se amenecía rezando, para hacer frente al perverso rey del averno que había tomado carta de naturalización en este pueblo con apenas un puñado de habitantes.

“Vete a las ciudades grandes donde puedes agarrar de todo, diblo cabrón”, gritaba doña Engracia durante las noches con la puerta bien atrincada y la lámpara encendida.

Con el rosario en la mano enviaba al cielo jeculatorias y aves Marías para tener a raya a quien no le era nada grato.
Ella era una piadosa mujer que amaba a Dios, entendía la palabra de Dios y se había eregido en guardiana de la ley de Dios en el pueblo ya que autoridades civiles no las había al parecr; el crimen y las borracheras eran pan de todos los días, corría bacanora a raudales, y por lo que se veía las caballerías de los reales ejércitos españoles no hacían uso de presencia en este mayorazgo.

El maligno por su parte no estaba dispuesto a ceder ni un ápice, arreció su contraofensiva sacudiendo aún con mayor fuerza a los aldeanos hasta trastornarlos; se veían por las veredas hablando solos, alcohilizados sin remedio y con un verduguillo bajo sus ropas para lanzarse en cualquier momento sobre un transeúnte para robarle y si es posible matarle, y correr a comprar más licor.

Pero como no se podían mantener en pie, las personas que eran atacadas por uno de esos oprimidos del diablo, respondía con mayor fuerza encajando la daga o cercenando el cuello del asaltante. La sangre corrió por el poblado a torrentes.

Rezaba y rezaba doña Engracia hasta que al fin pudo sentir paz en su alma transida de dolor al ver a los suyos despedazándose unos a los otros. No había muchacha que quedara libre del acoso y violación más cruel por parte de los desalmados. Las labores se quedaron solas, nadie salía de sus casas y en la primera oportunidad, sobre todo de noche huían a sitios con más paz.

Le decían a doña Engracia que los acompañara, que se desistiera de sus pretensiones de querer doblegar a quien era indobegable, más ella insistía que el hijo de Dios sería quien daría la pelea final, quien alejaría al “chamuco” de El Pantanito.

La gran pelea contra los ejércitos del mal se dio en una era, quedó lista para limpiar el trigo y por lo tanto brillaba con la luna. Doña Engracia salió portando un crucifijo un tanto averiado y el rosario colgado al cuello. Conjuró a satanás, conminandolo a que dejara en paz al pueblo y su gente. ¡Basta de tanta perversidad!, replicaba la serena mujer con la vista firme en las sombras de donde de un momento a otro creía ella saldría el personaje de las pezúñas de chivo a agredirla.

Ella estaba dipuesta a morir de ser preciso, pero no fue así; lucifer no quiso o no pudo enfrentarse a aquella valerosa cuan piadosa mujer que lo reto vez tras vez, a poner pies en polvorsa y no voler osar jamás molestar a El Pantanito.

Al día siguiente el aire se respiraba más puro y con una sensación de paz, tan bonacible que los hombres se quedaron dormidos hasta ya tarde, despertando con la mente como si nada hubiera pasado; por lo que esa mañana se reincorporaron a su tareas.

Una tumba del viejo panteón contien los restos de doña Engracia Moreno, la valerosa mujer que con el sólo poder de la fe enfrentó al príncipe de las tinieblas hasta hacerlo salir por piernas del poblado.

 


LA MALDICIÓN DEL CURA

 LEYENDA DE DOLORES REAL DE LÓPEZ

La Ciudad de Ures, como cualquier pueblo legendario posee infinidad de Leyendas en diferentes aspectos, tantas que muy bien se podrá publicar un libro acerca de ellas.
Pero en esta ocasión me referiré a la que se relaciona con Ures y que todo el pueblo conoce en una u otra forma, pero que en una u otra forma también viene a expresar lo mismo.Se cuenta que allá en los inicios de la fundación de Ures, cuando el Pueblo Pima juzgó de primordial importancia construir su templo, lo hicieron colaborando todos ellos y de común acuerdo con los Misioneros que iban y venían en aquella época. Primero fue un ramadón, más tarde aquello se transformó en un cuarto grande de adobe, y después lo que es hoy la Iglesia del lugar conocido como el templo de San Miguel Arcángel.

Fueron desfilando por aquel templo muchos sacerdotes, unos, buenos y otros santificados. Unos feos, otros de físico atractivo.
Le llegó el turno a un sacerdote, quizá el mejor que ha pasado por ese Templo.

Era tan consciente de su ministerio que daba la impresión de estar santificado.  Se cuenta que no dejaba de orar y continuamente se le escuchaba hacerlo dondequiera, a cualquier hora y en voz alta. A tal grado que la gente comenzó a criticarle primero, y después a burlarse de él, aplicándole el mote de Cura loco”.

Un día, un grupo de jóvenes rebeldes (los ha habido en todas las épocas) principió a criticarlo, a mofarse y a reirse delante de él; el cura no se defendía ni devolvía las afrentas recibidas sino que continuaba rezando y rezando, mas aquellos jovenzuelos, como no lograban su objetivo, que en
este caso era sacarle de sus casillas, de los insultos pasaron a los hechos golpeándolo cruelmente hasta que lo dejaron sangrante y maltrecho.

Se cuenta que a resultas de esta paliza falleció, y cuando se encontraba agotada su resistencia, desesperado lanzó una maldición, no sólo en contra de ellos, sino de la Ciudad entera: “Llegará el momento en que la Ciudad de Ures desaparezca del mapa, y sólo quedará de ella un mesón a la orilla de un camino, y el viajero, al pasar por allí, comentará: aqui quedaba la ciudad de Ures”.

Cuando constato el ayer con el presente, y advierto que Ures no responde a ningún beneficio que se le hace, sino que sigue muriendo inexorablemente, recuerdo esta leyenda y pienso: “¿qué habrá dé cierto en ello?”. No creo que un sacerdote tenga poder para efectuar maldiciones de ninguna especie, pero si sé que la Ley de Dios protege a los Santificados llamándolos “Pequeñitos”.

El Evangelio San Marcos cap. 9 vers. 42, dice: “Ay de aquél que sirva de piedra de tropiezo a uno de mis pequeñitos, más le valiera atarse una rueda de molino al cuello y arrojarse al fondo de la mar”, también la palabra de Dios dice: “Pagarán justos por pecadores”.



LEYENDA DE SAN MIGUEL ARCANGEL DE BACOACHI

CUANDO SAN MIGUEL ACABÓ CON UNA HORDA  DE APACHES

Ocupada inicialmente por indios ópatas y pimas altos, esta población era conocida como Cuchi­bacuachi, término que se contrajo al actual. Su nombre significa “víbora o culebra del agua”, aunque para los habitantes represente el “lugar rodeado de agua”. En 1644 don Pedro de Perea sometió a los naturales, sin embargo, fue hasta 1649 cuando el capitán Simón Lazo de la Vega fundó la primera villa española.

Templo de San Miguel Arcángel

Fundado en 1670 y modificado totalmente en la pri­mera mitad del siglo XX, ofrece una fachada de ladri­llo aparente y una torre de dos cuerpos rematada con un capulín. Aún conserva sus viejas campanas, más antiguas que el mismo templo.

