LEYENDA DE PASIONES

EL EMPLEADO DISCRETO DE LOS GREENE
POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE

Procedente de Bacochi en donde se desempeñó de todo, hasta de cantinero, llegó a Cananea don Marcos Álvarez, allá por los años del cuarenta, atraído por la bonanza del mineral en vista de que la ruina de los pueblos orilló a familias enteras emigrar hacia los centros mineros en boga como Nacozari, Pilares y Cananea.

El empleo sobraba en las 4C, todo el que llegaba tenía trabajo, pues la empresa aglutinaba a cientos de obres a los que daba ocupación la mina o bien en la construcción de varias colonias como la mesa oriental, americana, la planta nueva y otras. En uno de esos inviernos tan duros cuando la nieve subía a un pie de altura, pescó una pulmonilla, estuvo dos meses internado en el Hospital del Ronquillo, pero como no se había inventado todavía la penicilina su caso se agravó, librándola sólo por la misericordia de Dios.

Pero su espíritu venturero lo llevó a Caborca donde se contrató en el ferrocarril, trabajaba de sol a sol, era un empleo agotador y sobre todo expuesto a las inclemencias del ardiente verano. Estaba prohibido que un obrero al levantar una talla recibiera ayuda de otro obrero.

En cruel inverno del desierto de Caborca, recayó su salud, estaba ya picado de los pulmones y una nuevo decaimiento parecía acabaría ahora si con su vida; escupía mucha sangre, pero para bendición de toda la humanidad ya había aparecido la penicilina (1944), y por esa raras coincidencia de la vida, el mismo médico que lo trató en Cananea estaba también prestando sus servicios médicos en el Ferrocarril, al cual acudió sólo que los medios que con que contaba salió pronto del penoso trance.

-La pulmonía es juego para la penicilina, le dijo el galeno. Ya vete a trabajar, te aseguró que nada te va a pasar.
Cada cuatro horas le aplicó durante dos días una inyección bien cargada de penicilina. Así que quedo como nuevo.

-Yo voy andar cerquita por si te pasa algo, pero ya no te va a suceder nada. Vete confiado, le dijo el médico.
Al poco don Marcos se regresó a Cananea, porque extrañaba a la novia, Carmelita Ibarra, oriunda de Chivatera en los campos mineros, era una bella muchacha con la que se casó en el año de 1950.

Para entonces ya era empleado de la Compañía Ganadera en la planta conocida como la Empacadora cuya razón social era Productos de Cananea, S.A. de C.V., donde administraban los hermanos Billy y Ruff “el tuerto” Greene, hijos del desaparecido magnate del bore William C. Greene.
Se sacrificaban 300 cabezas de ganado al día, la Empacadora tenía línea de ferrocarril, donde se embarcaba el producto enlatado hacia los Estados Unidos y de allí a Europa para alimentar a miles de soldados que combatían en la Segunda Guerra Mundial.

Rosina Cooper de Greene, casada con el Billy Green, visitaba de continuo la Empacadora o Enlatadora, y un día le propuso a don Marcos que viniera a trabajar a la casa de Green como se le conocía, pero él argumentó que no quería perder su antigüedad por andar cambiando de trabajo, pero doña Rosina le respondió:

-Este negocio es de la familia Greene, y allá donde vas a ir, es de la familia Greene, por lo que es lo mismo, no vas a perder nada.
Lo cierto es que ya no tendría las mismas prestaciones. Pero de esta forma de vio obligado a presentarse en la casa de Greene a donde pasaría a ocupar diversos quehaceres como jardinero, chofer, etc., con un sueldo de 12 pesos diarios.

La personalidad de Billy Greene administrador junto con su hermano de los bienes de la familia, como la Empacadora, los ranchos y otros bienes, era una mezcla especie de playboy, amante de los wikis finos y las bellas mujeres a las que sabía seducir. Mandaba trae de Estado Unidos whiskies escoces y marca mundiales, debajo de la casa de Greene hay un gran subterráneo donde se veían cajas y más cajas de whiskies.

Tenía el Billy un hangar en el aeropuerto local donde dos aviones, aguardaban a ser enviados a cualquier parte para traer whiskies o bien alguna damisela. Uno de sus choferes era Roberto Navarro el propio don Marcos Álvarez, pero el piloto era alguien muy de las confianzas de los Greene que según el acuerdo al regresar al mineral daba dos vuelta sobre la casa de Greene para avisar que fueran a recogerlo cuando venía de viaje el patrón.

El Billy en términos coloquiales agarró la borrachera, tiró todo, arrimaba varias cajas de whiskies, y se la pasaba echado en el sillón, que borrachera tan simple, fumando cigarros Lucky Strike y tomando whisky, y en cuanto se le acababa el licor seguía hasta con el perfume de la señora.

No salía de la casa, pues duraba meses tomando, desde luego doña Rossina su esposa le tenía miedo pues se convertía en un ser peligros.
La actividad de don Marco Álvarez dentro de la casa de Greene fue el de cuidarlo, ya estaba muy impuesto a lidiarlo, lo que nadie quería hacer pues le tenían pánico.
-Como fui cantinero en Bacoachi, allí entraban matones, y me enseñé a lidiar con ellos.

Rossina cuando su marido estaba tomando, al no poder soportar ese estilo de vida nobelesco tipo Cumbres Borrascosas se escapaba a la Colonia Americana con sus amigas, pues el Billy le tiraba con todo, con las botellas y con lo que pudiera. Le daba muy mal trato y más cuando le rezongaba que dejara de tomar.

-Me sentaba a cuidarlo, que no se quemara, me pagaban 13 pesos diarios, pero por cuidarlo me pagaban 30 pesos, así que me convenía estar sentado esperando a que se durmiera para quitarle la colilla de la boca y no se fuera a quemar, esa era mi tarea cuando el Billy agarraba la larga borrachera por varios meses.
Rosona siempre traía recogido en un molote, cuando se arreglaba con el cabello suelto y se presentaba ante su marido, este le decía…

-¿Hay Rossina preces bruja, ¿no por qué no te has peinado?

Rossina tenía una gran confidente, Aída Dal Pozzo, a quien le contaba toda sus cuitas, y no pudiendo soportar más esta situación, Rossina pidió el divorcio, para ello contrató los servicios del prestigiado abogado Erasmo Lozano Rocha, era éste descendiente de Sóstenes Rocha del Mineral del Marfil, Guanajuato, donde nació el 6 de julio de 1831, uno de los más importantes historiadores del liberalismo mexicano, que participó en la Revolución de La Noria logrando vencer al general Porfirio Díaz.
Por la parte del Billy Greene intervino el Lic. Manuel Meza, que estaba al servicio de la Compañía, ganando el pleito el Billy, por lo que Rossina salió a Estados Unidos aunque no sin buena parte del capital que le tocó conforme lo dispuso la ley al anularse el acta de matrimonio.

A verse solo el Billy, agarró con más ganas la borrachera. Eran sus apoderados el Dr. Fidel Sánchez y Andrés Córdova Robles “el Coyote”, que al ausentarse el Billy también para Estado Unidos, la casa se la vendió a la familia Miramontes dueña de Casa Jero, por lo que el Coyote sacó todo el mobiliario.

El Billy antes atractivo hombre de negocios que tuvo relaciones con muy populares damas del mineral, la Yani Lovin, la Emma Cadena, y tantas más aparte de las que ordenaba le trajeran de Arizona, terminó sus días casado con Anita Valenzuela, y aunque abrió un salón, se vio en la penosa necesidad el otrora todo poderoso dueño de la Canana Cattle Co, a pedir limosna en las calles de Douglas.

En cambio Rossina fue muy apreciada en el mineral al igual que su suegra Mary Proctor (segunda esposa de William C. Greene, hija adoptiva de Frank Proctor, socio del Coronel en los negocios de ganado y que a la postre se convirtiera en el administrador general de la “Cananea Cattle Company”, organizada en 1901).
Rossina mandaba hacer con tiempo mucha ropa para los niños pobres a los que por cientos les regalaba en Navidad, le pagó al juez cuando se casó don Marcos Álvarez y también el parto de su Marquitos su primer hijo. (TOMADO de www.sonoramagica.com)

 


Historia del cowboy y su forma de vestir

La forma de vestir de la gente del campo, tiene su influencia en EStados Unidos, de donde salió la ropa adecuada y fuerte para los rudos trabajos del campo.

Hasta el día de hoy vestir al estilo cowboy no solo sigue siendo la preferencia de todos quienes aman la vida del campo, sino que se ha convertido en un estilo muy sonorense de vestir a genial idea del pantalón vaquero no fue en realidad del judío Levi Strauss, que en sus inicios había formado una empresa que se encargaba de suministrar toldos y lonas para las carretas en las zonas mineras de California, coincidiendo con la fiebre del oro y la necesidad de productos relacionados con el abastecimiento de los mineros.

En 1872, Levi recibe una carta de un sastre de Nevada, Jacob Davis, quien era cliente de la firma, proponiéndole una idea revolucionaria, utilizar sus telas para la elaboración de unos pantalones resistentes que llevarían unos remaches metálicos en los remates de los bolsillos.

La falta de solvencia de Jacob le llevó a proponerle a Levi que ambos compartiesen la patente de este nuevo pantalón de trabajo todo terreno. Los primeros vaqueros se realizaron en dos modelos: algodón azul añil y marrón duck.

El empleo del denim, nombre tomado de la tela sourge de Nimes, más tarde transformado en su apócope De Nimes sería el paso siguiente, cuando Levi decidió sustituir la loneta por un tejido de sarga en algodón.

Utilizado exclusivamente por los hombres, fue en 1935 cuando la revista Vogue anuncia su invención y lo recupera para el mundo de la moda, siendo su impacto inmediato desde el primer momento.

La catapulta definitiva viene de la mano de la película West Side Story en donde sus personajes los lucen con una idea preconcebida de estilo urbano y rebelde.

Rebeldía que definitivamente se consagra en la imagen de James Dean y Marlon Brando, para pasar a ser un signo de igualdad entre hombres y mujeres, ricos y pobres, blancos y negros, haciendo del vaquero la prenda más democrática e igualitaria de todos los tiempos.

Hay pocos momentos en la historia de la moda desde entonces, en que los vaqueros se hayan relegado a una posición de inferioridad respecto a otras prendas, quizá durante algunos años en la década de los 80, para volver con nueva cara, adaptados por todos los diseñadores como prenda base en la que desarrollar su ingenio creativo, y haciendose eco de las nuevas tendencias en cuanto a talle más bajo, perneras estrechas, o siguiendo la linea ultra slim que hace que se estrechen pegandose prácticamente a las piernas como si de un leggin se tratase, haciendo un guiño a épocas pasadas y a estilismos que hoy vuelven con fuerza y que nos recuerdan a los chicos de Grease, musical en el que podemos ver como conviven dos de los looks de esta temporada el college para las niñas buenas y el roquero para las no tan buenas.

El uso del Levi´s en vaqueros y vaqueritas

La moda vaquera no tiene edad porque rejuvenece, ¿quién no ha lucido un pantalón o una falda de mezclilla, un precioso sombrero de junco o unas botas?

Sin duda, es una de las tendencias preferidas, sobre todo en las Ferias y Expos ganaderas de verano.
Las prendas de este estilo se combinan fácilmente, por ello no pueden faltar en su guardarropa.
Los clásicos jeans son las estrellas de la pasarela a nivel mundial por su versatilidad y son la pieza del ropero más abundante en el mundo.

Diana Aguilar, de tiendas Handal, explica que la clave está en sus múltiples usos y su capacidad de adaptarse a distintas ocasiones.

“No hay reglas de lugar ni momento para lucir unos jeans, sirven tanto para ir al campo como para deslumbrar en la discoteca”, agrega.

Con algunos accesorios o aplicaciones puede darles un aire étnico, hippie, roquero, formal o romántico; recuerde que el pantalón de mezclilla jamás pasará de moda.

Otra opción son los de color negro con detalles en dorado que iluminan y le dan un toque juvenil; combínelos con sandalias bajas si la salida es durante el día, o con botas, para verse más elegante.
Para que se le vean más caderas elija un pantalón con bolsillos chicos en la parte posterior y si está desgastado, acentuará sus glúteos.

Encontrará modelos rectos, ajustados, holgados, a la cadera, de pierna estrecha, rasgados o rotos en las rodillas, deshilachados, bordados, con incrustaciones, parches cordones, flecos, remaches, bolsas traseras bordadas y de mezclilla deslavada, teñida y combinada con otros textiles o cuero.

El uso de la mezclilla no sólo se reduce a los jeans, también hay tops, corsés, faldas, minifaldas, shorts, vestidos, blusas, chaquetas, gorros y bolsos de esta tela.

 


LAS CONCHAS AZULES

POR HERBERT EUGENE BOLTON

Fuera de la granjería de almas en la Pimería, una de las preocupaciones más insistentes para Kino, después de 1699, fue el descubrimiento de un camino por tierra a California. Desde los días de Cortés y de Cabrillo, habían corrido muchas diferentes ideas con respecto a la geografía de aquel país, que unos miraban como península y otros como isla.

En la Universidad de Ingolstaldt el P. Aygentler le había enseñado a Kino que era Península y en esta firme creencia había éste venido a la América; pero cediendo a la opinión corriente y a algunas obervaciones propias, había dejado la idea y aun en 1698 escribía de California como de “la más grande isla del mundo”. Empero, durante su viaje de 1699 al Gila ocurrió un incidente que le hizo tornar a su primera teoría de península.

Fue el regalo, en la junta del río Yuma, de unas conchas azules como las que había visto en 1685 en la costa del Pacífico de California y sólo allí. Si las conchas habían venido
a manos de los Yumas del mar del Sur, discurría, debe haber una comunicación por tierra a California y al Océano por el país de los Yumas.

Acababa Kino de suspender la construcción del barco que había emprendido en Caborca y Dolores para la navegación del Golfo. Dirigió ahora todos sus esfuerzos a averiguar la procedencia de las famosas conchas.

