El templo de la Purísima Concepción de Nuestra Señora de Caborca, construido en la primera década del siglo XIX, hoy es la sede del Museo Regional y la Casa de la Cultura de Caborca, Sonora.

Su historia inicia el año de 1694 cuando el misionero jesuita Eusebio Francisco Kino ofició la primera misa, el día 18 de diciembre de 1692, y bautizó al lugar donde se crearía la misión, como nuestra Señora de la Concepción de Caborca.

   A su llegada al sitio encontró a sus habitantes en una ranchería situada alrededor del Cerro Prieto. Siete años atrás, el 13 de marzo de 1687, el padre Kino, había ingresado a la región para iniciar  su labor evangelizadora hacia el norte y hacia el oeste hasta entonces desconocido, fue así el primer europeo en llegar al río Gila  y en descubrir que la Baja California era una península y no una isla.

Se instaló al norte de Cucurpe y creó lo que sería su cuartel general que llamó de Nuestra Señora de los Dolores. Después continuó con su cometido en los pueblos de Los Remedios, Imuris, Magdalena, Cocóspera, San Ignacio, Tubutama, Caborca y muchos más.

Las primeras iglesias misionales no eran sino meros cobertizos hechos con varas y sostenidos por cuatro postes, Luego vinieron construcciones que, a pesar de ser más sofisticadas, desaparecieron como consecuencia de alguna rebelión de los pimas, la escasez de misioneros o el inhóspito desierto.

Casi un siglo después de la muerte del padre Kino, tras la expulsión de los jesuitas del imperio español en 1767, los franciscanos del Colegio de la Santa Cruz de Querétaro tomaron, por órdenes de Carlos III de España, el relevo en la Pimería Alta. Aunque casi no fundaron nuevas misiones, y en gran medida los frailes se dieron a la tarea de reconstruir lo ya existente, si erigieron templos completamente nuevos. Con el tiempo, la mayoría de las iglesias de las misiones fueron reemplazadas por espléndidas catedrales construidas de adobe,

En 1768, Juan Díaz, uno de los primeros franciscanos que se hicieron cargo de Caborca, describió la antigua iglesia como una construcción de adobe parcialmente destruida, por lo que se empeñó en la tarea de reconstruirla en el lugar que actualmente ocupa, al margen derecho del río Asunción. En 1797 dio inicio la edificación del templo que concluyó con singular éxito en 1809, ya que la Purísima Concepción de Nuestra Señora de Caborca, junto con San Javier del Bac, en las afueras del actual Tucson, Arizona, son las dos iglesias franciscanas más hermosas de la Pimería Alta.

La construcción de ambas corrió a cargo del mismo maestro albañil, Ignacio Gaona, quien las hizo prácticamente gemelas. No resultan muy impresionantes por su tamaño, pero si se piensa que fueron levantadas en dos pueblos minúsculos de los confines de la Nueva España (San Javier entre 1781 y 1797, y Caborca entre 1797 y 1809), resultan descomunales. San Javier es algo más esbelta que la Purísima Concepción, y tiene una serie de retablos churriguerescos de argamasa sorprendentemente bellos. La iglesia de Caborca, en cambio, rebasa a su hermana por la mayor simetría de su exterior.

La iglesia fue construida con piedra, tabique cocido y argamasa. En su fachada aún se pueden apreciar una serie de agujeros que fueron hechos en 1857, cuando un grupo de filibusteros estadounidenses, bajo el mando de Henry A. Crabb atacó la población y disparó contra la iglesia que había servido de refugio a los lugareños.

A través del tiempo, la época de lluvias ha provocado que el río Concepción se salga de su cauce e inunde la región, como en 1914, cuando el río se desbordó y su caudal se precipitó con tal fuerza contra la parte trasera de la iglesia que estuvo a punto de destruir su estructura, provocando serios daños al edificio; diez años más tarde, en la parte norte del templo se construyó un muro de adobe al final de la nave y se colocó un pequeño altar. Tras su restauración, en la década de 1960, el inmueble fue declarado monumento nacional.