Hay una bonita leyenda en el pueblo, de la cual el profesor Manuel Sandomingo da referencia. Sucedió en tiempo de la guerra Apache cuando estos depredadores llegaban a los pueblos de Sonora haciendo desmán y medio, asesinando y quemando el templo y las casas, quedando totalmente desolados.

En una de estas entradas a San  Miguel de Bacoachi, y al tratar de entrar al templo para quemarlo, tal como era su costumbre, se toparon con un guerrero que con espada en alto derrotó a la horda de salvajes quedando el atrio lleno de cadáveres del invasor.

Jamás los apaches pretendieron invadir el pueblo de Bacoachi  al cual respetaron enormemente  pues el miedo no anda en burro.alt

Cuando las autoridades levantaron los cadáveres se dieron cuenta de que uno de los apaches estaba mortalmente herido, pero tuvieron la oportunidad de preguntarle que si qué había pasado  ya que nadie en el pueblo daba crédito de semejante carnicería.

El apache en sus pocas palabras que sabía del castellano mencionó que un guerrero con una espalda en alto con alas muy grande en la espalda volaba de aquí para allá acertando certeros golpes en la humanidad de los temidos apaches; por lo cual los que pudieron salieron como alma que llevaba el diablo, pues de lo contrario aquél guerrero alado  hubiera dado cuenta de todos los indios nómadas depredadores que azolaban a la provincia de Sonora.

Todo el pueblo se congregó en el templo para venerar a San Miguel  Arcangel,  patrono del lugar, ya que sin duda él y nadie más pudo haber sido el que los defendió de los apaches no permitiendo fuera profanado el templo.

Desde entonces durmieron agusto,  confiados en que con semejante guardián nadie osaría acercarse a hacerle daño. Como así ocurrió pues no se volvió a tener noticia de otra entrada de los bárbaros.

 


EL SUEÑO DE SANTA MARÍA DE LAS PIEDRAS

Por años y años pareció que Santa María de las Piedras era un lugar embotellado. Otros pueblos que la rodean suenan a leyenda, de invención de exploradores fantasiosos, no obstante estar situada a escasas jornadas.

Pero no, no fueron las distancias las que borraban pasos, sino la arena, tantas y tantas piedras. La atmósfera de llamaradas y los caminos laberínticos que de constante deshacían las tolvaneras. Veredas que retornaban a trasar aquellos que sobrevivían a otros laberintos que se daban en la interioridad de sus cerebros.Porque aquí en Santa María de las Piedras, al tiempo y al espacio se los chupa el aliento del desierto. Cuando los pica el sol y les deja su ponzoña, quedan los lugareños extenuados y ciegos a la buena de Dios, sin saber qué va o que viene o si está todo en un ser, suspenso.

Aquí en Santa María de las Piedras confluyen diversos tiempos y más de un espacio. Ahora velo desde arriba como si afueras pasajero en algún aparato de los que inventan los gringos.

Fíjate, Santa María de las Piedras es un hormiguero a orillas del desierto, mero en el desierto der Altar.
Ya sé que los pueblos plantados a orillas del erial y hasta en mero yermo son nombres conocidos en Sonora y más allá en otros lugares remotos.

Pero este Santa María de las Piedras nunca dejará de ser misterio. Quizá no sea más que un reflejo de los pueblos del desierto que sol convierte en espejos que irradian llamaradas y humanidad, que aquí convergen. Los gringos vieron este páramo como una frontera natural. Frontera de cactos, piedras, arena y fuego, entre México al sur y Estados Unidos por el lado norteño.

Ahora que si quieres precisar el punto exacto donde queda Santa María de las Piedras, pues lo más seguro es que te la vuelves, porque hay quienes aseguran que este pueblo es una broma, un sueño, y no dudes que hasta un cuento de esos que viajan con el polvo o que acarrean los arroyos cada vez que las nubes se llegan a equivocar y descargan sus vejigas sobre estas piedras candentes.
Si acaso es cierto que Santa María de las Piedras existió, aquí estamos nosotros para comprobarlo con nuestra presencia, puestos sobre sus calles borradas.

Esa iglesia imponente que amasó con su espíritu el padre Encarnación y que ya era desde siempre.
Esta plaza donde la historia juguetea, absurda y traviesa, en boca de viejos parloteros. Ellos los viejos Chachalacas, la visten de payasa, de pueblerina, de pordiosera.

Ella se permite complaciente, hastiada de los oropeles y galas falsas con que otros la convierten en dama aristocrática. También dan cuenta de Santa María de las Piedras esos cerros estirados en media luna en cuyos extremos se levantan sendos picos, frente a esa prominencia en explanada donde descansan los muertos.

Los españoles dieron en llamar a estos cerros la Catedral, y los indios desde antaño el Cerro de las Chichis . Aunque este pueblo de Santa María de las Piedras es igual a cualquier otro, también es único, como para no repetirse en ninguna otra época.
Dirás que si por qué está situado Santa María de las Piedras en medio de arenales y plantas ra streras, con sólo Sahuaros de vigías, es un oasis de piedras, aunque en medio de este yermo no sea más que un puñado de guijaros y arena.

Aquí todo es verdadero por más que parezca mentira. Todo le resulta muy gracioso esa humanidad: pues si bien el agua está profunda, la amargura brota desde encima.
El tiempo de Santa María de las Piedras avanza en retroceso porque se sabe condenado al olvido y vive sólo de recuerdos convertidos en sueños.

Solamente un hombre nativo de Santa María de las Piedras se adentro por azar en tiempos del futuro. La locura lo liberó de este sueño petrificado y me indujo a marchar sobre espacios sólidos, a la par que navegaba los vedados que se adentran en profundos misterios. Yendo este hombre a través de Estados Unidos de Norteamérica topó las huellas de Dios y se dió a buscarlo por doquier hasta encontrarlo….
Habrá quien diga que Santa María de las Piedras no pasa de ser un mito: se atreverán a negar su existencia, porque lo buscan en mapas no lo hallan.

Pero pues este pueblo de Santa María de las Piedras no está fincado en ninguna cartulina, sino aquí, en este pedregal circundando de duneríos que derrotan a las mirada de los extraños.

A muchos que pasan cerca se les pierde entre polvaredas cuando sopla el viento; mas si el polvo suele cubrir el sol, cuantimás a este pueblo.

Otros ha habido que nos vieron a su paso a Santa María de las Piedras por los efectos de la luz que a torrentes cae del cielo, rebota las piedras, ciera sus contornos, y esto todo se vuelve laguna de magia.
Así así soslayan los peregrinos la siluetas luminosas de Santa María de las Piedras y las creen espejos mágicos que pare la atmósfera afiebrada.

Si alguien quisiera conocer este pueblo de Santa María de las Piedras, que se eche a andar por el lomo del desierto, haga amistad con la muerte, ignore la chamusquina, se alfombre de ampollas los pies, beba tierra caliente y camine y siga caminando hasta que llegue. Para que un día le cuente a sus nietos que conoció un pueblo amurallado de llamaradas cuyo nombre es Santa María de las Piedras.

-¿Estás oyendo, Teófilo? Qué me vas a estar oyendo. Duermes como cualquiera de tus biznietos. Como ahora no están sentados en estas bancas placeras, debajo de estas sombras tatemadas, los que a tí te divierte, pues duermes y roncas. Lo mío no interesa, ya sé.