Hizo para ello en 1700 el viaje a San Javier y allí convocó indios de cien millas a la redonda y en “largas pláticas nocturnas” supo que sólo del mar del Sur podían conseguirse
las conchas azules.

Fué este convencimiento la inspiración de sus siguientes viajes. El propio año de 1700 llegó a la junta del Yuma y supo que estaba a poca distancia de la punta del golfo, lo que confirmó su idea… de la península. El año siguiente volvió al mismo sitio por el Camino del Diablo “siguió un tanto el curso del Colorado y pasó al lado de California sentado en un canasto remolcado por una balsa.

Finalmente en 1702 logró triunfar, volviendo a la junta del Yuma, bajando el Colorado hasta el golfo y vio salir el sol en su extremidad. Sitisfecho de haber demostrado la posibilidad de un paso por tierra a California, desechó la idea de ser la California una isla y escribrió en son de triunfo: “California no es isla sino península”.
Para juzgar en su verdadero mérito esta azaña, hemos de recordar los escasos medios de que disponía y la poca ayuda de los que lo acompañaban. No lo animaban ni le guardaban las espaldas centenares de jinetes, ni gran acompañamiento de indios amigos, como sucedió con De Soto y Coronado. Al contrario, axcepto en dos ocasiones, fue casi, sin soldados y más de una vez sin un solo blanco.

En expedición que hizo al Gila en 1697 le acompañó el Lugarteniente Manje y el Capitan Bernal con 22 soldados. En 1701 fue Manje con diez. Las otras veces sólo iban con él
Manje o el capitán Carrasco. Una vez fué el P. Gilg con Manje; otra, dos sacerdotes con dos particulares. En su última gran exploración al Gila había un sólo blanco en la comitiva, en las de 1694, 1700 y penetró al Gila sin más alma viviente que sus indios.

Pero solía ir bien provisto de caballos y mulas de sus ranchos llevando a veces hasta 50, 60, 80, 90, 105 y aun 130 cabeza, parte para servir de posta y parte para dejarlos en pueblos de indios como núcleo de cría, para sostenimiento de alguna nueva misión que tenía en la mente.

 


EL RINCÓN DE GUADALUPE

Un encuentro con Diós en las montañas.

POR IGNACIO LAGARDA L.


Siempre quise conocer el Rincón de Guadalupe. Escuché hablar de ese lugar siendo apenas un niño, cuando en 1967, el inolvidable obispo de Sonora Juan Fortino Navarrete y Guerrero llegó a San Bernardo, el pueblo donde nací, para confirmar a cuanto adolescente de la comarca fuera posible.
Durante su visita, el obispo se instaló en casa de mi abuela, donde fue atendido con las mejores viandas, manteles y ropa de cama. Recuerdo que, para honrar a tan ilustre visitante, mis tías seleccionaron las gallinas más gordas del corral, que luego cocinaron en un horno de leña, acompañadas de sopa de arroz.

Cuando el obispo se fue, después de haber cumplido con el ritual de su visita, mi madre nos contó la historia de aquel sacerdote heroico. Nos dijo que siendo joven, por allá en los años treinta, el hombre había permanecido huyendo como guerrillero por la sierra de Sonora, escondiéndose de la implacable persecución religiosa del gobierno revolucionario de aquellos años. Había vivido en ranchos abandonados, montes al descubierto y cuevas de la sierra, por cierto, una de ellas muy famosa, a la que bautizó como Los Ciriales, porque cuando el ejército la encontró, la quemó con todo y lo que había en ella, salvándose solamente el sacerdote y sus seguidores, porque lograron escapar unas cuantas horas antes de que los soldados llegaran.

Durante todo ese tiempo, el obispo se hizo acompañar por sus fieles sacerdotes y un grupo de jóvenes seminaristas, a quienes, a salto de mata, enseñaba y formaba como sacerdotes, dándose el lujo de ordenar a dos de ellos, allá en lo alto de las montañas.

Cuando la persecución cesó en 1937, el obispo pudo regresar a Hermosillo, retomar la sede episcopal y refundar el Seminario Conciliar en un predio localizado junto al río Sonora llamado La Parcela.
Para 1944, cuando el Seminario La Parcela funcionaba con toda normalidad y la población de estudiantes ya llegaba a los cincuenta seminaristas, el obispo pensó que era necesario que los jóvenes contaran con un lugar cómodo donde pasar las vacaciones de verano, en otro ambiente, alejados del intenso calor hermosillense, donde pudieran disfrutar del clima, enfrentar la naturaleza, hacer ejercicios de integración comunal, trabajo físico, lecturas, meditación y reflexión en la soledad, para prepararse para su futura vida sacerdotal.

Para lograr su propósito, el obispo le pidió al padre Jesús Noriega Trujillo que le consiguiera un lugar localizado entre los pinos en la sierra alta de Sonora, donde pudiera construir aquel lugar de retiro.
El padre Noriega, a quien desde sus tiempos en el Seminario apodaban <El Coyote>, por su conducta montaraz, era originario de Huásabas y había sido uno de los antiguos alumnos que acompañó al obispo durante la persecución y que por ésos años ejercía como párroco de la iglesia de San Isidro Labrador, en Granados.

El padre Noriega acostumbraba a salir sólo de cacería por la sierra, cargando únicamente un rifle y una bolsa de sal. Sobrevivía durante días en los bosques de las cordilleras de la sierra viviendo exclusivamente de lo que cazaba y recolectaba. Conocía cada rincón de las montañas como la palma de sus manos, pues la había recorrido por años acompañando a su obispo y en 1935 anduvo por la sierra encabezando a un grupo de militantes cristeros.

Así fue como murió en 1968, en una de sus correrías por el rumbo del rancho Pinos Altos, al este de Nácori Chico. De pronto, al pié de un enorme peñasco, sintió los inequívocos dolores de un infarto, se recostó como pudo bajo un encino y soltó tres tiros de su rifle, pensando que los escucharían los vaqueros desde el rancho, se tomó unas pastillas para sus males del corazón y se quedó esperando serenamente la llegada de la muerte. Lo encontraron tres días después en estado incorrupto.

Tres meses más tarde de que el obispo le pidiera un lugar para construir su refugio veraniego, Noriega le informó que había encontrado una cañada arriba del rancho Agua Nueva, con un aguaje perenne que no se secaba ni en los peores días de la temporada de secas, donde también había un arroyo cercano que formaba un enorme <bacerán>, donde los muchachos podrían practicar la natación en aguas naturales.
El 14 de mayo de 1945, veinticinco jóvenes seminaristas, acompañados por su obispo, emprendieron el viaje rumbo a la sierra, montados en un <troque> de redilas, para pasar el verano construyendo su refugio veraniego en aquel lugar prodigioso que El Coyote había conseguido. Después de un largo y penoso viaje, llegaron al anochecer a Granados, donde fueron recibidos y acogidos en las casas de los lugareños y apenas a tiempo para encabezar los festejos del santo de los agricultores.

El día siguiente, lo dedicaron a festejar el día del santo patrono de Granados con misas y festividades diversas.

El 16 de mayo en la madrugada, todos los seminaristas a pie, cargando en sus espaldas y en mulas las provisiones, arreos y herramientas de construcción, emprendieron la subida de la sierra rumbo a Bacadéhuachi, a donde llegaron al pardear la tarde.

La madrugada del 17 de mayo, guiados por el padre Noriega, los muchachos siguieron su camino adentrándose por los cordones de la sierra en los terrenos del rancho Agua Nueva, hasta llegar al atardecer a aquel paradisíaco lugar perdido entre las montañas.

Antes de empezar los trabajos, el obispo Navarrete convocó a los seminaristas a ponerle nombre al paradisíaco lugar y Antonio Magallanes Márquez, un ferviente devoto guadalupano, propuso el nombre de El Rincón de Guadalupe, que fue aprobado por unanimidad.

Los estudiantes pasaron cuatro meses de aquel año nivelando el terreno, haciendo adobes, aserrando madera o elaborando tabletas para los techos de las edificaciones. Mientras las casas estaban listas para ser ocupadas, los muchachos construyeron una especie de trincheras para soldados, que rellenaban con ramas de pino que les servían de colchón y para mitigar el frío durante las noches.

Construyeron dos enormes dormitorios con una capilla al centro, un horno para panadería, cocina, comedor, despensa, cuarto para el obispo, cuarto de visitas y, en el segundo piso, la biblioteca. También construyeron talleres de mecánica, talabartería, carpintería, imprenta, encuadernación y un telar.

Con unos tubos galvanizados que confiscaron de una mina abandonada, construyeron un acueducto desde al aguaje para abastecer de agua a todo el complejo. Plantaron árboles de manzana, peras, duraznos y ciruelos.

La comida les llegaba en burros desde Granados y cuando no la tenían a tiempo recolectaban lo que podían para alimentarse, o Porfirio, un indio que acompañó al obispo durante la persecución, cazaba un venado o un guajolote y los asaban y comían únicamente con sal.

El obispo comisionó al seminarista Pedro Villegas hacerse cargo el sólo de la construcción de los corrales con postes de encino bellotero. Él mismo salía a las laderas de las montañas, tumbaba con el hacha el árbol, aserraba los postes y a lomo los acarreaba hasta el lugar donde enterrarlos. A los tres días, los hombros ya los tenía ensangrentados.

Pero no todo era sufrimiento en aquel lugar. En su día de descanso, los jóvenes pasaban el día recorriendo las veredas de la sierra reconociendo el territorio y nadando en aquel hermoso <bacerán> de aguas cristalinas, al que bautizaron con el nombre de la alberca semiolímpica.

A los estudiantes, aquellos meses les dejaron muy buenos recuerdos. Comprendían el esfuerzo como parte de la formación y lo gozaban a plenitud y, además, aquellos meses sirvieron como una criba entre los estudiantes: los que no aguantaron el esfuerzo, <tronaron>, a algunos los bajaron en parihuela, enfermos y agotados, y nunca más volvieron.

Aquello era como una especie de formación militar, en la que Navarrete los sometía a la disciplina del cuerpo y del espíritu. Todo era parte de la formación ignaciana que él había conocido en Roma y que quería transmitir a sus alumnos.

Finalmente, en octubre de 1946 las instalaciones quedaron terminadas y a partir de entonces, todos los veranos, los estudiantes del Seminario Conciliar viajaban hasta aquel paradisíaco lugar a recibir una buena dosis de formación física y espiritual.

El Rincón de Guadalupe fue utilizado por muchos años como el retiro veraniego obligatorio de los seminaristas, pero hoy en día ya no forma parte de ese proceso de formación sacerdotal.

Actualmente, el Rincón de Guadalupe sigue siendo administrado por la Arquidiócesis de Hermosillo, se encuentra resguardado por un vaquero, pero los árboles frutales envejecieron y ya dejaron de producir y regularmente es utilizado por grupos de feligreses que viajan al lugar en plan de vacaciones o retiros espirituales. Desgraciadamente, algunos otros lo utilizan como campamento en sus viajes de aventura en <cuatrimotos> por la sierra y lo depredan indiscriminadamente.

El rancho se encuentra algo deteriorado y parece que nadie ha mostrado interés en conservar tan importante sitio histórico, no solo para la iglesia de Sonora sino para la historia del estado en general.
En estos días en que me encuentro escribiendo un libro sobre la vida de uno de aquellos seminaristas que trabajaron en su construcción, el deseo de conocer el rancho se convirtió en una necesidad de trabajo.

 


Presa del Oviachic “Alvaro Obregón”

A pocos kilómetros de Ciudad Obregçon, con rumbo a la Presa del Oviachic “Alvaro Obregón”, tanto en sus inmendaciones como en sus extenciones en el dique 10, arroyos y rios  podemos disfrutan de un sinnumero de lugares de esparcimiento:

Siga usted la flecha de la ruta y verá que encantos tiene el municipio de Cajeme.

Le recomendamos especialmente la presa en donde el paisaje es único.

Inauguracion 

December 3, 2008

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A la par que se renovaba la legislación, se iniciaba con fuerza el desarrollo económico del sur de Sonora con la construcción de la presa Oviáchic. El presidente de la República, Lic. Miguel Alemán, visitó con ese motivo la región, acompañado por el Ing. Adolfo Oribe Alba, secretario de Recursos Hidráulicos, y el Gral. Abelardo L. Rodríguez, gobernador con licencia, que aparecen a su derecha e izquierda, respectivamente.

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Presa Alvaro Obregon (Oviachic)

December 2, 2008

La Presa ” General Alvaro Obregón” también llamada Presa del “Oviachic”, nombre que toma del lugar en donde se encuentra enclavada, inicia su construcción en el año de 1947 concluyendo en 1952, siendo su primer almacenamiento en Julio del mismo año. Se encuentra ubicada a 45 Km. al norte del Municipio de Cajeme en los paralelos 28C y 29C de latitud norte y los meridianos 10C y 110C de longitud Oeste.

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La cortina cuenta con una elevación de 57.10 m desde el lecho del Río Yaqui, y una longitud de 1457 m. Tiene una superficie de 20,500 has. y una capacidad de almacenamiento de 3226 millones de metros cúbicos; forma parte de la cuenca del Río Yaqui, es la Presa más grande de nuestro estado y la tercera en ubicación dentro de dicha cuenca De la Presa del Oviachic se deriva una red de 2760 Km. de canales principales y secundarios que irrigan 272,000 has. de superficie en los Valles del Yaqui y Mayo siendo una de las infraestructuras hidráulicas más importantes del país.

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La formación geológica de este lugar es de roca basáltica, pero en el lecho cuenta con una capa de material de acarreo de 30m de espesor, la cortina es de tierra con materiales graduados, la corona tiene 10m de ancho y una elevación de 115.10m , con una longitud de 1457m; la altura máxima es de 57m desde el lecho del río y 90 m desde el desplante de la cimentación, la anchura de la base alcanza hasta un máximo de 360m.