La ciudad de Caborca se encuentra en el noroeste del estado de Sonora, colinda al norte con la línea fronteriza de los Estados Unidos, al sur con Pitiquito, al este con Altar, al noroeste con Puerto Peñasco y al suroeste con el Golfo de California. La palabra Caborca, es ya un vocablo castellanizado derivado de una voz indígena parecida a Cabox-ca, que en el dialecto de los tohono o´otham o hohokam, pertenecientes al grupo pápago, significa cerro o cerrito en alusión a las colinas que rodean a Caborca. En esos cerros se encuentra una cantidad considerable de petroglifos atribuidos a los hohokam. Los grabados representan animales, figuras humanas, grecas, laberintos, figuras geométricas, cuerpos celestes y probablemente olas de mar o símbolos acuáticos.

La población de este territorio tuvo su origen con la migración de los hombres primitivos que cruzaron el estrecho de Bering, en busca de un clima más favorable para poder subsistir. En su peregrinar hacia el sur, se fueron diseminando por el continente americano; algunos se asentaron o se quedaron rezagados y se adaptaron a las condiciones ambientales de esos lugares. De esta época datan los hohokam, la tribu más antigua que se ha reconocido en Sonora. Ahí se han detectado los asentamientos humanos que formaron una civilización denominada por los estudiosos como la Cultura Trincheras.

 

A la llegada de los jesuitas, la región estaba habitada por pápagos y por pimas, quienes probablemente descendían de la Tradición Trincheras. Tenían una agricultura incipiente con sistemas de riego rústicos que les permitían el cultivo de maíz, frijol y calabaza. Sin embargo, como todos los grupos indígenas del desierto de Sonora, dependían principalmente de las plantas silvestres, de las que, de acuerdo con diversas investigaciones, usaban más de 375 especies.

Por otra parte, los estudios etnolingüísticos reconocen tres divisiones principales del grupo pápago: los hia’ched o’otham (areneños o gente de la arena), que habitan en la zona de los Pinacates y en partes del desierto de Yuma; los akimel o’otham (gente del río), también conocidos como pimas gileños por vivir a orillas del río Gila, en una reservación cercana a Phoenix, Arizona; y los tohono o’otham (gente del desierto), a cuyos antecesores se les llamó pimas altos o pápagos, residentes en Sonora.

 La lengua pápago se clasifica dentro del grupo pima que es una rama nahua-cuitlateca del tronco yutonahua. Tiene relación cercana con las variantes dialectales de los tepehuanos (o’dam) y también con las lenguas taracahítas (mayo, yaqui, tarahumara, guarijí o y ópata).

Durante la Colonia los tohono o’otham fueron conocidos como pimas altos; a partir del siglo XIX se les denominó pápagos. Desde el establecimiento de la línea fronteriza entre México y Estados Unidos, después de los tratados de Guadalupe Hidalgo en 1848 y el tratado de Gadsen o Venta de la Mesilla en 1853, su territorio se dividió y el pápago se convirtió en un grupo binacional.

Actualmente los pápagos o tohono o’otham se localizan en Arizona, Estados Unidos, y en Sonora, México, donde habitan en los municipios de Caborca, Saric, Puerto Peñasco y Magdalena. Aún existen algunos hablantes de pápago en Caborca, Altar, Puerto Peñasco, Saric y Santa Ana, mientras que algunos o’otham que viven cerca de la frontera hablan pápago, español e inglés.

Con la división de su territorio, sus lugares sagrados también quedaron de uno y otro lado de la frontera, por lo que para la celebración de sus ceremonias se desplazan hacia uno u otro país, ya que comparten un sustrato cultural común y el sentimiento de pertenencia a un mismo grupo. Los tohono o’otham piensan que fue I’itoi, el Hermano Mayor, quien les enseñó cómo sobrevivir y desarrollar su cultura en un medio inclemente y con recursos limitados.

Su organización social estaba basada en grupos de parentesco que reconocían la autoridad de cabezas patriarcales y un intercambio comercial-ceremonial entre los miembros de diferentes aldeas. Los antecesores de los pápagos tenían una residencia de verano y otra de invierno. Este modelo económico se mantuvo con pocos cambios hasta el arribo de los españoles.