Pero ¿qué tal lo que dice don Nacho? ¡Ah, con ése peleas y te vuelves pícaro y travieso. Como gozas tirándole de bastonazos al güero Paparruchas cuando nos hace reír con sus embustes. Ya vendrán ellos mañana, y otros con suerte. Duerme viejo, duerme, y sueña mientras yo voy soñando despierto.
Te oigo Abelardo, te oigo. Ya sabes tú que duermo y escucho al mismo tiempo.

¿Qué ya olvidaste cuando el oro? Entonces vinieron a Santa María de las Piedras miles de aventureros, olvidas que ahora mismo se nos van nuestros jóvenes rumbo a Estados Unidos, huyendo del hambre, a desafiar tantos peligros; con sólo la amistad de la fe y un mundo entero de enemigos. ¿Cómo es que dices, Lalo, que nadie entra ni sale de este pueblo?

No me hagas caso Teófilo, no me hagas caso, son ideas de viejo. La única realidad que yo contemplo son estos arenales que arden, estos cúmulo de piedras que humean, esos cerros forrados de peñascos, y ese río muerto al que violan las crecientes de verano, porque permanecen y nosotros sólo estamos de paso apenas un instante; a veces creo que ni estamos.

¡Hay Lalo cuánta falta nos hace el Güero Paparruchas y don Nacho. Con ellos no hay ocasión de llorar la nostalgia, mucho juego y mucha plática.
Ya vendrán esos viejos chochos, ya vendrán y volveremos a hacer recuento de todo lo que ha pasado en Santa María de las Piedras.
Aquí, sentados en estas bancas, debajo de estos árboles, enmedio de esta plaza. Vamos a repintar los recuerdos que ha ido borrando el tiempo.

Qué bonita es la primavera, mira nomás, las familias entrando a misa, los niños riendo en un sólo revoloteo, todo reverdece. Menos tú, Nacho. Estás más seco que el sol.
Es lo que tú crees, pero todavía se me mueve una patita.

Pues si, a mi se me mueven las dos.
Barbas tienes y con ellas te entretienes.

Allí viene el Güero Paparruchas, viene riéndose de sus mentirillas. ¿Qué pasó Güero?
No pasó se quedó atorado.

Allá viene Lalo de la mano de un bisnieto. Apúrate hombre, te estamos esperando, ya este güero tiene ansias de contar sus paparruchas.
Buenos días señores, ya ven que este bastón no me falla por más que telegrafíe. Entre los cuatro suman más de tres siglos.

Las campanas de la iglesia tiran de los feligreses a repique tras repique.
El padre Hilario está de plácemes, toda Santa María de las Piedras precisa de la misa. En los árboles traspuestos desde otras regiones que están en la plaza, hay una asamblea de pájaros que no logran ponerse de acuerdo. A la hora en que todo es sermón y rezos inician los viejos su jornada con los “te acuerdas” “se me vino a la memoria” “qué sería de aquel fulano”.

Mientras no fluya un relato que los remolque por la misma corriente se dan al chismorreo, monologogan, o bromean. Se ve usted medio serio don Teófilo.
Es que me siento desmejodido, mis riñones gozan de vacaciones, mejor será que no se rajen porque se amuelan junto conmigo.

Por que quieres sufres, viejo caprichudo, te digo que con una pata de grillo cocinada vas a mear hasta por las orejas.

Tú y tus pinches remedios, Nacho, de grillo son las patas que te cargan.
Entonces te receto las golondrinas.
De cocimiento estoy hasta la gorra.
Yo digo las golondrinas que tocan en el cementerio.

Barbas tienen tú y tu tío Emeterio. Platica tú, güero, porque estos hombres están pelándose los dientes. A ver, en qué piensas, échate una de las que tú sabes.

Me estaba acordando que cuando anduve en la siembra de frijol de temporal allá por Sonoíta, todos los días me picaban víboras de cascabel, las mataba, les trozaba la cabeza y me las comías asadas a medios chiles, nunca me pasó nada aparte de un roncherío mucho muy vivo de comezón que me daba en las verijas.

¡Uh! las está soltando crudas, Paparruchas, mejor será que nos platique don Abelardo de cuando llegó a Santa María de las Piedras el primer aleluya.

¿Donde andará ese mentado Trini Brown? Pa mí que era un tipo raro, usted que estudia bien a la gente don Lalo ¿cómo la ve con ese gringo que casi le volteaba a su gente al padre Hilario?

Por unos días parecía que todo esto se volvía campo de evangelistas, por lo menos mientras estuvieron llegando camiones con ropa y comida que el hermano Trini Brown repartía a dos manos. A la semana se fue y no volvió más nunca, según él, dejaba semilla plantada. Lo que no supo es que aquí casi siempre se secan las semillas extrañas que germinan de mera chiripada.

México. Sin embargo, claro por aquí unos cuantos aleluya ese volcán, canta militarmente no es sino S. Son gente de paz, no ofender a nadie. Y páncreas ya los vicios sostenían de su cuenta. Lo que no inserta Aguilar yo prometiendo le la gloria lo consiguió el hermano criminal asustados con el infierno.
Ahí es meter bala a curar los riñones, Teófilo, colega lava activas de fuego.

Ahí que van a dar fomento de las anormales, pinza ha hecho, con las hay que viendo para que acepten deberse el interino y la iraquí. Ya estamos quietos muchachos.

Puede vuelo a encarnación pues que aquí lo que bautizaron bautizar hermano encarnación amigo, pero aquí dos machos y se inició el clavado. Pues mientras contó a la extensión de la palabra, vuelo, yo nomás anduvo de curioso viendo tanta cosa rara que hacía el hermano Trini Raúl. Eso cuenta se lo han chiles que no tiene ojos, Nacho, yo debí haciéndole al apóstol

 


EL AHORCADITO DEL CALICANTRO

SUCEDIÓ EN SAN IGNACIO
DE CABÓRICA

San Ignacio llegaron varios españoles atraídos por su esplendor de la misión a la que el padre Agustín de Campos le imprimió gran actividad: y la amó tanto que jamás quiso salir de ella, aun habiéndole ofrecido un gran puesto en la ciudad de México.

Es más, ya en la ancianidad el noble sacerdote perdió la razón, por lo que muchos cronistas de la época dejaron asentado que “el P. Campos enloqueció en San Ignacio”.