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Durante las últimas décadas esta obra hidráulica ha venido a formar parte de las principales y más visitados destinos turísticos de nuestra región. Gracias a sus bellezas naturales y grandes posibilidades de realizar cualquier actividad acuática, por esto es el lugar preferido por los nativos y turistas que convergen a nuestra región.

 

 


Las planchas de plata o La Arizona

El  estado vecino fué llamado así después que el pueblo, hace más de dos siglos la Arizona fué un centro minero en una de las fronteras mas escabrosas del imperio Español, al principio fue el punto principal de un rico descubrimiento de plata que se inmortalizó como una legendaria mina perdida e identificando a Arizona como sinónimo de mucha riqueza, pero ahora el sitio está olvidado y casi no aparece en la mayoría de los mapas.

La Arizona fue fundada en 1730 como el pueblo y Real de Arizona, el nombre se deriba de la palabra Pima Arizoriac que significa “aguajito”; el oído español pronto rehusó pronunciar la última C, y así fue como ha seguido llamándose hasta hoy.

El pueblo estaba en territorio Pima del noroeste de Sonora, donde había poca colonización, los únicos europeos en ese tiempo eran soldados y sacerdotes jesuitas desparramados en cuarteles y misiones establecidas a fines del siglo 16 y a principios del 17, por el Padre Kino.

Permaneció siendo un pueblito sin importancia hasta octubre de 1736, cuando un yaqui Antonio Siraumca descubrió enormes trozos de mineral de plata en un cañón unas cuantas millas; al noroeste del pueblito, encontró un pedazo que pesaba como 12 arrobas, unas 300 libras, muchos gambusinos del pueblo se desbandaron al cañon, la mayoría sólo encontró pequeños pedazos diseminados; sólo uno, Domingo Asmendi localizó un pedazo de 275 libras casi tan grande como el del yaqui, otro Juan Fermin de Almazán tuvo la increible suerte de encontrar una pieza que pesó 2500 libras.
El placer pronto se conoció como planchas o bolas de plata.

De acuerdo con descripciones contemporáneas el mineral era blando y de aspecto ceroso lo que indica que era cerargyrita o cloruro de plata.
Las autoridades españolas, estaban confundidas pues comprendieron que no estaban familiarizadas con el cloruro de plata en su estado natural, la conocían como un producto de proceso de patio y refinación de plata, una técnica que consistía en mezclar mineral que contenía argentina con sal para formar cloruro de plata.
De esa manera era fácil purificarlo por amalgamiento; eso condujo a la creencia que el depósito no era un yacimiento virgen sino mineral que había sido parcialmente refinado por otros mineros indios o españoles.
La plata era como de un entierro, no un prospecto minero, pertenecía enteramente al rey de España.
Tal suposición fue fuertemente apoyada por el padre José Toral y otros jesuitas de las misiones, los frailes parecían menos preocupados en enriquecer el tesoro real pues sabían que un descubrimiento afectaría sus esfuerzos de convertir a los indios al cristianismo.

El oficial de rango español en el noroeste de Sonora en ese tiempo era el capián Juan Bautista de Anza, comandante del Presidio. El mineral habían sido extraído antes de su llegada, después de eso sólo se sacaron unas 350 a 300 libras.

Sin embargo bajo la presión de los jesuitas trató de gravar a los gambusinos tanto como pudo, los mineros de Arizona se irritaron y desanimaron por las leyes de España; esperaban pagar un impuesto del 20%, el así llamado Real V sobre el valor de cualquier metal precioso que trabajaran.
De ese modo podían reservarse el 80% pero, considerándolo como un tesoro solamente obtendrían una prima que podía ser tan poquito como el 5% y en ningún caso excedería el 50% la propiedad de las planchas que discutida en la corte por más de un año y medio.

Finalmente en julio de 1738 Juan Antonio Vizarrón y Egiarreta Virrey de México resolvió que la plata de verdad era un tesoro y por lo tanto pertenecía al Rey.
El Virrey probablemente fue influenciado por el padre Toral y sus seguidores porque además de
servir de representante personal del Rey en México, el Virrey también era Arzobispo de la Capital de México, esa responsabilidad admitiría ser simpatizante de los argumentos de los jesuitas.

Los reportes de la controversia y la resolución del Virrey fueron enviados a España para que los aprobara el Rey Felipe V. Pasarían 3 años para que “su majestad” hiciera un informe sobre el tema cuando lo hizo fue como una bomba en mayo de 1741, emitió un decreto no sólo afirmando sus derechos a las planchas sino reclamando como real propiedad todo el distrito minero de la Arizona.

El rey estableció que las planchas habían sumado unas 4033 libras poco menos que lo que Anza estimara y año y medio. Pero el hallazgo de Domingo Arizmendí por una particular atención de 275 libras quizo como un curiosidad natural que el mineral fuera presentado a él. El Rey Felipe aparentemente creyó, el mineral era una forma embriócnica de plata, concluyendo por decreto declarar el área de la Arizona como un criadero y ordena que se trabajará por cuenta Real.

Los efectos de esta decisión fueron desatrosos, el Rey había cerrado el Distrito a los gambusinos sin ofrecerles un incentivo práctico para trabajar los depositos por ser propiedad real, debido a eso ya no había razón para que la gente permaneciera en el pueblo y pronto fue abandonado convirtiéndose en uno de los primeros pueblos fantasmas del oeste.

Si, Arizona había muerto, la historia de las planchas siguió, parece que nadie prestó atención al reporte de Anza que consistía en afirmar que la flota se había terminado.
Para los españoles y después para los mexicanos y americanos las planchas de plata se volvieron una mina perdida fabulosa que con el repetir de la historia se hacían más y más grandes.

En las siguientes décadas se intentó relacionar las planchas y hasta se hicieron prospectos en el distrito, sin embargo fue hasta 1870, medio siglo después de la Independencia de México que algunos colonos llegaron de nuevo a la Arizona atraidos por otro yacimiento de plata al sureste del pueblo original donde se estableció una mina llamada las planchas de plata, aunque no estaba cerca del primer yacimiento ni se encontraron planchas de 300 a 25000 libras.

De la fama de la Arizona y su riqueza imperó la adopción de su nombre para así llamar a un territorio porque quedaba al norte, fue de buen agüero para el después Estado de Arizona que probaría ser rico en recursos minerales. Hoy en día el pueblo de Arizona es un ejido, unos cuantos escombros de adobe y un cementerio es lo único que queda de lo que fuera Real y Pueblo.

 


LA GRUTA DEL TABACO

Por: Enrique Ramírez López

Pasaje Histórico Juarista

Saliendo de la Ciudad de Torreón, Coah., hacia el este, por la carretera federal numero 40 que va de Saltillo, a treinta kilómetros se encuentra Matamoros, cabecera del municipio del mismo nombre; y once kilómetros adelante, entronca a dicha carretera la cinta asfáltica que concluye en la Gruta del Tabaco a siete kilómetros al norte.

 

Un alargado macizo de piedra, llamado sierra Texas, se alza de este a oeste entre la esteparia Comarca Lagunera; serranía conocida anteriormente como Cerro del Tabaco. Lo de Tabaco, al parecer, surgió porque en el siglo XIX esa zona de la Laguna presentaba condiciones propicias para el cultivo del tabaco cimarrón.

Al pie del cerro, frente a la entrada de la gruta, de un momento de base circular, se desprenden hacia el infinito cuatro columnas de concreto de aproximadamente ocho metros de alto por metro y medio de ancho que, como celosos guardianes, reciben al visitante. La columna de la derecha, al este y próxima a la entrada de la cueva ostenta el siguiente texto: “EN ESTE LUGAR SE OCULTARON DESDE 1864 HASTA LA RESTAURACION DE LA REPUBLICA LOS ARCHIVOS DE LA NACION. LOOR Y GLORIA A LOS PATRIOTAS CAMPESINOS LAGUNEROS QUE OFRENDARON EL SACRIFICIO DE SUS VIDAS EN LA CUSTODIA DE LOS ARCHIVOS DE LA NACION Y CON LEALTAD LUCHARON CON JUAREZ POR LA LIBERTAD”. En la columna de la izquierda, hacia el oeste y también cerca de la puerta de la caverna, se destacan los nombres de las 22 personas que intervinieron en el secreto de los archivos.

La lista la encabeza el general Jesús González Herrera, seguido por el de Don Juan de la Cruz Borrego, luego el coronel Darío López Orduño; Pablo y Manuel Arreguín; Marino Ortíz; Julián Argumedo; Angel, Vicente, Cecilio y Andrés Ramírez; Diego de los Santos; Epifanio, Ignacio, Telésforo y Jerónimo Reyes; Mateo Guillen; Francisco, Julián y Guillermo Caro; Guadalupe Sarmiento y Jerónimo Salazar”.

¿Pero qué fue lo que sucedió?

Se dice que el 4 de septiembre de 1864, los vecinos del rancho El Gatuño (Hoy Congregación Hidalgo), esperaban impacientes la llegada del señor Presidente de la república; según les había enterado el general Jesús González Herrera, jefe militar republicano en la región y que había llegado al amanecer de Viesca, donde platico hasta la madrugada con Juárez y se adelanto a la caravana de la Dignidad para organizar la recepción a tan ilustre visitante.

El general González Herrera les había informado a los lugareños que a media mañana llegaría la partida, sin embargo, el sol acariciaba ya el cenit y nada aparecería por el árido y vasto horizonte del este. De pronto surgió al fondo de la llanura, una pequeña columna de polvo, que por falta de aire, perezosa se elevaba al cielo; su diámetro se iba ensanchando cada vez mas a medida que se prodigaba en el firmamento. Ya entrada la tarde se comenzaron a distinguir entre la polvareda, un grupo de jinetes montando polveados corceles tras ellos, el carruaje en el que viajaban el señor Presidente y su comitiva. Seguidos por una larga fila de carretas de cuatro ejes tiradas por bueyes y hasta el final, otro contingente de jinetes y mulas de carga. La columna se desplazaba muy lentamente.

Al llegar a donde se encontraban los lugareños, Juárez bajo del carruaje seguido por sus acompañantes y saludaron de mano a cada uno de los presentes. Posteriormente don Benito tomó del brazo al general Herrera y, al apartarlo del grupo le comentó que: Había decidido dejar el archivo escogido en la región para agilizar el avance de la caravana; que necesitaba un hombre de absoluta confianza y patriota, para encomendarle la misión; porque como ya le había dicho en Viesca, él, el general Herrera, lo acompañaría por la cuenca del río Nazas para que le mostrara la situación política que conservaba la gente río arriba”. El general propuso de inmediato que tenía al hombre indicado, don Juan de la Cruz Borrego, el dueño del rancho La Soledad; que no estaba allí porque no le alcanzó el tiempo para avisarle, pero que enviaría por el, que no estaba lejos el rancho. Juárez inmediatamente ordenó que las once carreteras que llevaban el archivo, se quedarían en el lugar junto con los toros y, las carreteras de logística serían tiradas por caballos y mulas en lugar de los bovinos.

Llegó don Juan de la Cruz y junto con el general González entraron hasta donde descansaba el patricio después de haber comido, quien de inmediato, después de la presentación se dirigió a don Juan con mucha confianza. Juárez, que siempre demostró un sentido muy especial para detectar a los hombres valiosos, le explico el plan; agregando que aquello sería solo por unos quince días, que, de alguna manera le indicaría, donde y a quien debería entregar la documentación. Por su parte don Juan le aseguro que: “Reclutaría pura gente de confianza para cumplir con el encargo y si alguno o varios flaquearan, tendrían que morir, pero que no le fallaría”.

Juárez salió de la casa flanqueando por el general González y don Juan de la Cruz Borrego. Como para entonces ya se había cumplido las ordenes del señor Presidente sobre la modificación de la recua, se despidieron de todos y reanudaron la marcha hacia el noroeste. En Matamoros, el general González Herrera, con la anuencia de Juárez, nombro al coronel Darío López Orduña como jefe militar republicano en la zona, instruyéndole que se coordina con Don Juan de la Cruz en la custodia de los archivos.

La misma noche del 4 de septiembre de 1864, don Juan de la Cruz y 19 campesinos de la región, llevaron el archivo hasta una grieta que se abría en una cañada del cerro del Tabaco; acomodaron las cajas y las cubrieron con maleza, regresando las carretas al rancho La Soledad. Antes del amanecer habían borrado, con ramas, las rodadas de las carretas y comenzaron a montar guardia las 24 horas a la entrada del cañón.

Pasados los quince días que Juárez había señalado para instruir a don Juan sobre el destino del archivo, la zona fue invadida por las fuerzas imperiales, quienes buscaban afanosamente la documentación, sabían que habían salido de Visca las carretas donde venia pero que no habían llegado a la Hacienda Santa Rosa (Hoy Gómez Palacios Dgo.) por lo que tenían que haberse quedado en la región. Por lo anterior, aunque hubieran recibido la orden de mudarlos, no habían podido hacerlo a causa de los militares franceses que, inexplicablemente, parecía interesarles mas el archivo que Juárez, quien todavía para el 22 de Septiembre, se encontraba en Nazas, porque esa fecha escribió una carta a doña Margarita desde esa población. Seguramente don Benito deseaba conocer el desenlace de la batalla de Majoma, donde obtuvieron el triunfo los imperialistas y Juárez tuvo que abandonar el Estado y replegarse a Chihuahua; su éxodo lo llevo hasta Paso del Norte (Hoy Ciudad Juárez, Chih.).