Miguel León Portilla, incansable estudioso y firme defensor de la cultura y las etnias indígenas, señala que el florecimiento cultural del llamado horizonte clásico (2,300 a. de C.) y las transformaciones resultantes no se produjeron por igual en todo la región que llegó a ser parte de la Nueva España y posteriormente del México independiente, ya que en las zonas semiáridas de la Pimería Alta persistieron las formas de vida propias de la cultura del desierto con pequeñas agrupaciones poblacionales.
Su instrumental doméstico y de trabajo estaba formado por raspadoras, machacadoras, piedras para moler y lanza dardos o átlatl. Sus mejores creaciones fueron la cestería y la elaboración de esteras o petates.

Antiguamente la tribu pápago se dividía en dos unidades exogámicas de tipo clánico, los búhos y los coyotes, que además de la función de intercambio matrimonial, tenían asignaciones ceremoniales particulares. En las aldeas de verano y de invierno había una casa ceremonial llamada casa de la lluvia o de la nube; ahí se reunían para discutir los asuntos públicos. Las reuniones y las ceremonias de purificación o de petición de lluvias eran presididas por un anciano llamado guardián del fuego.

Hoy en día, sus ceremonias conservan la cosmovisión de los pápagos, en la que dos seres sobrenaturales crearon diversas razas de hombres y luego las destruyeron; estos dioses lucharon entre ellos y el mago de la tierra desapareció, dejando el mundo a l’itoy, quien finalmente creó a la gente pápago.

Después de la evangelización jesuita, se adaptaron elementos del cristianismo a su antigua religión. Como un desarrollo sincrético de los esfuerzos misionales, jesuitas y franciscanos, se conformó la llamada Iglesia Católica de Sonora, una versión indígena del catolicismo, cuyos ritos y creencias se centran en el culto a San Francisco.

De acuerdo con Jacques Galinier, en la religión de los tohono o’otham existe una forma de sincretismo; las creencias y los símbolos cristianos se incorporaron a formas, valores e intereses ya existentes en el ámbito religioso indígena. Un ejemplo es la identificación de san Francisco y I’itoy. Ambos cultos se fundieron en uno solo que combina la curación con la petición de lluvia.

Los jesuitas introdujeron el culto a San Francisco Javier, después los franciscanos intentaron imponer a su patrón, San Francisco de Asís, así surgió la fusión de esos dos personajes.  La fiesta patronal se celebra el 4 de octubre, día del santo franciscano, pero la imagen venerada corresponde a la representación del patrono jesuita. Mientras que en Magdalena, la figura de San Francisco se identifica con el padre Kino. De los antiguos rituales se ha conservado el bi’ikita y el khuijin (cacería anual del venado). También celebran algunas fiestas del calendario litúrgico cristiano.

En las crónicas coloniales se denominó Pimería Alta al vasto territorio que comprendía la mayor parte del desierto de Sonora y el cordón de tierras fértiles que le rodeaba. No se cuenta con investigaciones históricas que permitan ver con claridad entre la bruma del siglo XVI en Sonora, no obstante, se puede deducir que a partir de la caída de Tenochtitlan, y tras el descubrimiento de las vetas de minerales preciosos en Guanajuato y Zacatecas, el avance español se dirigió hacia el norte, en la búsqueda de oro y plata.

Este propósito requería del sometimiento de los pueblos originarios, ya fuera por la fuerza de las armas o por medio de alianzas. Si bien las enfermedades como la viruela y sarampión, junto con la encomienda y el repartimiento de los jefes de familia hacia sitios distantes mermaron su resistencia, sin duda, la acción de la iglesia y las misiones de evangelización se constituyeron en los recursos primordiales para el control de los pueblos indígenas.

Para unos, el primer poblado español fue establecido por Álvaro Núñez Cabeza de Vaca en 1530, cerca de Huépac. Para otros, Francisco Vázquez de Coronado, en su infructuosa búsqueda de las Siete Ciudades de Oro, fundó en 1540 una villa en las márgenes del río Yaqui. En 1605, el padre Andrés Pérez de Rivas, en el primer intento de evangelización registrado en Sonora, visitó la ranchería de Bacorehui, cerca de Huatabampo, que estaba habitada por indios cahitas.