CAMPOS HABÍA VISTO LA GRAN DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO, TANTO EL DE SAN IGNACIO COMO EL QUE LEVANTÓ EN MAGDALENA DE LOS BUQUIBABA A CAUSA DEL LEVANTAMIENTO DE LOS PIMAS Y PÁPAGOS CONFABULADOS.
AL PASO DE LOS AÑOS CUANDO LA MISÓN SE RECUPERÓ, Y DEBIDO A LA ENVIDIA DESPERTADA POR LOS ESPAÑOLES AL VER COMO LA MISIÓN PROSPERABA TANTO PUES AL NO PODER CONTAR CON MANO DE OBRA BARATA, DADO A QUE EL SISTEMA MISIONAL IMPLANTADO POR LA CORONA ESPAÑOLA PROTEGÍA A LOS INDÍGENAS, ESTUVIERON PUGNANDO PORQUE DESAPARECIERA EL SISTEMA MISIONAL.
SISTEMA INJUSTO PARA ELLOS, PERO NO PARA LOS INDIOS QUE DENTRO DE LA MISIÓN TENÍAN TODA LA PROTECCIÓN BAJO LA GUÍA ESPIRITUAL DE LOS JESUITAS.
PERO FINALMENTE PUDO MÁS LA INSIDIA Y EL REY CARLOS III DECIDIÓ EXPULSAR A LOS JESUITAS DE TODO SUS BASTOS TERRITORIOS, LAS MISIONES QUEDARON AL GARETE.
DE ESTA MANERA LOS IBEROS SE QUEDARON NO SÓLO CON ALGUNAS POSESIONES DE LA MISIÓN SINO COMO PEONES A SU DISPOSICIÓN.
UNA DE LAS OCUPACIONES DE LOS PENINSULARES FUE LA SIEMBRA DE TRIGO, Y PARA ELLOS CREARON UN MOLINO QUE PARA LA ÉPOCA ERA DE LO MÁS RUDIMENTARIO. ESCOGIERON UN SITIO MUY CERCANO AL RÍO EN LA CUESTA NORTE DEL POBLADO PEGADO A LAS LABORES Y EN DONDE UNA ACEQUIA ADEMADA CON MAMPOSTERÍA O CALICANTO QUE LES ERA INDISPENSABLE PARA MOVER UNA PEQUEÑA TURBINA DE ACERO TRAÍA DEL VIEJO MUNDO JUNTO CON UN TRAPICHI.
SE CAVÓ UNA FOSA DE UNOS SIETE METROS DE PROFUNDIDAD POR DOS Y MEDIO DE ANCHO, SE CUBRIÓ DE ARGAMASA Y A ESTE LLAMADO “CUBO” CAÍA EL AGUA QUE A TRAVÉS DEL CALICANTO LLEGABA HASTA EL MOLINO.
CONTIGUO SE LEVANTÓ UNA GALERA PARA EL PRODUCTO.
HOY EN DÍA SE PUEDEN TODAVÍA APRECIAR LAS RUINAS DE ESTE PRIMER MOLINO DE SAN IGNACIO QUE DATA APROXIMADAMENTE DEL AÑO DE 1780.
EL CUBO AUNQUE LLENO DE ARENA SI SE LIMPIARA SE PUDIERA APRECIAR SU PROFUNDIDAD. SÓLO QUEDA UNA ESQUINA DE LOS QUE FUE LA BODEGA Y ESO SI EL CALICANTO QUE ES UNA OBRA DE IGENIERÍA ANTIGUA LUCE PERFECTAMENTE Y DURANTE TODO EL AÑO LLEVA AGUA QUE CAE AL REDUCIDO CUBO DONDE MUCHA GENTE VA A BAÑARSE O CUANDO MENOS A METER LOS PIES.
LA GENTE LE LLAMA “EL CALICANTRO DE LOS SÁNCHEZ“, (LE AGREGAN LA R), PERO EN TIEMPOS PASADOS LE LLAMARON AL LUGAR “EL MOLINO DEL AHORCADITO”.
DON SERVANDO VELASCO IZAGUIRRE “EL VASCO” COMO SE LE CONOCÍA, ERA EL DUEÑO DE ESTE MOLINO CON UN ESPLENDOR MUY NOTABLE EN TODA LA REGIÓN PUES EL TRIGO LLEGABA POR CARRETAS PARA SER PROCESADO; EL ESPAÑOL ACAPARABA LA PRODUCCIÓN INCIPIENTE, PUES LA SIEMBRA ERA ESCASA DEBIDO A LAS FRECUENTES INCURSIONES DE LOS APACHES, PERO SI SE LOGRABA ALMACENAR HARINA PARA GRAN PARTE DEL AÑO.
POR ESOS AÑOS DE FINALES DEL SIGLO XVIII APENAS SI HABÍA UN PUÑADO DE RANCHEROS CERCANOS AL PUEBLO, QUE CONTRA TODOS LOS RIESGOS QUE REPRESENTABA LA INCURSIÓN DE LOS ALZADOS SALÍAN A PREPARAR SU LABORES PARA LA SIEMBRA, TOCÁNDOLE LO MÁS PESADO DE ESTE ARDUO TRABAJO DEL CAMPO A LOS INDIOS CRISTIANIZADOS PUES LA MISIÓN POCO APOCO FUE DESPARECIENDO PESE A LOS INTENTOS INFRUCTUOSOS DE FRAY JOSÉ MARÍA PÉREZ LLERA QUE HABIENDO RECIBIDO LA ORDEN DE NO SEGUIR CON LA MISIÓN, SE NEGABA ROTUNDAMENTE, SIN MUCHA SUERTE.
DON SERVANDO VELASCO “EL VASCO” ERA COMO CASI TODOS LOS DE SU RAZA, MUY CRUEL Y EXPLOTADOR DE LOS INDÍGENAS A QUIEN NO LE IMPORTABA SI SE ENFERMABAN Y MORÍAN. NO ERA HUMANISTA COMO LOS FRAILES, ANTES AL CONTARIO SI TENÍA A SUS ÓRDENES A UN PIMAS ENCLENQUE SE DESHACÍA DE ÉL SIN REPARAR EN QUE AQUEL NUEVO CRISTIANO ESTABA DESNUTRIDO PUES LA RACIÓN DE COMIDA SE LAS TENÍA MUY LIMITADA.alt
PERO PARA LA MALA SUERTE DE LOS INDIOS, EL VASCO SOLÍA EMPLEAR EL LÁTIGO, LO QUE NUNCA HUBIERAN PERMITIDO LOS MISIONEROS, ANTES AL CONTARIO ESTE HOMBRE SE ENSAÑABA CON LOS NATIVOS TRATÁNDOLO PEOR QUE BESTIAS.
SU MUJER LE IBA A LA MANO, PERO EL HOMBRE CON MIRADA DE MACHETE ECHANDO FUEGO POR LOS OJOS, ERA UN RACISTA CONSUMADO, SIEMPRE ESCUPÍA POR UN COLMILLO PRESUMIENDO ENTRE LOS SUYOS DE CÓMO SE DEBÍA TRATAR A “GENTE TAN CONTUMAZ”.
“INDIOS PATAS RAJADAS”, LOS MENTABA Y LES DABA MEJOR ALIMENTACIÓN A SUS CERDOS QUE A LOS PEONES A SU SERVICIO.
TENÍA “EL VASCO” UN HIJO COMO DE 11 AÑOS, AL QUE ADORABA POR SER ENTERAMENTE RUBIO POCO UNA ESPIGA DE TRIGO. SOLÍA ESTE ADOLESCENTE SALIR A JUGAR POR EL CAMPO A CORRETEAR MARIPOSAS Y PÁJAROS, Y SE ENTRETENÍA EN EL MOLINO VIENDO COMO ÉSTE TRABAJABA GRACIAS A UN MECANISMO TAN SIMPLE COMO LO ES LA GRAVEDAD DEL AGUA. PERO EL CHAMACO HABÍA HEREDADO DE SU PADRE EL ODIO POR LOS PEONES. SOLÍA ESCUPIRLOS Y SOLTABA LA CARCAJADA. HASTA EN ESO SE PARECÍA A SU PADRE.
PERO NO TODOS LOS PIMAS SE AGACHABAN, TRAS LAS ESPALDAS DEL HIJO DEL DUEÑO AL RETIRARSE SE IBAN PRENDIDAS MIRADAS DE RENCOR.
UNA TARDE NOCHE DEL 8 DE DICIEMBRE DE 1789 EL CHICO LLAMADO FABRICIO, NO REGRESÓ A LA CASA. SALIERON A BUSCARLO POR TODAS LAS LABORES, POR LOS CERROS Y A LO LARGO DEL RÍO ASUNCIÓN. A NADIE SE LE OCURRIÓ ECHAR UN VISTAZO EN EL MOLINO.
HASTA LA MAÑANA SIGUIENTE PORQUE LOS PEONES NO SE PRESENTARON A TRABAJAR YA QUE SE HALLABAN AMANECIDOS POR LA AZAROSA BÚSQUEDA DEL HIJO DEL PATRÓN; ASÍ FUE COMO EL PROPIO DON SERVANDO DESCUBRIÓ EL CUERPO DE SU HIJO PENDIENDO DE UNA VIGA.
AQUEL MOLINO QUE ERA EL ORGULLO DEL “VASCO”, NO VOLVIÓ A TRABAJAR, QUEDÓ EN EL MÁS COMPLETO ABANDONO Y AL TIEMPO SE FUE DESTRUYENDO HASTA QUEDAR LAS RUINAS QUE HOY SE APRECIAN.
OTRO PAISANO SUYO CONSTRUYÓ UN NUEVO MOLINO A ESPALDAS DEL TEMPLO, Y AL TIEMPO SURGÍA UNO MÁS HACIA EL SUR DEL POBLADO.
PERO EN EL CALICANTO NUNCA SE VOLVIÓ A PARAR NADIE, COMO TAMPOCO SE SUPO QUIEN O QUIENES LLEVARON A CABO AQUEL CRIMEN, YA QUE EL HIJO DEL GACHUPÍN DIFÍCILMENTE PUDO HABERSE TREPADO Y LLEVAR A CABO SU EJECUCIÓN.
DON SERVANDO CONTRARIO A LO QUE SE ESPERABA QUE REACCIONARA CON VIOLENCIA, SE SUMIÓ EN UNA TERRIBLE DEPRESIÓN Y LOS SEIS MESES MURIÓ DE DOLOR, Y SU VIUDA SE AUSENTÓ PARA SIEMPRE.