Mientras y, dadas las circunstancias, don Juan de la Cruz y el coronel Darío López, decidieron mudar el archivo a otro sitio para protegerlo de la lluvia, se acercaba la temporada de lluvias del otoño y donde se encontraba no había seguridad de su resguardo para tal contingencia. Don Juan sugirió, que tiempo atrás conoció una cueva y parecía no haber tenido visitantes durante muchos años y que como la mayor parte de los lugareños estaban recién llegados a la comarca, seguramente ni la conocerían, que ahí estaría debidamente protegido de la lluvia. El plan fue aceptado y se puso en marcha. Noche tras noche, como hormiguitas, desplazaron en hombros las cajas a la cueva de los Murciélagos, hoy del Tabaco. Cuando terminaron, disimularon bien la entrada con piedras y cactos. Borraron las huellas que dejaron en la trocha por donde transitaron. A partir de esa fecha, la vigilancia se realizaría de arriba del cerro; quien estuviera de guardia tenia la consigna de que, si se detectaba algo sospechoso, bajaría al rancho la Soledad a informar a don Juan de la Cruz, quien a su vez, localizarían de inmediato al coronel López Orduña y entre ambos decidirían que hacer. Hubo necesidad de incinerar las carretas y sepultar los despojos de hierro en algunas casas. Los bueyes fueron dispersados en la sabana entre el ganado local.

Toribio Regalado Rosales, había sido caporal de don Leonardo Zuloaga, terrateniente dueño de esa área lagunera donde se encuentran Matamoros, Congregación Hidalgo y Viesca. Toribio que, posiblemente en ese entonces andaba sin trabajo fijo, porque aparte de jornalero se alquilaba como matón a sueldo. Este torvo individuo fue convencido por la jefatura del ejercito imperial, de que en el archivo no solo había documentos, sino que había barras de oro y moneda de cuño legal y que si encontraba el archivo, el oro y el dinero serian para el, y que además: el emperador se lo llevaría a México y le compensaría con un cargo importante dentro del gobierno imperial. Ambición y codicia se apoderaron del matón individuo, quien se consiguió un compañero, cuyo nombre era Máximo Campos y se dedicaron a rastrear el archivo.

Regalado y compañero supieron que, posiblemente, los hermanos Arreguín, Manuel y Pablo, así como Marino Ortíz, pudieran estar involucrados en al cuestión del archivo. Los secuestraron y en el monte los torturaron. Primero a uno de los hermanos frente al otro, pero como no hablo, lo mataron y posteriormente liquidaron al otro. A Marino Ortíz le quitaron la piel de la planta de los pies y lo hicieron caminar sobre ardientes brasas hasta que el dolor acabo con su existencia. Después supieron que Jerónimo Salazar, pudiera saber algo sobre el asunto y fueron a su casa por él y lo sacaran sin que valieran las suplicas de su esposa e hijos. En un arroyo lejano de la población lo torturaron de varias maneras sin lograr que confesara, por lo que Regalado desenfundo su largo revolver y le disparo toda la carga; ese revolver resultaría importante para el año después. Todo se intento por encontrar los documentos, pero las pesquisas resultaron vanas. Se ofrecieron públicamente importantes cantidades de dinero a quien proporcionara una pista que condujera al sitio donde estaba el archivo. Hubo amenazas, otros interrogatorios, otras torturas, pero todo fue inútil; los que compartían el secreto nunca lo revelaron.

Tres años duró la patriótica labor de aquellos hombres, ocultando el archivo General de la Nación; tiempo en que ni un solo minuto dejó de vigilarse la puerta de la cueva. Hombres que vivieron día a día con la zozobra, la nieve, el frío, la lluvia, el calor y los constantes amagos de las fuerzas francesas, pero no claudicaron.

Una vez restaurada la república, don Juan recibió instrucciones de Juárez de entregar el archivo en San Luis Potosí; el mismo Benemérito se lo recibió y le regalo a don Juan de la Cruz una fotografía autografiada del señor Presidente; no había con que pagar sus servicios a la patria. Sin embargo, don Juan regresó satisfecho del deber cumplido. Murió de muerte natural el 25 de Julio de 1889. El general Jesús González Herrera, murió en una emboscada en 1876 en un lugar llamado La Concha.

El 21 de marzo de 1906, Benito Juárez Meza, hijo del patricio, vino a Congregación Hidalgo a celebrar el natalicio de su padre con los sobrevivientes del grupo. Dicen que comentó “que su papá los recordaba con cariño y proclamaba sentirse orgulloso de ellos. Para entonces ya solo vivían cuatro: Cecilio Ramírez, Epifanio, Ignacio y Telesforo Reyes.

“LOS HEROES LAGUNEROS OLVIDADOS POR LA HISTORIA”. La Frase anterior se aprecia por todos los rincones del Museo Juarista de Congregación Hidalgo, Coah. No obstante los lugareños pacientes, conservan con celo patrio: el monumento de la Cueva del Tabaco y la casa donde descansó y comió don Benito Juárez. En un monumento al prócer erguido en Matamoros se encuentran las cenizas de don Juan de la Cruz Borrego y las de Marino Ortíz.

Si los franceses hubieran encontrado el archivo General de la Nación y lo hubieran destruido, la historia de México hubiera quedado irremediablemente mutilada.


UN SITIO HISTORICO TARDIO EN LA COSTA DE SONORA

LA LADRILLERA

Al sur de Empalme, Sonora, se localiza un sitio histórico conocido en los alrededores como “La Ladrillera”.

Este ha sido visitado varias veces por los autores, y los resultados de la recolección de superficie así como la de la investigación en documentos están expuestos en este escrito.

Actualmente el sitio está casi destruido, conservándose solo restos de habitaciones y basura miscelánea. Lo que aún puede verse, son restos de unas 20 construcciones que parecen corresponder a otras, tantas habitaciones, la mayor parte de las cuales fueron construidas con ladrillos de forma rectangular y unos pocos semicirculares que formaron parte de columnas.

Cerca de la plaza en el extremo sur, en la parte superior de una loma arenosa, existe una cimentación hecha de piedras sueltas sin ninguna argamasa, colocadas en forma rectangular con medidas aproximadas de 4 X 8 metros; se nos ocurre dada su excelente posición dominante a la entrada de la Bahía de Guaymas y el estero de San José de Guaymas, que pudo haber funcionado como atalaya de vigilancia tal como otra construcción similar en el extremo norte del sitio, aunque cualquier interpretación más segura requiere mayor investigación futura.

Probablemente las cimentaciones de piedra sean restos de la primera ocupación del sitio, que después fueron sustituidos o complementados con las construcciones de ladrillo. Hay 3 más, en desorden, que no pueden ser interpretadas ni siquiera tentativamente, ya que por doquier los buscadores de tesoros enterrados han alterado la fisonomía de los restos.

Entre los objetos misceláneos más importantes vistos, podemos mencionar una piedra de tahona rota en 2 pedazos y otra entera semi-enterrada, sin terminar; fragmentos de metates, cuentas de vidrio facetadas de varios colores, botones, medallas y otros ornamentos como anillos, pendientes, crucifijos y mancuernillas. Los fragmentos de mayólica y botellas, material que es abundante en el lugar, son los que han proporcionado tras los análisis hechos en el Museo de la Universidad de Arizona, fechas que abarcan de 1780 a 1795 (Hayden, comunicación personal), (Waiters, comunicación personal).

Material histórico más tardío consiste en algunas monedas de cobre y fragmentos de las mismas que ostentan la fecha de 1835, originalmente acuñadas por corto tiempo en la casa de moneda de Hermosillo, tratándose de la malograda “emisión Santoyo”.

Fragmentos de lámina de cobre con huellas de cortes son una fuerte sugerencia para pensar que hubo gentes que se dedicaron a un negocio ilícito muy en boga en esos años, la falsificación de monedas de cuartilla de real. El caso no es único, puesto que hay antecedentes de otros lugares que fueron usados con igual propósito. (Robles 1971, E1 Nuevo Sonorense)

Revisando la documentación que tuvimos disponible y que pudiera dar luz sobre el origen y propósito del establecimiento en cuestión, se abrió la posibilidad de que haya sido en su principio una colonia Catalana de fines del siglo XVIII.


Las bases para tal hipótesis las consideramos fundamentales en cierta medida en las noticias relativas al descubrimiento de unas minas en el Cerro Blanco, frente al paraje “Tetas de Cabra”, (donde se ubica actualmente Nuevo Guaymas en la Bahía de San Carlos), por Don Juan Pujol y Masmitja, sargento de la compañía de voluntarios catalanes quien por tal motivo solicitó permiso al Rey de España para acudir con familias a la población de tierras y minas. El Rey vió con agrado tal proposición, y la Real Orden fue despachada con fecha 17 de Enero de 1777, dirigida a Don José de Galvez, Comandante General de Sonora (Ocaranza, 1939).

Hay una lista de las familias y pertrechos que llevó Pujol a Sonora, con excepción de una persona todas ellas Catalanas, que dentro de la corta extensión de este trabajo, no consideramos oportuno incluir. Había orden para que las autoridades de Sonora prestaran todo el apoyo a tal colonización y de hecho fueron apoyados por el Intendente Don Pedro Corbalán, Catalán de origen, y Don Pedro Fagés figura importante en la historia de California y Capitán de la Compañía Franca de Voluntarios en la que sirvió de sargento Pujol (Ocaranza, 1939).

El propósito de los catalanes no era tan solo la explotación minera sino también el cultivo del lino y del cáñamo. Hay informes del Gobernador Corbalán dirigidos al Virrey de la Nueva España, dando información sobre la llegada de las familias catalanas al puerto de Guaymas en Agosto de 1779 y de la posterior colonia que fundaron en la costa de Sonora (Sánchez Barba, 1957)
En apoyo a nuestra creencia de que tal colonia se puede identificar con el sitio del Cochori, tenemos en primer lugar las fechas del material recobrado que comprenden del 1780 a 1795, casi coincidentes con la llegada de los Catalanes a Guaymas. Muchas de las botellas identificadas como contenedoras de vino ostentan en su fondo la inscripción de “Vieux cogñac”. Estando Cataluña colindante con Francia y si la calidad de sus vinos se ha mantenido, eso explica para nosotros su presencia en el establecimiento en consideración. Igualmente, medallas conocidas del sitio tienen leyendas en francés.

Es posible que haya seguido habitado por Catalanes a principios del siglo XIX pero abandonado antes de 1827, puesto que en un documento de la época está mencionado el Cochori en su categoría de rancho como uno de los seis principales pertenecientes a la Parroquia de Guaymas (Riesgo, 1828)

Parece que la razón de su despoblación fuera debida a los alzamientos de los indios yaquis entre 1825 y 1832 cuando se subleva Juan Ignacio Juscamea, el tristemente célebre “Juan Banderas”, que dá como resultado el abandono o destrucción de pueblos, haciendas, ranchos y una total situación de caos en la región (Almada, 1952).

Realmente uno no puede dejar de pensar en ello al ver el estado de destrucción del establecimiento, como si hubiera sido arrasado hasta los cimientos por una horda de vándalos que solo dejó tras de sí, cenizas y muerte. Objetos ajenos a la cultura Europea y Mexicana que han sido encontrados entre las ruinas de lo que alguna vez fueron casas, tales como puntas de flecha de obsidiana y basalto, podrían ser explicadas de esa manera. Con referencia si posible destino de sus primeros hipotéticos pobladores los Catalanes, hay testimonios de que algunos de ellos echaron raíces en Sonora (Ocaranza, 1939)

Del Archivo de Documentos Históricos de Sonora, hemos extractado que en el Distrito de Guaymas se registraron en 1832 por José Encinas, 3 sitios de terreno ubicados en El Cochori. En 1834 existía la congregación del Cochori, y sus vecinos fueron consultados por el Gobierno del Estado para si querían su adjudicación. Aceptaron y se procedió a las medidas, avalúos y rematé en su favor, pero en 1835 por propuesta del Fiscal, se declaró nulo el asunto y no se dió ninguna resolución a su proposición.

Posteriormente, en 1838 José Encinas a través de su apoderado Francisco Aguilar, desistió también del denuncio de los tres sitios de terreno, y se registraron la totalidad a nombre de 20 vecinos de San José de Guaymas. (Títulos de Terrenos de Sonora y Sinaloa)

Gracias a la amabilidad del finado Doctor José Gómez García, de Guaymas ha llegado hasta nosotros a través del documento “Titulo de Merced de la Villa de San Fernando de Guaymas”, extendido por el Gobierno de Sonora en 1846, lo que podríamos llamar un resurgimiento del arrasado establecimiento. En las mediciones de los terrenos correspondientes a la Villa de San José de Guaymas, hay mención de las huertas del Cochori que quedaron bajo la jurisdicción de la mencionada Villa.

En resumen, creemos que hay evidencias para identificar tentativamente tal sitio, primero como Colonia Catalana, Cochori, luego como la Congregación del mismo nombre y, por último, volviendo a su anterior categoría de rancho. En 1851 José Ma. Carrazco, Comandante General del Estado, muere allí (Almada, 1952). La secuencia presentada, está sustentada en los estratos de la documentación que tuvimos a nuestro alcance.

BIBLIOGRAFIA

ALMADA, Francisco R.
1952, DICCIONARIO DE HISTORIA, GEOGRAFIA Y BIOGRAFIA SONORENSES, Imprenta de Ruiz Sandoval, Chihuahua, Chi.

ARCHIVO DE DOCUMENTOS HISTORICOS DE SONORA
1902, DISTRITO DE ALAMOS “LIBRO DE TITULOS DE TERRENOS DE SONORA Y SINALOA” .

ARCHIVO DE GUAYMAS
1937, TITULO DE MERCED DE LA VILLA DE SAN FERNANDO DE GUAYMAS EXTENDIDO POR EL GOBIERNO DE SONORA, 1846, Copia fotostática del original.

SANCHEZ BARBA, Mario Hernández.
1957, LA ULTIMA EXPANSION ESPAÑOLA EN AMERICA. Selecciones Gráficas, Madrid.

OCARANZA, Fernando.
1939, CRONICA Y RELACIONES DEL OCCIDENTE DE MEXICO. Tomo II, Antigua Librería Robledo de José Porrúa a hijos. México.