Sin embargo, a pesar de que en los primeros años de la conquista, las órdenes monásticas de los franciscanos, dominicos y agustinos emprendieron el viaje hacia las regiones del norte, la empresa no tuvo éxito hasta 1572, en que aparecieron en la escena los jesuitas, a solicitud del gobernador de Nueva Vizcaya, Rodrigo del Río Loza, quien pidió su presencia al virrey y al Provincial de la orden. En consecuencia, en 1589 llegaron los primeros jesuitas, para la conquista de Sinaloa. Para el año 1600, los misioneros se encontraban ya a las orillas del río Yaqui.

El avance continuó durante todo el siglo XVII, y se concretó en la formación de seis rectorados: el Rectorado de San Felipe y Santiago de Sinaloa, el Rectorado de Nuestro Padre San Ignacio de los Ríos Yaqui y Mayo, el Rectorado de San Francisco de Borja, el Rectorado de los Santos Mártires de Japón, el Rectorado de Nuestro Padre San Francisco Javier y el último, creado con la llegada del padre Eusebio Francisco Kino, el Rectorado de Nuestra Señora de los Dolores.

El arribo de la orden jesuita a la región de la Pimería Alta en 1687, tuvo la finalidad de evangelizar y congregar a los grupos dispersos. Para ese entonces, los abusos de la soldadesca española habían alimentado un fuerte rechazo hacia los colonizadores que se habían apropiado del territorio del sur y el este de Sonora, donde eran dueños de ranchos y minas.

En esa época, el padre Kino viajó al norte de la Nueva España para establecer una cadena de misiones construidas de manera precaria a lo largo de su ruta.

En realidad, las misiones originales significaron la materialización de un ideal evangélico y, en consecuencia, un proyecto de civilización. Y en tal sentido, a pesar de que en la Pimería Alta casi no se conserva ningún resto material del apóstol vaquero, la herencia del padre Kino resulta evidente en su afán constructivo, que ha derivado hasta día de hoy en los campos sembrados de uva para vino, uva pasa, olivo y espárrago, los canales de riego, las huertas, el abundante ganado y la red de caminos.

Kino trató de contrarrestar la política de expansión indiscriminada de los colonos españoles al promover ante el gobierno colonial el programa de misiones en la Pimería Alta. Sin embargo, esta paz aparente se rompió en 1695, cuando los ataques de los indios nómadas sobre los ranchos de españoles aumentaron y muchos pimas sufrieron injustamente las represalias. Fue entonces que los pimas sublevados atacaron Altar y Caborca, quemaron los templos y mataron al padre Saeta.

La represión española no se hizo esperar y muchos indígenas fueron masacrados. Además del conflicto interno en la administración colonial, los ataques e incursiones de los apaches provocaron el despoblamiento general de la región, y la imposibilidad de afianzar la expansión colonial en toda la Pimería Alta. En 1736 una fiebre de plata atrajo a muchos mineros y cazadores de fortuna. En 1751 tuvo lugar la segunda gran rebelión de los pimas altos, acaudillada por Luis Oacpicagigua; ésta comenzó en Saric y se extendió a todas las poblaciones pimas evangelizadas.

Al momento de su expulsión de la Nueva España en 1767, los jesuitas manejaban más de 24 misiones en el territorio pima. La misión constituyó un complejo proyecto económico, político social y religioso, en el que los jesuitas organizaron a los habitantes de las comunidades e impulsaron una nueva cultura para lograr el cambio de una economía de apropiación a una de producción. Con este propósito enseñaron nuevas tecnologías agrícolas y pecuarias, la división social del trabajo, la responsabilidad como un valor, artesanías y por supuesto la enseñanza del evangelio.

Todo ello con un componente social, donde el producto del trabajo se repartía equitativamente de acuerdo con la participación en el trabajo; además se guardaba la semilla para el siguiente año y se socorría a las viudas y huérfanos.

También generaron una estructuración en las líneas de mando en la que participaban todos bajo la supervisión del jesuita. Sin embargo, todo esto quedó suspendido cuando llegó la orden por la que se expulsaba a los jesuitas.  En 1768 los franciscanos entraron a la región para continuar la labor iniciada por los jesuitas, de tal manera, el espacio social que dejaron los misioneros jesuitas fue ocupado por los frailes franciscanos con la finalidad de fortalecer el sistema colonial.