 


PLANETARIO

EN EL ABANDONO EL PLANETARIO JOSÉ MARTÍNEZ ROCHA

El Planetario “José Martínez Rocha” ubicado en la ciudad de Magdalena de Kino, Sonora, que fue creado para  labor educativa y de divulgación de la Astronomía en la región norte del estado está totalmente abandonado.
Inaugurado el 4 de marzo del año 2004 y entrando precisamente en su IV aniversario, el Planetario de la Universidad de Sonora en ese municipio, nació como parte del Programa “Constelación” surgido el año 2002 como la oportunidad de que cualquier municipio tuviese este tipo de infraestructura educativa al tener bajos costos de construcción, equipamiento, operación y mantenimiento.
Se decidió construir el planetario en Magdalena de Kino gracias a la donación de un terreno por parte del H. Ayuntamiento de Magdalena de Kino, en el cual existen planes de continuar creando infraestructura.
El planetario fue construido por parte de la Universidad de Sonora el año 2003 y fue dotado de un proyector “Planetronix”, creación de Saúl Grijalva Varillas de Guaymas, Sonora. Además cuenta con sistema de computo, cañón de proyección y un telescopio catadióptrico de 20 cm de apertura.
Se asignó al planetario el nombre de José Martínez Rocha en memoria del maestro y Físico que durante toda su vida pugnó por contar con infraestructura astronómica en aquella ciudad. Martínez Rocha falleció el 5 de julio del año 2000 sin ver realizado su sueño, pero con conocimiento de que tal infraestructura, de la cual el precisamente se haría cargo, iba a ser construida.
Al inicio de sus operaciones, el planetario fue conducido por el Onésimo Torres y Diana Pérez Guerrero. Al tener que cambiar su residencia Onésimo Torres, el planetario continuó a cargo de Pérez Guerrero.
Para regresar a sus actividades, el planetario será remozado y se trabajará en eliminar un problema de concentración de humedad, que interfiere con la operación del equipo.
Pero ante todo, se hará una enérgica promoción del mismo no sólo en la ciudad de Magdalena, sino en toda la región, siendo el único planetario existente en todo el norte del Estado de Sonora.
Ello incluirá el agrupar a aquellas personas de la región aficionadas a la Astronomía y las ciencias del espacio, de cualquier edad y nivel de estudio, para que también aprovechen los recursos existentes en el Planetario.
En ello, se espera contar con la participación del Municipio de Magdalena de Kino y las instituciones educativas de la localidad, considerando que son las especialmente beneficiadas con la actividad del planetario.
Los planes son que la operación del planetario regrese a la normalidad durante las Fiestas que se celebran en Magdalena durante el mes de mayo.


LEYENDAS DE LA CANANEA VIEJA “La Tragedia del Chino Mago”

De aquel caserío sin orden ni concierto que nació como el Real de la Cananea, nada se recuerda.

Fue creciendo al peso del pico y al paso de los mineros venidos de todos los rincones del mundo, gringos, alemanes, judíos y hasta chinos.

Las casas pequeñas de madera, de lámina negruzca y puertas rechinantes fueron levantadas la mayoría por esa raza laboriosa venida de oriente en aquel pueblo que por estar tendido en un lomerío le daba un toque misterioso, en el que se podían tejer muchas leyendas dado al comportamiento de sus moradores.

Desde este barrio en la madrugada los asiáticos se encaminaban a la mesa norte a servir como cocineros en las casa de los directivos de la empresa minera norteamericana, así como para llevar a cabo ocupacioines que los mexicanos rechazaban.

Tomaban una pendiente tan pronunciada que sólo ellos la recorrían sin agitarse, su contextura era envidiable, su ánimo siempre contagioso, su sonrisa picarezca, así como su disposición para hacer los trabajos más aberrantes, como era ese de recorrer las calles recogiendo excremento humano en unas barricas colocadas sobre una batanga tirada por un caballo, labor a la que se negaba cualquier mexicano por más necesitado de empleo que estuviese.

Guillermo Lin era un oriental muy agradable con todos sus clientes, a los que al despuntar el alba les recogía el tambo de excremento para vaciarlo en una gran cisterna.

UN MAGO CON TALENTO

De prestar este servicio infrahumano vivía Guillermo Lin y siempre lo hacía con agrado, al menos en sus brillantes ojos rasgados esas impresión se podía apreciar.

Pero  luego de su ardua tarea en su recorrido por los barrios pudientes del mineral que empezaban a cubrir la nueva ciudad, centímetro recorrido que hacía centímetro con bellas residencias de extensos patios, todas en torno al palacio y la Plaza Juárez en su mayoría norteamericanos, Guillermo se retiraba a depositar el maloliente desecho humano lo más lejos posible, por el rumbo del Sal si Puedes.

Luego de sus laboes el buen chino se entretenía en inventar trucos, dado a que su gran pasión era la magia que heredó de su raza tna enigmática como telentosa inventora de la pólvora.