RIESGO, Juan M. y Antonio J. Valdéz
1828, MEMORIA ESTADISTICA DEL ESTADO DE OCCIDENTE. Documentos para la Historia de Sonora, Primera Serie, Tomo I, 18211834. Biblioteca Central UNISON.


LA AGUA FRÍA DE RAFAEL CAMOU

ESPLENDOR Y CAÍDA DE UNA GRAN HACIENDA

La solitaria travesía de Cucurpe a Sinoquipe en nada ha cambiado, el viento corre como si fueran aquellos días primaverales en que la pradera se ladeaba con tan altos pastizales.
Algo ha cambiado, eso es cierto, ya hay pavimento, pero han dejado de trabajar como antaño la tierra. Aprovechando un asunto en Baviácora

Partimos a eso de las seis de la mañana de un domingo y para las nueve ya estábamos desayunando un plato de rica cabeza en Baviácora, tierra de mis mayores.. A las dos de la tarde, luego de saludar a la parentela, emprendimos el viaje de regreso tomando en Sinoquipe el viejo y maltratado camino terracero, con el cual soñaban los lugareños algun día quedara pavimentado en su totalidad (finalmente se logró en el gobierno de Armando López Nogales).

Era temprano, por ello decidimos entrar a visitar al famoso rancho La Agua Fría ya que queda como a un kilómetro de la cinta asfaltada que habiamos tomado desde “el Babiso”, quedando atras el polvoriento camino terracero.

Dominan la sierra “El Calichi” que en tiempo pasado fue un buen mineral, dicen que arriba de esta sierra hay unos nacimientos de agua preciosos y por supuesto unos bosques con encinares estilo Canadá con unas hojas muy grandes.

Paramos enfrente de la solitaria casona. Se advierte que era una señora hacienda donde los arcos de ladrillo del edificio susbyugan, hay la cubre la leyenda de un gran entierro, pero esto como en todas las versiones sobre entierros, está por comprobarse.

Lo cierto que dicha historia no le quita el sueño a su actual propietario
Rene Camou (2001) quien sigue quitado de la vida transitando por las calle de la ciudad en su Ford de modelo retrasado y anchas llantas.

Pero vayamos al pasado, Don Rafael Camou, padre, miembro de una rancia familia pudiente del Valle de Magdalena, era el único propietario de un rancho ganadero, quizas de los mejores del Estado de Sonora, de una extension de 35 mil hectáreas en donde pastoreaban 40 mil cabezas de ganado, de la raza Hereford quiza más fino que el de la mismísima Compañía Ganadera de Cananea, de William C. Green, en opinión de don Roberto “Negro” Ríos.

El matrimonio formado por don Rafael y doña Lolita, procreó a tres varones: Raul, René y Rafael, pero fue este último el que sacó las dotes administrativas del padre, convirtiéndose en el mejor impulsor de este rancho modelo en la región norte de Sonora.

En la Agua Fría laboraban más de 15 vaqueros con sus familias, por lo que tenían una buena escuela. La iglesia era parte importante, pues don Rafael era muy dado a participar en eventos religiosos y de beneficencia, llegando a cultivar una buena amistad con el culto párroco don José Santos Sáenz y el Padre Luis Ma. Valencia, por ello cada año se realizaban retiros religiosos o paseos de estudiantes del Colegio Apostólico, a este rancho, que aun en el semiabandono en que se encuentra cuenta con buenas instalaciones.

Dos arroyos riegan las fértiles tierras que antaño se cultivaban, el Agua Fría y el Saracachi, que es afluente del Río San Miguel Alto o Cucurpe.

De Rafael Camou, hijo, o “Rafailito”, se dice que gran parte de su vida la pasó en la Agua Fría y le tenía tanto amor a la agricultura que adquirió los más modernos implementos, muchos de los cuales están prácticamente tirados o amontonados como fierro viejo por todos lados.

Solía decir que los “de apie” o sea los sembradores, nada tenían que hacer en el negocio de los “de a caballo” o sea los vaqueros, por lo tanto no estaban autorizados para cargar ganado, es decir “zapatero a tus zapatos”. Ademas sus órdenes eran cumplidas al pié de la letra y cuidado con el que las transgrediera.

Hoy en día (2001) la casona de recias paredes casi está de par en par, con la anuencia del velador de apellido Vargas, que por cierto es una tapia de sordo, pudiemos curiosear en cada cuarto que ahora son almacenes., uno de ellos era la tienda de Raya y están todavía ahí los anqueles y la ventanilla en donde pagaban a los vaqueros y labradores 50 centavos la jornada diaria, tal como lo dice un libro que desempolvamos con la fecha de 1905.

Aunque como afirma don Roberto “Negro” Ríos, conocido comerciante de Magdalena, la mejor época de La Agua Fría fue en los y años 40; era La Agua Fría un verdadero rancho, que daba gusto visitar aunque la llegada fuese penosa, pues tenía que tomarse el arroyo del Saracachi, llegar hasta una puerta en donde estaba una casa con familia, los niños de una casita salían a abrirla y a recibir alegremente su propina, luego seguir adelante entre bellos pastizales que hacían el deleite del Visitante.

Los vastos terrenos colindaban con ranchos muy prósperos como El Santo Domingo de don Arturo Morales y con el rancho El Oso Negro de don José “Pepe” Terán.
Pero con el tiempo, debido a discrepancias entre los hermanos, se fue fraccionando el terreno. Los Janos lo adquirió don Fernando “El Bichi” Padrés de Magdalena, también don Antonio “el Chito” Molina de Banámichi adquirió otro rancho y así hasta que finalmente el Agua Fría sucumbió como gran emporio ganadero que fue.

Colgado a la pared está un diploma que el Banco Ganadero y Agrícola en aquellos años de bonanza le entregó a don Rafael Camou Sr.; también lo reconoció con una medalla de oro como Consejero, la cual don Rafael y Doña Anita se las donaron al Patronato de las Antoninas del Asilo de Ancianos.San Antonio de Magdalena para que la rifaran y con los fondos construyeran el edificio que por muchos años tuvo esta institución por la calle Escobedo.

Hoy en día ya no hay necesidad de andar por el río, como ya dijimos a casi un kilómetro de la nueva carretera, está el casco de la hacienda, que por supuesto dado a su antiguedad y por la aureola que la coronó en sus días de gloria, hoy sólo impone ante tanta desolación.

Ya no se ve en los corrales o en las labores a aquel hombre alto de estatura administrando su rancho que tanta riqueza le dio gracias a su arduo trabajo y perfecta administración.
Don Rafaelito murió octagenario y fue sepultado en el panteón de Magdalena, pero con los años fue exhumado por la familia de su esposa, y descansa de Hermosillo.

 


ESTILO SONORENSE

EL GUSTO POR LAS BOTAS

Por Maclovio Osorio González

Ha Magdalena llegó de Chihuahua un hombre fiel representante del comerciante amable que con su estilo propio llevando siempre atuendo ranchero con elegancia  promociona su mercancía.

Cuando se le pone amor y esfuerzo al trabajo, no hay barrera que no se pueda derrumbar, aunque para ello haya que esforzarse y luchar tenazmente.

Esto ha sido el éxito para Don Arcenio Cruz López, el magnate de las botas vaqueras que en el estado, considerado como el mejor fabricante, con excelente calidad tanto en botas, zapatos, chamarras, cintos, hebillas, carteras elaboradas con pieles exóticas y naturales.

Todo empezó hace diez y siete años cuando Arcenio Cruz y familia, llegaron a esta ciudad y estableció un pequeño negocios de botas que alternaba con abarrotes, este ubicado por la calle Woolfolk oriente a solo unos cuantos pasos de la central de bomberos.

Posteriormente Don Arcenio, buscando tener un mejor local, mas céntrico en donde mostrar sus mercancías al publico se instaló en la esquina que conforman la Calle Allende y Escobedo, precisamente contra esquina de Bancomer.

Aquí por un buen tiempo estuvo ofreciendo sus mercancías y en especial las botas vaqueras, mismas que se fabrican en Chihuahua Chihuahua, por Samuel Cruz López, hermano de Don Arcenio.

El negocio pronto fue creció y para exponer los productos al público fue necesario rentar un local frente a la Plaza Juárez, en la equina de Obregón y Diana Laura Riojas de Colosio.

Para entonces las tiendas de botas vaqueras de Don Arcenio Cruz, se habían extendido a otros municipios tales como Nogales, Imuris, Santa Ana, Caborca, Altar, San Luís Río Colorado, Agua Prieta, Sonoita.

El Trébol, fue el nombre que le dio a esta cadena de tienda diseminada por el norte del estado, sin embargo Don Arcenio Cruz, al ver que para que un negocio tenga éxito debe ser atendido personalmente.

Ante esto y por falta de personal responsable decidió cerrar las tiendas de San Luís Río Colorado, Sonoita, Caborca, Altar, Agua Prieta, Santa Ana, dejando únicamente las sucursales de Nogales, Imuris y dos tiendas en Magdalena, actualmente en Obregón y Doctor Lanz y Obregón 401.

En entrevista para este medio Don Arcenio Cruz López, dijo, ha sido una lucha constante, el negocio tiene que salir adelante, para ello le hemos impreso todas las ganas para esto cuento con el decidido apoyo de mi familia.

Actualmente vendemos los sombreros tipo tejanos de las mejores marcas, las mejores chamarras de piel, el pantalón livis 501 que es el tradicional, las hebillas, cintos piteados, zapatos para trabajos sin embargo las botas Vaqueras estas se hacen al gusto del cliente, utilizando los mejores materiales.

Añadió no es fácil que los negocios sobrevivan ante la crisis actual, sin embargo nosotros cada día buscamos la manera de tener ventas para salir al frente a las necesidades del negocio.

En años anteriores en estas fechas hemos tenido venta de banqueta, especiales, promociones, sin embargo conciente que muchas veces la gente no puede comprar unas botas o un sombrero, nosotros le brindamos el sistema de apartado.

También le damos precios accesibles en nuestros artículos, esto le ha valido a Botas El Trébol, el slogan “Donde se viste de Pies a Cabeza”.

Aquí, expresó encuentras desde una hebilla hasta un traje Vaquero, y desde luego en diferentes estilos colores y tallas.

Don Arcenio Cruz López, indicó si bien es cierto que con esta crisis en que estamos no hay negocio que esté funcionando como es debido, “debemos sacar fuerzas, buscar el modo de llegar a los clientes pero sobre todo buscar el apoyo de nuestras familias”.

Todos juntos podemos librar esta situación por la que estamos atravesando.

 


ALTAR

ALTAR. EL DESIERTO TOMADO

El primer capítulo del Ulises criollo transcurre en Sásabe, Sonora, en el año de 1885. El padre de José Vasconcelos había sido enviado ahí como parte de un esfuerzo del gobierno mexicano para hacer frente a las “avanzadas del yankee”.


Pero el temor más fuerte, compartido por mexicanos y estadunidenses, eran los ataques apaches. Vale la pena retomar una de las escenas descritas: “Por el extremo de la derecha los mezquites se confundían con sus sombras. Acariciada por la luz, se plateaba la lejanía, y de pronto clamó una voz: ‘Vi lumbre de un cigarro y unas sombras por la noria…’.

Se alzaron todos de sus asientos, cundió la alarma y de boca en boca el grito aterido: ‘Los indios…; allí vienen los indios…’ ”. Vasconcelos recuerda el alboroto: los hombres se subieron a la azotea, y mientras sonaban los tiros, niños y mujeres rezaban La Magnífica. Luego bajaron los hombres: “Son contrabandistas —afirmaron—, y van ya de huida; ensillaremos para ir a perseguirlos”.  Natalia Mendoza Rockwell

Leído ahora, el relato adquiere un carácter casi inaugural: en medio del alboroto, los apaches se convirtieron en contrabandistas. Vasconcelos describe Sásabe como “menos que una aldea, un puerto en el desierto de Sonora”, y esta descripción nos sirve hoy.

A lo largo de la línea fronteriza que se extiende de Sásabe hacia el oeste se encuentran los lugares conocidos como “Las puertas de los pápagos”, donde tradicionalmente se negociaba la cooperación con habitantes de la reserva pápago para el cruce de mercancías y más recientemente para organizar el traslado de migrantes indocumentados.

Desde hace un par de años, varias de estas “entradas” —ubicadas en el mismo territorio que Vasconcelos describía como dominado por los apaches— están controladas por un grupo de narcotraficantes que cobra peaje a los polleros: 50 dólares por cada nacional y 100 por cada centroamericano que intente cruzar la frontera.
El desierto de Altar tiene un lugar más o menos marginal dentro del tráfico de drogas, sobre todo si se le compara con otros puntos de la frontera, pero se volvió en la última década uno de los lugares de paso más importantes para migrantes indocumentados.
Más que su importancia numérica, lo que hace interesante al desierto de Altar es que ahí se dan tal vez las formas más rudimentarias de contrabando de personas y mercancías. Los migrantes pagan mil 500 dólares por ser guiados en una caminata de tres días a través del desierto.
La droga, mayoritariamente marihuana, se cruza con frecuencia por grupos de 10 o 15 burreros que alternan traslados a caballo y a pie. Pero estos sistemas, precisamente por rudimentarios, implican una participación masiva de la población del lugar.

Dentro de la genealogía local de ataques de indios, contrabando, abigeato, balaceras y controles territoriales, el narcotráfico actual pretende legitimarse como continuidad y es criticado por otros como ruptura. En la región del desierto de Altar, lo mismo que en otras regiones del norte, hay un debate respecto a la legitimidad del tráfico de drogas y la posición social de los narcotraficantes.