Entonces se modificó totalmente  la economía, desapareció la misión y los medios de producción, la tierra y el agua se transformaron en propiedad privada. Se creó el Real Presidio de Santa Gertrudis del Altar, a cargo del capitán don Bernardo de Urrea, quien tenía bajo su mando a 50 hombres.  Aprovechando esta coyuntura, el personal militar del Presidio, adueñó de las tierras de la región. Con este cambio sus habitantes, que antes eran dueños de la tierra, pasaron a ser esclavos en el trabajo de sus tierras.

Al consumarse la independencia en 1821, el país había quedado en manos de la iglesia, los militares y los criollos, entonces se definieron dos grupos: liberales y conservadores, unos mirando hacia delante y los otros hacia atrás.   Entre alzamientos armados, golpes de estado, guerrillas y el cambio constante de autoridades transcurrió la primera mitad del siglo XIX. En esa época, Caborca era un pueblo cabecera de parroquia dependiente del partido de Guadalupe de Altar en su administración civil.

Como en la Pimería Alta, había tierras fértiles, muchos colonos emigraron al territorio y ocuparon ilegalmente las tierras y las fuentes de agua, sobre todo en las zonas aledañas a Caborca, lo cual provocó que los pápagos se levantaran en armas en mayo de 1840; este movimiento fue sofocado hasta 1843.

Transcurría el año 1845, cuando el estadounidense John L. O’Sullivan, plasmó en la expresión del Destino Manifiesto, la intención de ocupar en su plenitud el continente. Para 1847 se había perdido la mitad del territorio Nacional, con lo que la Pimería Alta se dividió en dos mitades que quedaron en Sonora y en Arizona. Poco tiempo después arribaron los filibusteros estadounidenses con la intención de quedarse con algo más del territorio mexicano, cuando menos con una parte de Sonora y Baja California.

Con la intención de formar la República de Sonora se llevaron a cabo varias incursiones como la del conde Gastón Raousset de Boulbon, quien entró por Guaymas hasta Sáric en junio de 1852. Como en su primera visita no logró su objetivo, el primero de julio de 1854 desembarcó nuevamente en Guaymas donde fue fusilado después de su derrota, el 12 de agosto.

William Walker llegó a Baja California en 1853 y 1854. Mientras que el 30 de marzo de 1857, Henry Alexander Craab entró por Sonoyta y llegó hasta Caborca el primero de abril. Fue entonces que el templo de Nuestra Señora de la Concepción de Caborca sirvió de baluarte a sus habitantes mientras duró la lucha armada.

El pueblo caborqueño apoyado por los vecinos de Pitiquito, Oquitoa, y las tropas enviadas desde Altar y Ures defendieron la iglesia. Corría el sexto día del asedio, cuando el indio pápago Francisco Javier hizo explotar con una flecha encendida el polvorín de los filibusteros. Los  sobrevivientes, entre ellos Craab, fueron fusilados.

Caborca fue declarada municipio en 1860. Posteriormente, el 14 de enero en 1867 tuvo lugar una inundación de tal magnitud que casi hizo desaparecer el Pueblo Viejo, por lo que la población se trasladó a lo que se conoce como Pueblo Nuevo. En 1898 volvieron los enfrentamientos violentos.  Posteriormente, durante las primeras dos décadas del siglo XX, las tierras de cultivo de los pápagos en Caborca, Pitiquito y Sonoyta fueron ocupadas por un grupo de colonos.

Por Decreto del H. Congreso del Estado, el 25 de mayo de 1933 se le otorgó a Caborca la categoría de Villa. Más tarde, el 17 de abril de 1948, se publicó el decreto por el que se declaró Ciudad Heroica a Caborca.   Fuentes de Información:
Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles de Propiedad Federal. Conaculta INAH. 2002.

Cosío Villegas, Daniel, Bernal, Ignacio, et al. Historia Mínima de México. El Colegio de México. 1974.
Enciclopedia de los Municipios de México. Caborca, Sonora.
León-Portilla, Miguel. Aztecas-Mexicas Desarrollo de una civilización originaria. Algaba Ediciones. 2005.
Ortiz Garay Andrés. Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas/ Conadepi Galinier, Jacques. 1991.
www.mexicoarizona.com
Palacios Rangel Rosa María