De hecho ciertas tardes de fin de semana montaba una rústica carpa en la pequeña plaza de la Cananea Vieja a donde se agolpaban los chiquitines presas de la subyugante magia, ya que detrás de una gran sábanas a guisa de telón, salía el mago con su sombrero estilo inglés, su indispensable capa negra hasta el suelo y en acento gracioso expresaba el abracadabra sacando del sombrero un conejo al cual apresaba de las orejas ante el asombro de los presentes.

Aunque los niñez del barrios se divertía a lo lindo, había gente a la que para nada les parecía gracioso el espectáculo de la prestidigitación y ese asombro ritual de hacer aparecer cosas de la nada, aun en el entendido de que el truco era ensayado miles de veces por su practicante con la sola intención de demostrar que las manos son más rápidas que la vista.

Un grupo de fanáticos religiosos que se escudaban en la opinión del cura del lugar, quien desde el púlpito llamaba a combatir todo acto de brujería aun el más inocente truco de magia, a la que llamaba él de magia negra.

Don Marcelo como le llamaban al sacerdote hacía todo lo posible por ponerle un alto a la magia del chino Guillermo Lin cuya aceptación por los pobladores era muy aplaudida; cierta tarde ya casi oscureciendo enque Guillermo bajaba por el puente llamado Paso del Norte nomás pasó la bóveda del arco, sintió cómo una lluvia de piedras caía en sus espaldas, logrando esquivarlas no sin dificultado gracias a su agilidad.

Mas cuando Guillermo llegó a tener visibilidad de quienes eran los atacante corrió hacia arriba por la resbalosa tierra y por sobre la villa del ren los correteó logrando atrapar a uno de ellos, que se hizo rosca pidiendo clemencia.

El chino agredido lo único que le pidió, le diera el nombre de quien o quienes los habían mandado a juntar aquella gran dotación de piedras, y por qué motivo debían arrojarlas contra su pobre humanidad.

El sujeto que había actuando con tanta alevosía sobre el asiático confesó que el cura don Marcelo les había mandado apedrearlo, que porque a su criterio practicaba la brujería.

No paró don Marcelo, quien declaró sentencia de muerte sobre el chino mago, aquel inocente y laborioso hombrecito aparentemente endeble por su estatura baja, pero de un espíritu tan noble que sólo soñaba con divertir a los niños y de pasos practicar lo que tanto disfrutaba, la magia blanca como diversión.

Lo que pasaba es que Guillermo Lin era tan bueno para desarrollar sus trucos que parecía un verdadero mago de carrera, que para los tiempos en que a él le trocó vivir en la Cananea Vieja, resultaba realmente un acto “diabólico como para asustar a las mentes mojigatas sin criterio y sentido del humor.

Guillermo Lin solía ir a tirar la “caca” hasta un paraje solitario atrás de los jales; el caballo pausado pero obediente llegó una media mañana hasta aquel sitio alejado del bullicio en donde no había señales de vida.

Era el lugar apropiado para darle muerte. De un peñascazo lo derribaron, le pegaron en la nunca, y ya en el suelo lo lapidaron hasta fomar una tumba de puras piedras de todos tamaños.

Allí quedó como testimonio de la intolerancia, de la ignorancia supina y del odio que nace de corazones azuzados por religioso fanáticos y retrogradas, todo mezcado concierta dosis de xenofobia

La policía que desde la Comisaría del Ronquillo nunca acudió a localizar al desaparecido chino, a pesar de que el caballo se devolvió solo hasta la casa del asiáticos, así que dejaron la cosa de ese tamaño, declararon se había marchado el chino mago a su tierra para jamás volver a causa de las amenazas de un marido ofendido ya que se había enredado en un amorío con una casada.

 Eso dijeron y eso publicó el periódico La Mina, y el viento de la impunidad se encargó de darle vuelta a la página.

 


EL ALMA EN PENA DE DON PABLO GUILMAIN Y MONROY

CAYÓ LA CASONA DEL “VINATERO”

A finales de 1700, lo que hoy conocemos como Magdalenas de Kino no era más que un villorrio de unas mil trescientas personas, había sobrevivido al ataque apache de 1770 en donde no quedó casi nada en pie.

Los moradores en su gran mayoría castizos que se salvaron gracias a que los depredadores en su desenfrenadas entradas al pueblo, no calcularon que los locales se favorecían en túneles.

Como los salvajes quemaban las casas, con ello creían que también daban muerte a los lugareños, no caían en cuenta en estos subterfugios del hombre blanco.

En la hoy esquina de Matamoros y Escobedo a unos paso del barrio El Pueblito se estableció el comerciante madrileño de grandes polendas don Pablo Guilmain y Monroy, quien montó su tienda abarrotera a la que llamó La Madrileña.

Los habitantes de la villa acudían con su paisano por ser este un personaje bonachón y muy dicharachero que con sus ocurrencias les hacía pasear el disimulo, y así matar un poco la nostalgia de la madre patria.

Don Pablo al que llamaban “El Vinatero” tenía expresiones a flor de labio como esta: “Decía una vecina de mi pueblo una frase que me gusta repetir y repetir: AL PAJARO SE LE CONOCE POR LA CAGADA”, y luego se ponía a dar una amplia explicación; “resulta paisano que a nadie le gusta descubrir que sus padres eran unos asesinos y menos aún si los hijos han vivido apartados de ellos y les han educado con buenos sentimientos y para no herir susceptibilidades ocultaron el pasado de sus progenitores, pero un día, dan con ello y amigo……..el asunto cambia”.

Es partinete aclarar que para los españoles ciertas expresiones despectivas les resultan naturales, además por su temperamento impulsivos son muy dados a epítetos denigrantes que se aprecian en su vocabulario aparentemente soez.

Pasaron los años y aquel madrileño tan cordial conocedor como pocos de los buenos vinos pues hasta se jacataba de haber sido uno de los mejores vinateros de Madrid, y que con frecuencia convidaba a sus coterráneos para matar el tiempo, éste murió de una enfermedad que en aquella época le llamaban venérea.

No es que fuera dado a solicitar mujeres don Pablo, la enfermedad la contrajo cuando una damisela con fama de zurripata se introdujo detrás del mostador y le estampó un beso cuando el madileño se encontraba distraído, y de esa manera quedó infectado en la boca o la garganta, porque es posible que la enfermedad pueda transmitirse a otra persona a través de un beso profundo, en el cual, se intercambia saliva. Así se decía en aquella época.

Su viuda doña Lucía, una mujer también muy virtuosa de sangre sefardita, vendió el edificio y se embarcó en Guaymas hacia España para jamás volver.

De los nuevos moradores ,aquella tienda de largo despacho en el que el mostrador medía más de 10 metros, no se sabía gran cosa; llegaron de El Altar y no se supo si el matrimonio traía hijos, se suponía porque se escuchaban frecuentemente gritos de niños jugando en el traspatio.

Al nuevo inquilino si acaso se le vio salir los domingos con su esposa muy cubierta con un velo negro que casi le llegaba a los pies, iban callados con rumbo al templo, y así callados sin intercambiar ni siquiera el saludo con nadie, regresaban al hogar para encerrarse bajo siete llaves. Refería el Fraile en cuanto a este comportamiento, que Jesús les dijo a sus discípulos fueran a lo spueblos y no saludaran a nadie en el camino ….y que por ello había católicos que lllevaba al pie de la exageración esta cita del Evangelio.