En gran medida ese debate se formula con argumentos que buscan asociar o disociar al tráfico de drogas de las formas tradicionales de entender el prestigio y la moral. Mucho de lo que hoy llamamos narcocultura, muchas de las formas en que se representa incorporan localmente el tráfico de drogas, recicla elementos que tienen una resonancia vieja en las culturas rancheras y en las sociedades del norte. Al mismo tiempo, existe una reacción que pretende disminuir el atractivo del narcotráfico, recuperando un ideal masculino ranchero ajeno a la violencia y la ilegalidad.  EL TRABAJO

Uno de los temas que condensa los encuentros y desencuentros entre la tradición ranchera y el tráfico de drogas es la valoración del trabajo, concretamente del esfuerzo físico. Las viejas elites y clases medias, que buscan representar la reacción moral contra el narcotráfico, expresan su queja con referencia al trabajo: ‘’El problema —he escuchado decir con frecuencia— es que la gente ya no quiere trabajar, la gente ya se hizo vaquetona, ya se acostumbró al dinero fácil”. Por su parte, los defensores y allegados al tráfico de drogas intentan probar lo contrario, que el narcotráfico requiere tanto esfuerzo como cualquier otro trabajo, que el dinero que se gana está bien merecido:

“El narcotráfico tiene sus riesgos —me dice un muchacho que no hace mucho empezó a participar en el negocio familiar—, no es tan fácil. Es un pinche trabajo como cualquier otro, que lo vean mal es otra cosa. Pero dinero fácil, dinero fácil pura madre: es una pinche putiza”.

Es precisamente el poder purificador que se atribuye al trabajo, al sufrimiento en general, lo que en la opinión pública exime a los burreros de parte de su culpa. Los burreros son el eslabón más bajo del narcotráfico, se dedican a cruzar la frontera a pie con 20 kilos de marihuana a cuestas con frecuencia sin saber a quién pertenece la droga.

Constituyen una especie de ejército desorganizado y adicto, que no madruga, y que en los meses de zafra —como se le llama a los meses de abundancia cuando llega la mayor parte de marihuana al pueblo— llena las cantinas, los palenques y las carreras de caballos. Algunos, sobre todo los de Sinaloa, usan gorras y cinturones con la hoja de marihuana estampada, una nueva heráldica que desafía sin empacho la iconografía tradicional. Otros se visten con botas, sombrero y hebilla, símbolos del orgullo ranchero que ya poco tiene que ver con participar de hecho en la labores del campo.

Uno de los argumentos más poderosos en relación con el trabajo lo escuché, precisamente, de la esposa de un burrero. Se trata de una mujer elocuente y directa que ha fungido varias veces como lideresa en los barrios marginados de Altar: vende sándwiches, es maestra del Instituto Sonorense de Educación para los Adultos, organiza un círculo de lecturas bíblicas con las mujeres de su barrio, y ha representado demandas en relación a la distribución de agua en las afueras del pueblo.

Le pregunté si el narcotráfico le había afectado a ella personalmente, y esta fue su respuesta: No, a mí prácticamente no me ha afectado, a mí me ha beneficiado el narcotráfico. Porque gracias a eso tengo carro, gracias a eso tengo vestido y comida. Gracias a eso le he podido dar educación a mis hijos, comprarles lo que necesitan. Yo me pongo a hacer cuentas, con los sándwiches no me alcanza para el gasto diario de los niños, no me alcanza.

Es que yo digo: si agarras un trabajo para mantener a tu familia, ¿para quién estás trabajando? Si estás dejando solos a tus hijos por irte a trabajar por un diario… Es ahí donde dices: “A mí el narcotráfico no me afecta, me beneficia”. ¿Por qué? Porque mi marido se va siete días, esos siete días no tienen papá los chamacos. Pero llega y tienen a su papá en su casa, porque ya no trabaja y se queda con ellos y los cuida bien. A veces sí hay problemas, que porque está tomando mucho o se está drogando mucho, y genera problemas. Pero yo creo que me ha beneficiado más de lo que me ha afectado.

Desde el punto de vista de estos pequeños y medianos narcotraficantes, esta actividad rara vez permite un cambio real de posición social. Permite sobrevivir, darse algunos lujos, pero se sabe casi como una fatalidad que “ese dinero”, el dinero sucio, no dura. Después de un rato, uno queda igual o peor. Curiosamente, defensores y críticos comparten la convicción de que el dinero del narcotráfico es uno que “así como se gana, se tira”.

El mismo joven que minutos antes argumentaba fervientemente que el narcotráfico es un trabajo como cualquier otro, una putiza, describe la administración de su familia con más orgullo que crítica:Ponle tú, mañana con el favor de Dios, si todo sale como tiene planeado mi apá, son 20 mil dólares los que agarra mi apá. Se supone, porque no se puede saber: porque tal vez te chinguen, tal vez te la roben. Pero si todo sale bien, son 20 mil dólares. Esos pinche 20 mil dólares, en dos meses no vamos a tener ni un solo centavo. Y se me hacen mucho dos meses. Pero así es, morra, sin echarte mentiras y sin exagerar: ni un puto solo centavo. Es que no sé, así son las ideas de aquí, fácil lo agarras y fácil se va, dicen que así es el dinero ese… Si yo llego a ser mafioso, me gustaría invertir el dinero, pero sin llegar a ser tacaño. Si yo tuviera un hijo y agarrase ese dinero, sería igualito que mi apá: darle, darle pa’ que lo gaste. De todos modos me voy a morir y pa’ qué voy a juntar dinero. ¡Que lo gasten!
DE CABALLOS

Una de las figuras más admiradas tradicionalmente en la región es la del ganadero o ranchero. Por lo tanto no es sorprendente que el dinero del narcotráfico se traduzca con frecuencia en símbolos de prestigio que tienen una gran resonancia local: ranchos, camionetas pick-up, caballos, sombreros, botas. Es en el espacio de las carreras de caballos y palenques donde se produce con más naturalidad la convergencia entre lo ranchero y lo propio del narcotráfico. Hay un regodeo colectivo en las actitudes de hombría, riesgo, honor, derroche, por las que casi todos se sienten interpelados.

De la misma manera este joven que vive y trabaja legalmente en Arizona me confiesa que, como muchos otros, estando en las carreras de caballos ha fantaseado con ser narcotraficante:¿A ustedes nunca les pasó por la cabeza dedicarse a la mañoseada?1 Es que yo no sé qué tiene ese rollo, pero cuando andas en unas carreras de caballos y ponen corridos, y ves a toda la raza acelerada, y aunque uno no tenga nada que ver, te aceleras bien machín. Algo tiene ese rollo que atrae un chingo. Dos, tres cervezas y te pones a cantar corridos a todo pulmón, y te sale del alma, del alma… Y te imaginas acá, bien chaka.2

Es difícil hacer justicia a la intensidad de este deseo, cuando se dice “algo tiene ese rollo que atrae un chingo”. Por supuesto rompe con cualquier noción de individuo que maximiza beneficios, dice lo contrario: te doy la vida por un poco de gloria. No se entiende esta intensidad si no se entiende que no es nueva, que “morir en la raya”, “morir matando”, “rifársela”, son líneas que aparecen con frecuencia en narcocorridos pero están ya en los corridos de la Revolución mexicana.

Expresan actitudes que tienen una historia y una valoración propia que atraviesan las esferas de lo ilegal, la política, los negocios y el amor. Lo importante es notar que el tráfico de drogas se ha vuelto la forma privilegiada de responder a la exigencia de “rifársela”. La fuerza del incentivo económico importa, por supuesto, pero importa sobre todo en la medida en que se puede traducir en formas de prestigio largamente añoradas.

Las historias de caballos, apuestas y violencia no son nuevas. Todavía alcancé a conocer algunos vaqueros míticos —son viejos sólidos y astutos, ni buenos ni malos—, que remontados en sus ranchos contaban historias de cacerías, de pleitos, de contrabando, de indios, de las viejas corridas de ganado de Altar a Mexicali. Uno de ellos me contó una historia.

En los años antes de la Revolución, vivía en la región un señor de nombre Emilio Robledo que tenía un caballo al que nadie le podía ganar. Hasta que otro señor, Ramón Valencia, urdió un plan para ganarle. En aquel tiempo no había cercos ni potreros y los caballos andaban más o menos libres en el monte. Valencia se las arregló para probar el caballo de Robledo a escondidas contra otros caballos de por ahí, hasta que encontró a una yegüita bajita y peluda que le ganaba al caballo sin problema.

Se hizo la carrera, y la yegua ganó. Pero no faltó quien le dijera a Robledo que Valencia había hecho trampa puesto que conocía de antemano el resultado de la carrera. Robledo anduvo buscando a Valencia, pero como no lo encontró, mató a su hermano. Ramón Valencia se fue a la campaña de Chihuahua contra Villa, regresó a los dos años con el grado de capitán y le exigió al comisario de La Reforma que le entregara a los asesinos de su hermano, los sacó con orden militar y ahí nomás pasando los cerros los colgó.

Un siglo basta para que un relato así se convierta en piedra pulida y adquiera una nitidez desproporcionada: aquellos eran caballos, aquellos era hombres con honor. Y así, en el vano intento de emulación, las historias de narcos y caballos de hoy tienen algo de comedia de equivocaciones.

La Navidad pasada tomé un autobús de Hermosillo a Altar en el que íbamos sólo dos pasajeros; al cabo de un rato nos pusimos platicar. El señor se dedica a entrenar caballos bailadores, se sobreentiende que de los narcos. Los caballos bailadores son una novedad absoluta en la región, nunca antes se había acostumbrado algo parecido.

Me contó la historia, que reconstruyo de memoria, de un caballo al que le puso el Donca, en honor a don Carlos Slim:—Ese caballo lo fuimos a traer a la ciudad de México de un rancho que se supone es de don Carlos Slim. El dueño era un muchacho de aquí de la región que agarró mucha feria como cruzador3 y se le puso en la mente ir a traer un caballo español a México, y yo lo acompañé. El caballo lo compró por 300 mil dólares; también compró una silla con incrustaciones de plata y un fuete con el mango de oro macizo. Ya lo mataron al muchacho, esto fue hace como tres años. Y el caballo parece que se lo quedó un socio y se lo llevó a Chihuahua.

El fuete quedó en la primera pistiada, quién sabe si lo regalaría o lo perdería o qué. A mí la verdad me daba lástima el caballo, me daba lástima ver que el muchacho se le subiera sin botas y sin sombrero.
—¿Pues qué no se supone que era ranchero de por aquí?
—Sí, pero como se había puesto de novio con una morrita popis, pues andaba voladísimo y se le subía al pobre caballo con unos zapatitos cualquiera…
Lo interesante de esta historia es que contiene una especie de resistencia a caer bajo la ilusión de la continuidad narco-ranchero. El muchacho había conseguido todo, el mejor caballo, la mejor montura, y hasta fuete. Pero le fallaron los zapatos.

REGIONALISMO Y VIOLENCIA

La oposición entre vieja y nueva mafia es un tema recurrente en la historia del “crimen organizado” en muchas partes del mundo. A la decadencia moral y los abusos de la “nueva mafia”, se opone siempre una versión idealizada de la “vieja mafia” que con frecuencia sirve para legitimar a unos grupos sobre otros.

En Sonora este debate ha tomado la forma de un peculiar regionalismo en el que la veta violenta del tráfico de drogas se identifica ineludiblemente con “la gente que llega del sur”, en concreto con Sinaloa y los sinaloenses.

La dueña de uno de los tantos hoteles para polleros y migrantes que se han construido en Altar en la última década se quejaba de la inseguridad que reina ahora en Altar. Ella pertenece a una “familia del pueblo” que hasta hace poco todavía vivía intermitentemente entre el rancho y el pueblo.

En su familia, como en casi cualquier otra, hay hombres dedicados al narcotráfico. Sus valoraciones sobre la inseguridad en Altar pueden considerarse representativas:—¿Desde cuándo se volvió inseguro el pueblo? Es por el narcotráfico, por los migrantes…
—No, no. Mafia y migrantes todo el tiempo ha habido. Yo creo que fue desde el año pasado o antepasado para acá, que empezó a recalar la gente de Sinaloa que hay que tener cuidado. La inseguridad no es por la gente que va de paso ni por la mafia, porque mafia todo el tiempo ha habido y nunca había habido esta inseguridad. Aquí se debe a que hay mucho tirador de droga que no es del pueblo. Es gente de Sinaloa, es la verdad: la gente de Sinaloa tiene la plaza comprada.

Aquí no trabaja ninguno del pueblo haciendo eso: tirando4 coca aquí en el pueblo. Es común que se establezca la diferencia moral entre traficar droga hacia Estados Unidos y vender droga en el pueblo o en la región. Pero lo importante es notar que el argumento se construye en términos casi étnicos.

Es decir, no se trata únicamente de que los “narcos del pueblo” sean mejores porque tiene ahí a su familia y una serie de relaciones que los fuerzan a aceptar cierto tipo de normas morales. Lo que se dice es que los narcos de Sinaloa son violentos porque así es la gente de Sinaloa.

El hijo de un cruzador me lo explicó de manera elocuente, pero el argumento se repite una y otra vez: La gente de Sinaloa es más brava, son más bravos, se los notas. O sea: se mueren muy fácil. Por ejemplo, si tiene una chamaca, una novia, y la pinche morra es más coscolina que la chingada y anda con este y con el otro, ahí andan ellos peleándose a putazos por la morra.
Así son los de Sinaloa: se mueren por las viejas. Ahora imagínate en la mafia: ¡puta, pues les roban algo y se quieren morir! En cambio, aquí no, los sonorenses siempre hemos sido más calmados.

En la mitología de la “vieja mafia” los contrabandistas aparecen como rancheros mañosos que no consumen drogas y mucho menos la venden a los miembros de su comunidad. Otro elemento recurrente es la idea de que los sonorenses, y por lo tanto los narcos buenos, la vieja mafia, es mucho menos violenta, no se matan entre sí, tiene formas de arreglar sus problemas.

A esto se antepone la imagen, también recurrente, de los sinaloenses como matones. El contraste, la idea de ruptura se expresa siempre de la misma manera: todo cambió cuando llegó la gente del sur.

