Ciudad Nocturna de Luis Enrique García

De los variados antecedentes literarios de Luis Enrique García (Hermosillo, Son.), dos tienen forma de libro: Raza de papel (Universidad de Sonora, 1978), y Memoria teatral de la UNISON, 1954–1984 (Universidad de Sonora, 1984).

El primero agrupa diecisiete cuentos que pueden inscribirse en la tradición literaria moderna de Hispanoamérica y con algunos de sus más celebres representantes, por ejemplo, Bioy Casares, Borges, Cortázar, Donoso, Elizondo.

La Memoria es una extensa crónca sobre la actividad dramatúrgica de esa institución, con un apartado básico acerca de lo desarrollado principalmente en la capital del Estado antes de la fundación de la Academia de Arte Dramático (1954) por Alberto Estrella Miranda, en esa Casa de Estudios. Luis Enrique García

 

 

además ha publicado reseñas sobre temas varios donde ha prevalecido lo artístico, en suplementos culturales; sus obras de teatro, aun no editadas, Las cuerdas y La señal han sido escenificadas en múltiples ocasiones. Otros textos suyos han aparecido en El Cuento de Edmundo Valadés; y se encuentra incluido en Cuéntame uno, una antología de la narrativa corta sonorense, impresa por El Colegio de Sonora, en 1986.
“Uno de los méritos de Ciudad nocturna, dice Carlos Moncada, reside en que rompe, por la temática y su tratamiento, las fronteras de la literatura regional y de los prejuicios y adquiere dimensión universal”. El autor de este es mi mundo y Todos somos culpables, a quien se debe Luis Enrique García se iniciara en las letras mediante un espacio periodístico, aprecia que los personajes que a continuación deambularán en la imaginación del lector, “ pertenecen al burdel ubicado en cualquier parte de Latinoamérica ¬¬–salvado el escollo de algunos giros regionales–.

El homosexual envejecido y vilipediado (“La otra isla”), la prostituta encerrada en un círculo de aprobio (“El diario de la Chueca Ponce”) o la anciana estéril que a fin de cuentas concreta su anhelo de maternidad (“Cosas del Servando”), pueden localizarse en cualquier lupanar del sureste de México, Sinaloa o Centroamérica.
Raza de papel señala uno de los parteaguas más importantes de la literatura moderna de la región, al lado de otras obres que por su publicación en forma de libro o folleto empiezan a difundirse más ampliamente. Parteaguas porque empieza a concebirse de manera más generalizada la profesionalización del escritor. Nombre y textos: Abigael Bohórquez (Poesía i teatro, 1959, Digo lo que amo, 1976), Sergio Valenzuela Calderón (De oráculos dispares, 1975, La putación, 1984), Gerardo Cornejo (La sierra y el viento, 1977, El solar de los silencios, 1983), Leo Sandoval (Pozo de crisanto, 1977), Carlos Moncada (este es mi mundo, 1978),

 

Alonso Vidal (De amor y otros incendios, 1978), Miguel Manríquez (Rosita contra los dinosaurios, 1980, Tetabiate en el exilio, 1985), Armando Zamora (Cuadriludios, 1981), Raúl Acevedo Savín (Poema inconcluso, 1982), Inés Martínez de Castro (Habitación sin muros, 1983), Margarita Oropeza (El hilo de Ariadna, 1984), Luis Montaño (Brenda Berenice o el diario de una loca, 1985), José Teherán (Rosas de roca herida, 1985), Ramón Iñiguez Franco (Memoria a golpe de teclas, 1985), Abelardo Casanova (Pasos perdidos, 1986), Oscar Monroy (Meditación en el Atlántico, 1986), y algunos otros más.

Si Raza de papel es un síntoma de cambio de actitud sobre la práctica literaria que desarticula con sabiduría el aparentemente inmarcesible coto de caza de letras del diletante esporádico, Ciudad nocturna no emerge solitaria  y sin precedentes, propone ya una consolidada perspectiva sobre la producción de la literatura regional. Estos cuentos rebasan la idea todavía privilegiada de que lo literario es vehículo de  desfogue temperamental o motivo ocasional de lucimiento; son trabajos de un obrero y no de un ilusionista o exhibidor de artilugios. Ya la fuerza de este obrero no consiste en el falso milagro de hacer surgir, a partir de cero, una forma absolutamente escogida; de ahí que no sirva de nada decir que el autor de un texto es un creador.
En esas citadas rupturas se ubica Ciudad nocturna, donde no cuentan tanto las significaciones nucleares o aisladas y codificadas de las palabras cuanto sus cuerdas tonales y las virtualidades significativas periféricas, también marginales, pero que la explican, para una “prístina” lógica de la comunicación.

Se afirma, por otro lado, que la escritura se ha vuelto imposible, en el sentido de que “abandona” la lengua usual socialmente admitida, para encubrir en el peso del propio lenguaje, operaciones que entorpecen la comunicación lineal y unívoca. La escritura, entonces, produce “otra realidad” superpuesta a la de la aprehensión empírica.

El texto constituye una segunda realidad; es decir, aquí no está el burdel, al que hace referencia Moncada,  sino una representación del burdel; como viene enseguida, no hablaba tal cual quien da origen al personaje de la “Historia de un reloj”, sino que se manifiesta la selección, alusión/ilusión, de un habla que conforma un material reconocible, humano. No se busca el reflejo de la realidad, sino la constitución de un saber nuevo, un saber que se añade a la realidad de la que parte (un singular acto comercial “hermosillense”) y de la que trasmite algo más con el fin de convertirse en otra cosa: “Historia de un reloj”.
Ciudad nocturna presenta un doble objeto de conocimiento, su propio tapiz verbal y la cotidianeidad referenciada. Si bien su lenguaje invade el campo del conocimiento, a la misma vez, es un objeto que se despliega en un juego casi infinito de sinuosidades y distorsiones, que reactiva la vida salvaje de los vocablos y los signos. Este juego afecta, asimismo, el lugar ambiguo del autor, donde vive la mayor diversidad estilística de que se haya dispuesto antes de su propio parteaguas literario regional.
Los enunciados de este nuevo cuentario de Luis Enrique García, reúnen y ensamblan imágenes, no conceptos. La fascinación de las palabras es utilizada para destinos diferentes a los de la palabra común, y permite la construcción de un conjunto autónomo regido por sus propias leyes, mas no independiente en cuanto que sus elementos organizan una especie de correspondencia con lo vivido y sentido por cualquier noctívago, por ejemplo.

Esta es una obra literaria: Ciudad nocturna.

*Esta nota aparece en García, Luis Enrique. Ciudad nocturna. UNISON. México. 1988