Se decía entre los vecinos que aquel hombre tan circunspecto, se llamaba Tomás del Villar Irigoyen, minero prominente del mineral El Boludo donde amasó una incalculable fortuna. Las puertas de la Madrileña jamás se volvieron a abirir mientras él vivó.

Se empezó sospechar que sus posesiones, todas en oro, las había ocultado en la cava, que es el nombre que se le da a aquella bodega o cuarto bajo tierra destinada a la guardar una gran variedad de vinos.

Pero como el madrileño, anterior dueño, nunca dejó entrar a nadie a la cava, no se sabía exactamente donde estaba la puerta.

Un lugareño al que apodaba el “Picaporte” trató de encontrar el sitio donde se rumoraba estaba escondido el dinero de don Tomás del Villar Irigoyen, pero para la mala suerte del minero  al escuchar ruidos en bodega de implementos y trastos, salió de su recámara y al tratar de cerciorarse de qué se trataba, recibió un fuerte marrazo en la cabeza que lo dejó sin vida al instante.

Nada encontró el asaltante convertido en asesino, pues el miedo lo puso tan nervioso que prefirió huir luego de cometer aquella fechoría que costara la vida al señor del Villar Iriogoyen.

Los Rurales nunca pudieron atrapar al asesino, sólo se sospechaba fuera el “Picaporte”, un consumado pájaro de cuenta que se volvió ojo de hormiga; lo cierto que la casona quedó maldita, abandonada, hasta que un comerciante criollo la compró por cuatro reales.

Por décadas nadie solía siquiera pasar por el frente del edificio al caer las sombras de la noche, pues se decía que el ánima de don Tomás se asomaba por una ventana con el rostro ensangrentado pidiendo justicia.

La Madrileña que hizo época, después de los trágicos sucesos, fue reabierta por su nuevo dueño y siguió fungiendo como changarro venido a menos .

Pasaron los siglos y el edificio seguía allí la esquina, de una de las calles más transitadas de la Villa, para el presente siglo ya acusaba un abandono y serio deterioro, y el modernismo dio cuenta hace apenas unos días de esa casona parte del otrora pueblo mágico.

Podrán acabar con sus paredes, pero sus fantasmas reaparecerán en la nueva edificación ahora con mayor furia, pues pedirián justicia doble, o sea por un doble crimen.

 


LA BRUJERÍA EN YAVAROS

Resulta que parte de la familia de mi mamá vive en un lugar que se llama Yavaros, Sonora. En especial tengo un gran aprecio por este puerto, así como por su gente. Viví en Yavaros alrededor de 7 u 8 años. Me fui de ahí cerca de seis meses antes de que muriera mi amá en una de las camas de nuestra recámara.

Supe, hace poquito que Yavaros salió en televisión nacional en el canal 2 de México, D. F., debido a unos niños “embrujados” que al parecer tienen psicosis o algo por el estilo, con desmayos, tiradas en el suelo, risas macabras y temblorinas. Realmente me impactó que en vez de ser conocido como hasta hoy (y malamente) por la sardina del mismo nombre que venden en todos los mercados de la República Mexicana; sea ahora famoso por este suceso tan peculiar.Entre las explicaciones para este fenómeno, es en primer lugar la brujería. Estos niños, estudiantes de la Secundaria Técnica Pesquera No. 52, han jugado a la güija, realizaron “orgías” en el cementerio y enterraron un ataúd pintado de negro. En segundo lugar, está la explicación referente a la contaminación del lugar, tanto por la industria purinera que está en la entrada, como por las fábricas de sardina al final del puerto, que lo único que han hecho desde su llegada es enriquecer a personas ajenas a Yavaros y que viven cómodamente en casas grandes en Hermosillo.

En este sentido les realizaron exámenes toxicológicos a los muchachos y muchachas, creo que salieron sanos, también llegaron psiquiatras de Hermosillo y de la ciudad de México. Hasta ahora, el diagnóstico es “psicosis colectiva”. Las autoridades de salud le achacan a la brujería tales efectos. Las madres y padres de familia no están contentos con estas explicaciones y adjudican los eventos a la contaminación y al basurero tóxico que está detrás de la secundaria.

Hasta la economía del lugar ha sido perjudicada, ya que las personas de otros poblados, si saben que el pescado y el marisco proviene de Yavaros no lo quieren.
Por su parte, mi tía me comentó que ya les iban a practicar un exorcismo a los estudiantes. A ver si así se calma la cosa, porque da miedo oirlos, aseveró.

Yo de todo esto me enteré por los periódicos en Tijuana, donde salieron unas notitas en la parte de la región noroeste.

Anda el chamuco suelto ahora sí.

 


LA QUINTERA

TRAS DE LA MALDITA MINA “LA QUINTERA

POR JOSE TEHERAN C.

Cuando recuerdo mi temeraria e insolente forma de proceder vuelvo a perder el sueño.  Así es como uno por los caminos más extraños puede llegar a la total locura después de conocer el verdadero miedo.

Porque alguien me obligó a buscar la maldita y pérdida mina La Quintera en los solitarios y escabrosos terrenos del desaparecido mundo de Batuc.

¿Por qué no desistí de mi necio intento cuando pude hacerlo, salvándome así de una horrorosa pesadilla que jamás podré olvidar?

Todo comenzó cuando Chito Ahuesta me mostró -hace ya doce años- un antiguo libro cuyos caracteres de la portada todavía podían reconstruirse: Primeros Fundos Mineros en la Opatería. Evaristo López del Real. MDCCLXIII.

En este el autor hablaba de una antiquísima mina ubicada entre las sierras Los Cuervos, Guayacán, Zacatera, Chinota, el Cajón del Carrizo y el Cajoncito de la Colgada.   Con estos datos y otros que el autor prensaba a lo largo de la obra, mi amigo Chito Ahuesta pudo prefijar el punto donde podría ubicarse la vieja labor que a decir del texto guardaba extrañas esculturas labradas en las paredes de los túneles.   Así como una veta donde el oro reventaba a flor de tierra.

Durante mucho tiempo  Chito insistió en que ideáramos el viaje en busca de la mina. Hasta que un día acepte, sin embargo el libro revelaba que la mina y sus alrededores estaban custodiados por una amenaza que no correspondía a hombre, animal o a cosa conocida en la tierra.

Refería también el autor que el mismo había abandonado su búsqueda muy cerca de alcanzar su objetivo por la proximidad de algo que durante las noches emitía ruidos parecidos a gritos y que lo había mantenido constantemente vigilado desde la espesura del monte.

Ni Chito ni yo creímos lo anterior, y una mañana de otoño, con la primera claridad del alba partimos con rumbo a la sierra de Mátape, hacia un lugar encaramado en sus estribaciones conocido con el nombre de Marasobichi, último punto donde dormiríamos antes de escalar las sinuosidades rugosidades de la montaña.

Con dos mulas y un burro aparejado llegamos al punto anteriormente dado. Después de dejarlos sueltos  “pa’ que se defiendan mejor” -(indicación hecha por mi amigo)- y una frugal cena nos acostamos.   Marasobichi era entonces una pequeña construcción de adobe de un sólo cuarto y techo de troncos de chino, carrizo y tierra.