Así lo explica, por ejemplo, una maestra de la escuela primaria:Antes eran mafiosos, pero eran mafiosos del pueblo, que traían dinero y eso, pero eran personas de Altar, no le hacían daño a nadie. Antes no pasaba de golpes, dimes y diretes entre personas. Pero tú sabes que ahora con la mafia viene gente del sur, gente que agarra su plaza, como dicen en el periódico, hay gente desaparecida porque se robó la carga.

Este miedo a que se derrumbe el viejo mundo, paradójicamente, es lo que alimenta el atractivo de las actividades ilícitas. El narcotráfico ofrece una especie de subsidio, un tiempo de gracia, al viejo estilo de vida; permite mantener ranchos que ya no son rentables, permite no migrar y permite no incorporarse al mercado de trabajo asalariado.

Por supuesto, mucho ha cambiado desde que Vasconcelos pasó por Sásabe, pero es precisamente esa extraña ilusión de continuidad lo que ha hecho posible el cambio. Todo ha cambiado precisamente porque todos pensamos que era algo de lo mismo: los mismos “negocios de hombres”, los mismos caballos y las mismas botas, las mismas balaceras y los mismos tiroteos de siempre, los mismos corridos, el mismo honor.

Natalia Mendoza Rockwell. Autora de Conversaciones del desierto: Cultura, moral y tráfico de drogas


DON BENIGNO

DON BENIGNO NORIEGA ESTRADA, COMPOSITOR del Gancho y el Palomino

Por Marco A. Manríquez


Nacido y crecido en el ejido “La Sangre”, municipio de Tubutama, un 12 de febrero de 1926, a sus 83 años, don Benigno Noriega Estrada, es conocido ampliamente como compositor de canciones de las cuales hace letra y música, a pesar de solo haber estudiado hasta cuarto grado de primaria.
Conocido popularmente como “El Tío Bena”, don Benigno expresó con una lucidez y fluidez mental excepcional para su edad, que no le teme al trabajo y todavía parte leña y agarra el pico y la pala.
Le gusta estar siempre activo ya que también es el “climatólogo” del ejido (como le dicen en broma sus amigos) ya que se encarga diariamente de checar desde temprana hora las temperaturas mínimas y máximas, así como las direcciones de los vientos, además de verificar la densidad de las lluvias y evaporaciones de agua, datos que apunta detalladamente en una bitácora.

INSPIRACIÓN NATURAL
Destacó que su afición por componer música es innata y lleva compuestas al menos 80 canciones, desde boleros hasta corridos, algunas de las cuales han sido muy reconocidas, e incluso interpretadas por varios conjuntos regionales, “y aunque no le he sacado provecho económico, sólo el orgullo de ser reconocido, sí me gustaría que algún productor escuchara todas mis composiciones y las difundiera, como forma de promocionarlas para dejar algo en esta vida”.
Don Benigno dijo que creó especialmente para el coro del Inapam (Instituto Nacional de Atención Para Adultos Mayores) de Santa Ana, la canción “Te voy a dar un consejo”, la cual ya fue reconocida y adoptada como inspiración del orfeón sonorense, de Adultos Mayores.
Estima que a últimas fechas es cuando ha recibido más reconocimientos y créditos por sus trabajos porque se empezó a relacionar con gente apegada a la cultura como es el caso de Gerardo Valenzuela, encargado de la Casa de la Cultura de Santa Ana, quien ya lo ayudó con gestiones para grabar un disco.

EMPEZÓ A LOS 16 AÑOS
Respirando hondamente y con una sonrisa picarona, como acordándose de sus andadas, dijo que le comenzó a “gustar la cantada y la composición” desde los 16 años cuando empezaba a entrarle el “gusanito” por las serenatas que le llevaba a las muchachas, y amanecerse “aullando” con sus amigos.
Fue en una de estas serenatas, que conoció a la que siempre ha sido su esposa, Lidia Calixtro, y que le compuso una canción muy escuchada y que se llama “Yo sí me acuerdo”, porque la hizo pensando en ella, que es la madre de sus 6 hijos.
Comentó que ha obtenido reconocimiento por parte del gobernador Eduardo Bours Castelo y funcionarios cercanos al mandatario estatal, y que no hace mucho ganó el segundo lugar y 15 mil pesos en efectivo por haber participado en un concurso, con el corrido “El Gancho y El Palomino”, que habla sobre una carrera de caballos que se efectuó en Magdalena, que compuso en 1956 y que es interpretado por al menos una decena de conjuntos regionales.

“LOS CAFETALES”
Recordó que en 1948 formó un cuarteto que se llamaba “Los Cafetales” y que tocaban un sinfín de canciones en las diferentes rancherías aledañas, a las que incluso (las más alejadas), tardaban horas en llegar en bestias.
Una de las canciones que más “pegaba” y lo sigue haciendo, confió, se llama “Después volveré a tus brazos”.
Aseguró que tiene muchas anécdotas que contar, pero de las que más se acuerda es cuando unos ganaderos de San Juan, municipio de Tubutama, los invitaron a una tocada “y como es muy terca esa gente de allí, nos tuvieron casi dos días tocando sin parar y nosotros (los del cuarteto) nos dábamos la maña para descansar y comer, uno, mientras los otros tocaban y que no se sintieran los ganaderos, pero en un descuido, porque además ya traíamos los dedos hinchados, nos pusimos de acuerdo y nos escondimos y entonces escuchamos que nos andaban buscando, hasta que se oyó gritar entre el monte ¡aquí está uno dormido! y que lo levantan, entonces nosotros tuvimos también que hacerlo por compañerismo y ahí nos tuvieron otras tantas horas; eso sí nos pagaron muy bien en aquel entonces”.

ESCRITOR DE LIBROS
No contento con eso, “El Tío Bena” ha escrito algunos libros editados por Sonora Mágica y Pueblos Mágicos, en los que hace recopilaciones de árboles genealógicos de familias de la región, de las que han salido ilustres sonorenses tanto políticos como funcionarios.
Don Benigno expuso que durante los años ochentas, estuvo a cargo del telégrafo del ejido porque era la única forma de comunicación que había con la ciudad  más cercana, que es Santa Ana; y que durante los años cuarentas fue el encargado de instruir militarmente a los jóvenes que hacían su servicio militar, en el ejido y sus alrededores que fue fundado en 1928.
Para finalizar, agregó que algunos de sus intérpretes consentidos fueron: Pedro Infante, Jorge Negrete y Agustín Lara, mientras que en entre los compositores destaca José Alfredo Jiménez, “porque sus canciones eran muy sanas”.


CASTILLO

CASTILLO EL ALAMO  Una historia de película

El Álamo tiene un gran valor histórico. Es una impresionante y recia construcción similar a un castillo feudal enclavado en las meas altas de Tubutama.

A 30 kilómetros de esta población y por un camino terrajero en buenas condiciones, se llega al Rancho “Las Pedradas y, desde el cerro en que se halla la tumba de la familia del colonizador de esta comarca, se divisa ya, a cosa de 4 kilómetros hacia el norte, el Castillo de El Álamo.

Los últimos dueños del castillo y fundo han sido Salomón Faz Sánchez, líder parafundista en el sexenio de José López Portillo, y Rafael Caro Quintero, quien se encuentran preso por delitos contra la salud y señalado por el gobierno de Estados Unidos como el asesino de Enrique Camarena Salazar, miembro de la agencia antidrogas estadounidense (DEA por sus siglas en ingles).

Antes de la detención de Caro Quintero, nadie podía siquiera asomar la nariz por este rumbo sin el riesgo de ser encañonado y obligado a dar marcha atrás, según variospobladores.   El castillo de ladrillo ademado en tan solitario paraje, impresiona a primera vista.

Por simple precaución uno debe tomaralgunas fotos a la distancia para luego ocultar la cámara, por si acaso.   Sin embargo, al llegar a una segunda puerta, sorpresivamente se encamina a recibimos un vaquero acompañado de su esposa y dos niños; nos da la mano de bienvenida y el pase a lo que es propiamente el casco de la hacienda, porquemás que rancho esto es una enorme hacienda.

Le exponemos nuestro deseo de traspasar la puerta de la fortaleza y conocer el castillo por dentro, a 10 que indica que pidiéramos permiso al mayordomo; este resulto ser un hombre con cara de pocos amigos y luego de miramos de pies a cabeza con desconfianza, nos dio el pase. En honor a la verdad fue amable pero a su modo.  Una vez dentro, se encuentran las tapias blancas, los techos de teja, las caballerizas y se respira un aire colonial.

Todo esta en su lugar, bien aseado, ordenado y acogedor, no así el castillo, al fondo de la finca en la parte más alta del cerro que nos contemplaba como fiel guardián; su aspecto es triste, semi abandonado, en franco proceso de destrucción.

Adentro hay murciélagos y olor malsano; la alberca cubierta de basura; el vetusto edificio, que tuvo sus días de gloria ya no tiene ventanas, ni puertas y le han quitado el techo; las escaleras en caracol de las torres gemelas están rotas, incompletas, hay que subir con mucho cuidado.   Se advierte que luego de un abandono de décadas, el nuevo dueño lo mandó reconstruir, se aprecian las vigas nuevas y algunos emplastes, pero con la detención de Rafael Caro Quintero, todo quedó suspendido.

Al comentarle al mayordomo que bello eraaquello, con indiferencia y enfado repuso:«No se que le yen de bonito», a lo que unode nuestros acompañantes cortésmente hizo el comentario: «Es que ustedes lo ven a diario, pero para nosotros que sólo habíamos oído hablar de él, es muy emocionante porque es increíble que esta construcción tan rara y valiosa, histórica yarquitectónicamente exista en lugar tanaislado”.   Los pioneros a finales de los años 20, en plena época de la prohibición alcohó1ica en Estados Unidos (1929-1933), aparecieron grupos de bandidos yanquis de puro corte faulkneriano.

Uno de ellos, el tejano William W. Kibbey, se hizo del enorme rancho El Álamo y sus demasías.   Sobre como se suscitaron los hechos, heaquí la versión tomada de primera mano enboca de don Jesús María Gastélum Quiroz,de 97 años de edad, radicado en Magdalenadesde hace cuatro décadas y propietario delrancho Las Pedradas, terreno que fuera parte del famoso predio El Álamo.

El enorme terreno de agostadero de 12,400hectáreas fue denunciado luego de la consumación de la Independencia de México, por el español radicado en Tubutama, don Cipriano Quiroz (abuelo materno del informante).

Al esposo de este pionero de nombre Benita, la asesinaron los apaches a lancetadas en el Río Altar, por rumbos de La Reforma en “las tierras blancas” o “de Doa Benita»”, como le llaman en honor de aquel sacrificio.   Uno de sus dos hijos, Cipriano, cayó batiéndose con los apaches bajo un nogal, en lo que supuestamente es hoy en día la ciudad de Nogales.   “Antes la gente nacía, vivía y moría en los ranchos y allí murieron mis padres”, comenta don Jesús María. El nombre le viene de un álamo grande, el cual tenía en el tronco un ojito de agua que no se secaba nunca.

La casa fundadora estaba a orillas del arroyo y una crecida grande1errnino por destruirla.  A mediados del pasado siglo (antepasado), los herederos de El Álamo optaron por repartírselo, tocando una sexta parte del terreno a cada uno. *

Fue entonces cuando tomó las riendas del rancho don Juan Elías, que había contraído matrimonio con Antonia Quiroz.   Por acuerdo mutuo don Juan representaría a sus cuatro cuñadas ya la viuda del finado Jesús María Quiroz.

Don Juan era altamente apreciado en la familia por su celo y disposición de apoyarles en todo. Fue él quien gestionó losextraviados títulos de propiedad de El Álamo ante la Suprema Corte de Justicia.  Por ello, las cuñadas y la concuna le cedieron en gratitud la mitad de cada derecho y para que de alguna manera solventara los gastos generados en los engorrosos trámites.   Asimismo, ocurrió que se contrajo una deuda con la casa comercial de Benedicto Araiza y Antonio Molina, de Altar, (deuda dejada por una sociedad que formó con unos norteamericanos para trabajar las minas La Pápaga, Mina Verde y San Francisco.

Los gringos, una vez agotadas las minas salieron de noche llevándose todo lo valioso; don Juan Elías liquidó dicha deuda para que no entraran extraños en posesión del feudo y haciendo uso del “tanto” puso a su esposa Antonia como compradora.   Juan de Dios Gastélum era el que manejaba la tienda de raya en La Pápaga y surtía con mercancía comprada en Altar en la citada negociación de Araiza y Molina.   Juan de Dios, viejo y fiel empleado de los Elías Quiroz, contrajo matrimonio con Ponciana, una de las herederas y dueñas de Las Pedradas.

Sucedió que a la muerte de don Juan Elías, Juan de Dios tomó las riendas de El Álamo recibiendo indicaciones de sus cuñadas, que se fueron a radicar a Estados Unidos.   Las cuentas de la siembra y ganado se rendían y liquidaban al año, conforme a la costumbre. Aparecer Mr. William Kibbey   Cuando el tejano contempló el paisaje, se quedó maravillado e hizo hasta lo imposible por ser el dueño de El Álamo.

Así fue que entró en sociedad con  don Ramón Elías y doña Antonia Quiroz.  Para tener el terreno no gastó mucha saliva en convencer a Doña Antonia, que ya había quedado viuda.

Con mucho ahínco y dedicación lograron formar una compañía ganadera a la que registraron con el nombre de «Álamo Cattle Company» en el año de 1914 de acuerdo a la acta constitutiva.

Esta sociedad, que en español significa Compañía Ganadera Álamo, alcanzó grandes magnitudes al entrar en sociedad varios extranjeros y mexicanos, extendiendo sus operaciones a ambos lados de la frontera. Destacan el norteamericano Peck, así como don Guillermo Barnett, de Nogales y don Juan Camou, entre otros; hasta don Juan de Dios Gastélum puso algo de dinero, más que todo para ayudar a su yerno y sobrino político, ya que Ramón había tomado por esposa a una de sus hijas.

