DON ARTURO Y DON TAURINO FERNÁNDEZ

Aprovechando la acequia del alto procedente de El Tacícuri se regaban varia tierras en el Mirasol, un ranchito de la familia Hopkins; allí don Arturo Fernández Robles estableció su establo porque era de la idea que produciendo leche y queso se podía vivir holgadamente, y en efecto así sucedió.

En época de finales del siglo diez y nueve la gente amaba la agricultura y todas la faenas del campo, como lo es cría de vacas y borregos, por ello frente a la casa por la antigua calle principal posteriormente Cinco de Mayo a sus alrededor pardeaba la cebadas.

Don Arturo Fernández y doña Lolita Félix de Fernández procrearon a Arturo, Carmela y Taurino. Todos muy emprendedores y muy criadores de ganado. A Arturo hijo y Taurino les dio por emparejar un terreno más al norte pasando el arroyo La Madera (nombre que le bien por el nombre de la sierra de donde sale), para practicar el Polo, para ello se dieron a la tarea de crear buenos caballos que rentaban a los amantes de este deporte tanto personajes locales como extranjeros que se daban cita los fines de semana al taste improvisado pero en magnífico estado para ejercitar este deporte en boga por los años 20 y 30s.
Posteriormente don Arturo y su hermano Taurino deciden donar el terreno para que se construyera el estadio de béisbol Padre Kino.

Para el lado de la calle Obregón, estaba un propiedad de la señora Aurelia Araiza, la cual fue adquirida a precio muy módico por el cura párroco don José Santos Sáenz para dar inicio a la escuela Niños Héroes ya con carácter de incorporada. Con el apoyo de padres de familia del barrio Mirasoles que ya se había extendido considerablemente se dio principio en 1947 a esta nueva escuela para varones.
El joven sacerdote Luis María Valencia Núñez fue a quien el padre Santos encargó la escuela ya que contaría con un internado para pre seminaristas.

Don Arturo y doña Lotita eran procedentes de Cucurpe y Tuape respectivamente y vivieron en la casona que fuera del prefecto Pedro Trelles González, ya derribada ( hoy Edifico de Telmex), con comercio en el edificio adyacente, que luego lo vendrían a don Francisco de Paula Jofroy, hoy propiedad de la familia Danadieu.

Al fallece don Arturo, su viuda se fue a vivir a la milpa como le llamaban, e donde sus hijo Taurino se encargaba del establo ya que Arturo hijo se empeñó más en el comercio que se le daba bien.

De 1952 a 1955 el Sr. Arturo Fernández Félix fue alcalde de Magdalena.

Adquirió a la familia Barón el edificio de Obregón y Abasolo y abrió su ferretería, posteriormente en sociedad con Isaac Félix Cora adquieren el edificio de la desaparecida Gendarmería Fiscal que se hallaba en escombros y levantaron una ferretería con varios departamentos.

Pero en 1962 adquirían a la familia de Bencho Grijalva el edificio frente la Plaza Juárez y echaran a andar el primer Súper que bajo ese novedoso concepto funcionó en Magdalena bajo la razón social de Félix Fernández y Cía.

El 1966 llegaron por primera vez a Magdalena los caballos Percherones, lo que fue toda u una novedad. Para atender esto bellos costosos ejemplares se contrarió el establo de Taurino, como ya doña Lolita había enviudado, radicaba en la casa vieja de esta finca, en compañía de su hija Carmen casada con Miguel Márquez era muy cuidadosa de que estuviera siempre cerrado el portón.

Enfrente estaba el internado del Padre Luis Valencia, y por las tardes quien aquí escribe así como otros compañeros como siempre estaba cerrado el portón nos trepábamos a la barda de adobe para ver bañar a los Percherones. Otra que el padre Valencia era enemigo de que los internos se salieran del perímetro de la escuela. Pero quien podía obstaculizar nos acomodáramos en hilera en la tapia para ver semejantes bellezas equinas.

Por allí en las tardes ayudaban como mainates Vicente Arturo Carranza y Fernando Arechedera. Entonces Vicente nos pidió que entráramos y nos ayudó a trepara a uno de los caballos, ya que el que narra sentía un gran impulso por estar arriba de una de esas maravillas del reino animal.

En eso Salió doña Lolita con un fuste en la mano repartiendo golpes, ya que Vicente Arruto su nieto dejó abierto el portón por culpa nuestra, y se empezaron a salir las borregas.

Sería en los años cincuentas cuando Octavio Bustamante Maldonado, mi padre, al venir en un troque toneladas de rancho el Ojo de Agua de su primo el Chacho Maldonado, y al tomar la sierra rumbo a Cananea, se le averió el carro; en la madrugada pasó un pick up nuevo, de donde se apeó un señor con un vaquero, iban con rumbo al rancho el Potrero en las estribaciones de la Sierra Azul.

El vaquero era medio mecánico y se puso a meterle mano al torque, en tanto el señor se puso a atizar, calentando agua y al poco tomaron todos café colado, y no faltaron los burritos paseado, así que gozaron de un ovíparo desayuno.

El motor encendió y quedó como fosforito gracias a los conocimientos en mecánica de aquel vaquero.

Antes de partir, Octavio Bustamante le dijo al señor:
-Oiga buen hombre, para que jamás se me olvide este gran favor que Usted me ha hecho, por favor deme su nombre:
-Si como no, con mucho gusto, me llamo Taurino Fernández.