Esa noche, en lo poco que dormí soñé con formas y animales extraños; enigmáticas figuras y construcciones de varios planos al mismo tiempo; una pesadilla hueca y pegajosa que me internó por parajes solitarios y donde escuchaba horribles gritos, hasta que una mano que sacudía mi hombro me despertó.   -Levántate Teherán, ya está el café.

A esa hora, más o menos las cuatro de la mañana ya Chito Ahuesta tenía una gran llamarada en la hormilla y la cafetera siseaba lanzando vapor.

-Primero échate un trago pa’ que te enjuagues la boca -me dijo. Habló pegado a la ventana de adobe, sosteniendo una  pequeña brasa cerca de la boca, la taza de peltre sobre el rectángulo todavía oscuro que se abría a la noche de otoño.

-¿No oyes?- habló. -No. ¿Qué?   Sin contestar, se mantuvo  pegado a los adobes. Tomé un trago de mezcal y me serví café.

Entonces lo oí. Fue como un grito como un lamento lejano entre alarido de mujer, bestia o niño que me heló la sangre.

-Son onzas -dijo calmadamente Chito. Pero hace rato que estoy oyendo y parece que hay algo más que las acompaña: algo que se queda esperando entre la espesura del monte y que no se anima a salir,  como si esperara a que estemos descuidados.

Volvimos a escuchar el alarido, esta vez más cerca, Los perros que siempre acompañaban a Chito, comenzaron a ladrar desafiando enloquecidos a la oscuridad. -Vamos a ver mondados –dijo Chito y salió con el treinta en la mano. Antes de perderse en la oscuridad me gritó: -Tú no te salgas deai. Esa fue la última vez que lo vía.

Escuché un disparo a los lejos; después dos que se hicieron eco en los cerros cercanos, trastumbando en las sierras altas, diluyéndose en la claridad que iba llegando. Después, el silencio total.  A esa hora y en ese apartado de la sierra, comenzó mi pesadillo. Permanecí encerrado en el pequeño cuarto, atentos mis ojos a la a la ventana que empezaba a aclararse, oyendo a intervalos un especie de murmullo como  si algo se arrastrara alrededor de las paredes. El ladrido de uno de los perros se dejaba escuchar a intervalos.

Alto el sol, me anime a salir. Lo primero que vi  fue al perro ensangrentado, echado muy cerca de la puerta, gimiendo y lamiéndose dos profundas heridas en uno de sus costados.

De una mochila que habíamos depositado dentro del cuarto saqué una pequeña botella de matagusano cuyo líquido negruzco apliqué a sus heridas; después lo vendé con lo primero que encontré a la mano.  Las huellas más extrañas jamás vistas por mí  las descubrí después, eran como una especie de figura en triángulo y se encontraban alrededor de todo el cuarto; otras iban hasta el grueso tronco de un opte y desde ahí se devolvió, eran algo que mi razón no podía concebir y que sólo la luz del día hacía que se contuviera mi creciente temor.

Las dos mulas y al burro, así como al otro perro, no los pude encontrar. Durante varias horas anduve gritando a   mi amigo por los parajes cercanos sin ningún resultado.  Después  de medio día y sin comer encontré los rastros en una cañada  de paredes rocosas y tupidas de amoles entre las rocas: primero una gran mancha de sangre entre la arena revuelta del zanjón.   A medida que me iba internando por el arroyo siguiendo los goterones escarlatas, fui encontrando pedazos de Tela y pelos sanguinolentos que iban acrecentando mi temor.

El perro que me acompañaba, a veces gruñía y mostraba sus colmillos hacia los tupidos breñales de las faldas cercanas.   No me di cuenta cuando el sol se retiró de la cañada y la tarde empezó a caer. El perro cada vez más nervioso ladraba con más fuerza y se encaminaba hacia los manchones oscuros de chicura, jecotas y hediondillas.

Fue entonces cuando descubrí el rifle abandonado a un lado de la cañada. Con una creciente ansiedad revisé el arma y comprobé el tiro en la recamara y los otros dos en el cargador; pero también en ese momento entre los ladridos del perro y las sombras de la tarde que se oscurecían escuché el murmurio  primero fue una especie de susurro apagado que nació en algún recodo del arroyo arenoso.

Después, un rumor de voces y de ruidos como si una tropelada de jinetes se fuera aproximando. El perro enloquecía y daba vueltas a mí alrededor ladrando sin descanso. Yo me quedé parado en medio del arenal con las piernas engarrotadas por el miedo o el espanto con la vista fija en los chicurales tratando de ver al que al mismo tiempo no quería ver en medio de la tarde que pardeaba.

Entonces vi o creí ver algo que se movió entre las altas ramas. Fue algo enorme y grosero que de pronto agitó la espesa vegetación. Un voluminoso cuerpo o quizá varios que parecían arrastrarse más allá de las endebles ramas que se doblaban crujiendo bajo el peso de lo que avanzaba.

Antes de que me llegara una vaharada pestilente y nauseabunda de algo que transpiraba olor ha muerto.   Alcancé a ver varios pares de brazas encendidas que me miraban fijamente. Mientras impíos sonidos ininteligibles salidos de no se que gargantas se confundían y crecían a escasos metros de mi.

De pronto sin saber cómo, me encontré prácticamente volando sobre el arenal sintiendo el peso y la inutilidad del arma que aferraba mi mano.  El perro y yo, corrimos cañada abajo enloquecidos, mirando con honor que la tarde oscurecía cada vez más los recodos del apoyo oyendo un rumor como de aguas broncas que casi nos pisaban los talones.

En medio de mi terror de vez en cuandoSentía como si algo tirara de mis cabellos y me obligara a voltear la cara para ver lo  que nunca he podido olvidar.  Atravesé con el corazón en la boca la tierra abandonada de un Magüechi y antes de llegar a la casa en penumbras de Marasobichi el perro se adelantó ladrando con mayor fuerza hacia el interior oscuro del cuarto.

Me quedé estático, paralizado por el terror, como si una fuerza desconocida me hubiera clavado en el terreno, sin poder apartar la vista del pequeño rectángulo de la ventana y de la oscura puerta abierta.  Con algo más que miedo recordé que antes de partir la había cerrado.    Antes de emprender la huida llamando desesperadamente al perro reí ver algo que se movía en el interior de la vieja construcción y dos puntos encendidos que se ocultaban tras la pared.

Nunca mas he querido saber nada que se refiera a la maldita Mina custodiada La Nocturna.   Nunca más volví a saber nada de Chito Ahuesta.

Ahora, Doce años después, el mismo perro que escapó conmigo, ya viejo me acompaña.  En esta pequeña comunidad a la orilla del agua de la presa. Aparentemente todo está tranquilo. Sin embargo a últimas fechas los aullidos lastimeros del viejo perro me despiertan en medio de la noche; después ladra hacia la oscuridad y se queda echado con las orejas tiesas, inquietas y vigilantes.

El y yo apenas dormimos Porque sabemos que no podremos conciliar el sueño mientras sigan apareciendo por los alrededores las mismas repugnantes y siniestras huellas triangulares que una vez, para nuestra desgracia, conocimos. (Publicado en la revista Sonora Mágica número 100 de enero de 1992).