Entre 50 y 60 vaqueros fueron contratados para manejar las miles de cabezas de ganado. Anualmente se exportaban aalrededor de 1,200 becerros de tres años.

La Álamo Cattle Co. tenía sus oficinas generales en Nogales, Arizona, los accionistas metían a la sociedad no sólo dinero sino hasta sus ranchos. Pero las tierra de El Álamo eran las mejores, por lo que mandaron construir allí una casa colonial que aún está en pié, así como la ampliación de los corrales.

Nace el Castillo   El Castillo fue ideado por Mr. Kibbey pues planeaba atraer turismo, en ello metió hasta el último centavo que pudo conseguir en préstamos.  Se mandó construir todo un palacete que aún en el presente desconcierta a quien lo visita.  La mano de obra corrió a cargo de angloamericanos. Cada cuarto tenía sus pisos de madera y mobiliario ad hoc.

La vista del exterior es fabulosa y el visitante se transporta a un sueño pleno deromanticismo. Ciertamente llegar hasta el castillo era penoso por los tortuosos caminos de terrecería, pero una vez que el carruaje llegaba hasta las puertas del Castil1o la estadía resultaba placentera y nadie lamentaba haber acudido al llamadopromocional del excelente anfitrión.

Este edificio, producto de los sueños caprichosos de su constructor fue total mente suyo porque Ramón Elías, compañero de aventuras, no vio con buenosojos el incierto y ambicioso proyecto l1amado industria sin chimeneas; le parecía que no iba con el giro de criar ganado y  tanto distraía la atención de Kibbey quien empezó a darse una vida regalada cayendo en los excesos del juego y el amor.

Empero, el norteamericano tenía a sufavor un magnifico carisma para atender adinerados turistas de Cananea, Nogales yTucson, que encontraron en El Álamo un lugar seguro para gastar y dar rienda a sus ímpetus burgueses.

Aquello era negocio redondo: lo mismo se cobraba por cazar, pescar, montar y asistir abanquetes, beber, jugar y hacer el amor, muchas veces amenizados con los acordes de la guitarra de Kibbey.   El embargo, fue la gota que derramó el vaso.  Finalmente quedó comprobado que el tejano no era ganadero, el ganadero lo era su socio Ramón Elías, que hacía hasta los imposible por conservar la unidad de la compañía.   Pero El Álamo Cattle Co. Fue decayendo paulatinamente, no tanto por mala administración que para ello Ramón se pintaba solo, sino por la falta de entendimiento entre los socios, aunado a ello quizá lo mas grave, la ola de robos queazotaban la región.

Eran los años de la postrevolución y había mucha hambre en el campo.   El Gobernador del Estado Plutarco ElíasCalles, el General que no conoció el olorde la pó1vora, para apaciguar los efectos de la revolución formó varios destacamentos.

En el de Sáric puso al Coronel Camargo, quien en vez de enderezar las cosas hizo alianza con los bandidos Ramón Valenciay un chino vaquero de la región, siendo estos tres quienes le robaron gran parte de las 500 cabezas faltantes en un só1o ejercicio en los libros de la compañía El Álamo.

Este militarucho prepotente y ladrón fue él que tomó prisionero al licenciado Lázaro Gutiérrez de Lara, líder de la Huelga de 1906 en Cananea.

Gutiérrez de Lara, que a era magonista venía huyendo de Estados Unidos y cruzó por el Sasabe montando caballo con una persona de origen ruso en ancas.

Un soldado del destacamento reconoció al licenciado y los detuvo, entonces Camargo, pidiendo informes a hermosillo, recibió al terminante orden del propio General Elías Calles de fusilarlos inmediatamente.

Ante el paredón Gutiérrez de Lara, que era un gran intelectual, líder de la Huelga de Canena y por lo tanto precursor de la Revolución, quiso decir una palabras, pero se militó a musitar, “pa qué, si no me van a entender esta bola de pelones…”   A los grandes problemas del abigeato que sufría el Álamo Cattle Co., se sumó el embargo que les hizo un banco de Nogales, Arizona.

Mr. Kibbey había hecho cuantiosos préstamos que nunca pudo pagar. La situación se empezó a tornar desesperante y un día del año de 1935, William Kibby tomó de entre sus armas la misma escopeta que prohibía a los turistas la usaran porque no tenia seguro.   Esa mañana se fue al represo de los patos y no regresó. Luego de una intensa búsqueda lo encontraron muerto.

El mayordomo Manuel “El Yaqui” Murrieta contó que un día Mr. Kibbey le hizo el comentario de que le traería más beneficio a su familia muerto que vivo.  Lo cierto es que había comprado muy buenos seguros en Arizona, así que “quiensabe si ya traía en su mente el matarse”, subraya nuestro informante.

Y en forma por demás descriptiva narracómo debió suceder el percance aquel:“Salió Mr. Kibbey muy temprano y no quiso que nadie lo acompañara y al ir subiendo una vereda o bajando, quien sabe, se advierte que éste le dio a una piedra con el arma, como que resbaló o lo hizo intencionalmente, quién sabe”.  Gracias al testimonio del señor Gastélumy del mayordomo, que fueron nombradoscomo peritos por el juez, es que la viudapudo cobrar algunos seguros, perdiendo sólo uno de los varios que tenía, pudiéndosepagar la hipoteca de El Álamo.

Se advierte -dice el veredicto dado por estos hombres conocedores del terreno- que Kibbey iba subiendo o bajando, una de dos y se resbalo, pegando con la escopeta en alguna de las muchas piedras que había allí.

Porque tenía la culata raspada por debajo una goma negra.   Los doctores Negrete y Mercado y Estrada fueron contratados para embalsamar a Mr. Kibbey.   Se cuenta que doctor Negrete de Magdalena, cortaba partes del cráneo como si fuera un animal, siendo reprendido severamente por el doctor Mercado quien le dijo:  “tenga usted en cuenta que este señor es nada menos que el dueño de este rancho”.   En los trámites del traslado del cuerpo a Estados Unidos, la viuda Josefina Mix (hija del Coronel Mix y de una mexicana) fue auxiliada por Vicente Terán Carrillo, vecino de Magdalena y muy amigo de la familia de Kibbey.

Terán Carrillo había ido a estudiar en su juventud a Los Ángeles y también estuvo en Texas con los familiares de William Kibbey.

Y se le recuerda como uno de los personajes que fue alcalde en dos ocasiones de Magdalena, el otro fue don Enrique Woolfolk.    Ramón Elías, luego del fracaso estrepitoso de El Álamo se fue a probar suerte en el placer El Mezquite, cercano a Cucurpe, y a la muerte de su esposa agarró la borrachera tal y como lo haría su hijo años más tarde y coincidentemente bajo las mismas circunstancias.

*Este trabajo se realizó y publicó 1993 cuando el Castillo estaba siendo administrado por Miguel Ángel Caro Quintero.


CODORACHI (1)

HACIENDA DE CODÓRACHI

 (Según reporte periodístico de 1910)

En la hacienda Codórachi, distante de la ciudad de Hermosillo, solamente 35 km, hay inmediaciones de la estación Pesqueira, del ferrocarril Sud-Pacífico de México, se encuentra instalado el molino harinero de cilindros “El Fénix”.   Esta empresa vienen trabajando desde hace algún tiempo por cuenta de los señores con Genaro Gómez y Don Vidal Lavín A., quienes tienen establecida la importante negociación bajo la razón social de Lavín y Gómez trabajan como comerciantes, agricultores, ganaderos e industriales.

El molino harinero “el Fénix” es una planta de cilindros movida por fuerza hidráulica,  que produce harina de la mejor calidad, la que tiene una excelente aceptación en el comercio de toda la costa occidental de México donde es ampliamente conocida.  La hacienda de Codórachi que tiene una superficie de 500 hectáreas de cultivo, produce muy abundantes cosechas, por la excelentes de calidad de sus tierras, como por el riego que ricamente se fertiliza dando ricas  cosechas de maíz, frijol y algodón que ocupan un lugar secundario.

Esta empresa agrícola que cultivo no sólo un estas tierras que son en extremo fértiles productivas, cuenta con otras de no menor calidad como son la de “Cerro Pelón” y “Popolo e Islas”, además de otras porciones de tierra en conjunto producen anualmente un millón de kilos de trigo. Como se comprenderá a primera vista, esta empresa realiza una obra bienhechora, haciendo productivas una buena extensión de tierras y dando trabajo a infinidad de obreros y campesinos que viven de esta empresa.

Tan activa es la acción de la empresa Lavín Gómez que también dedica su atención a la ganadería, que cuenta con buenos terrenos pastizales y agua en abundancia, circunstancias muy especiales para que el ganado este en excelente condiciones. En el ramo del comercio entre también se dedica esta empresa que cuenta con sucursales en la fábrica de hilados y tejidos de Los Ángeles y el San Miguel Horcasitas.

CODORACHI HOY

Los tres primeros años de los ochenta fueron los del camino. Los del puro camino. Trabajaba entonces en Obras Públicas del Gobierno del Estado y, en calidad de “préstamo” a raíz de un convenio, pasé al departamento de Monumentos Históricos del INAH, Centro Noroeste en aquel tiempo y Centro Sonora hoy, comisionado para trabajar en el Catálogo de Monumentos Históricos del INAH y otras labores propias de mi profesión. La relación con historiadores, economistas, antropólogos, arqueólogos, sociólogos y otros “logos”, influyó en mi visión de la arquitectura. Dejé de verla como un simple ejercicio de diseño, para entenderla en una dimensión mucho más amplia.
Pues bien, en uno de esos días de aquellos años, recorríamos el camino rumbo al Codorachi, los restos de una hacienda porfirista abandonada y “emblazonando” los recuerdos de los bellos tiempos. Una mole de ladrillo aparente con un copete en la parte más alta y con su respectivo óculo, donde alguna vez un reloj pudo haber marcado el tiempo de las labores. Al frente y camino de por medio, la casona de los propietarios igual en ruinas. En el primer edificio, que fue el molino, aun se apreciaba el entrepiso de madera machihembrada y las viejas máquinas de madera y fierro, despidiendo los aromas de la primera revolución industrial.
En la vieja casona, con algunas secciones derruidas, vivía el matrimonio encargado de cuidar las ruinas. Ocupaban uno de los cuartos del frente utilizando el viejo mobiliario de los tiempos de principios del siglo pasado. Un enorme “trastero” de madera fina lleno de molduras y recovecos, pero bastante maltratado por el tiempo. Un mesa con fuertes patas torneadas mostrando el mismo maltrato del paso de los años.
Tomamos las fotos de rigor para la ficha del catálogo, así como la descripción del edificio: Dos niveles, de ladrillo aparente, con molduras por todas partes y muy bien trabajadas, y el mencionado copete sin el reloj, etcétera, etcétera, etcétera. La visión de desolación, de páramos yermos, desapareció al echar un vistazo a la fachada trasera del edificio. Un pequeño puente soportado por un arco forjado con ladrillo, salvaba la pequeña acequia que conducía el agua del arroyo al pozo donde alguna vez una rueda de paletas hizo girar el mecanismo del ingenio molinero.
Todo era verdor en la parte posterior del edificio. Grandes mezquites y otros arbustos daban una sombra bastante extensa y agradable. Era como si el molino se hubiera convertido con el tiempo en una especie de represo, deteniendo el agua y convirtiendo aquella parte en un verdadero vergel. Adentrándome en el monte, “descubrí” los restos de una construcción probablemente anterior a la de la hacienda. Quedaba un arco en ruinas pero aun en pie, cubierto por la maleza y algunas enredaderas. Toda una imagen para un billete de los viejos.
En una sección donde el arroyo hacía hondonada, un par de familias de lugareños refrescaban el día bajo la sombra escuchando las rancheras. Los niños chapoteando en el agua, los hombres dando cuenta de los botes de cerveza y las doñas en su cotorreo de las cotidianidades domésticas. Todo un cromo. Si de entre la maleza hubiera aparecido el Charro Negro cantando con su guitarra y una morena de trenza tan negras como sus ojazos acomodada en la grupa de la montura, no me hubiera sorprendido demasiado. Me hicieron saber que un poco más allá, ahora no recuerdo hacia donde, quedaban los restos de una acequia y otras obras de ingeniería hidráulica, que eran más viejas que el molino.
De regreso al edificio del molino, con sus dos pisos de ladrillo aparente y su copete sin reloj, aprecié mejor los efectos de la arquitectura sobre la naturaleza. Un arroyo que se vio forzado a desviar su camino por las obras hidráulicas para dar fuerza a la maquinaria, interrumpió su rumbo de verdura creando un jardín a espaldas de la construcción, mientras todo el frente, los terrenos de cultivo y el camino mostraban la desolación de la erosión.

Publicado por Arq. NO en 17:29


LA TARASCA

La mina encantada LA TARASCA

Dice la tradición que en 1580 los españoles, en su avance expedicionario por las tierras del norte, atacaron a los pueblos yaquis con el propósito de someterlos.

Desconociendo los soldados hispanos el orgullo y la bravura de estos indios, les declararon la guerra, trabándose un feroz combate que terminó en derrota para los invasores, quienes se vieron forzados a huir.

Sin embargo, dos soldados -hermanos entre sí- se desligaron de la tropa y se dirigieron hacia el norte.

Así fue como llegaron a la sierra de La Palma, cerca de Guaymas, y prosiguieron al norte por esta mañana, evitando a los feroces seris.

En su camino se toparon con los pimas, con los cuales entraron en confianza y los instruyeron en cosas desconocidas para ellos, hasta que fueron admitidos. Se supone que estos pimas trabajaban una mina de oro, conocida hoy como La Pima, situada en un profundo cañón.

Pero los españoles, en sus andanzas por aquellos lugares, descubrieron La Tarasca al explorar la veta hacia el sur, ya fuera del cañón. A estos hermanos se debe el nombre de “La Tarasca”. Una leyenda, de la que se habla ya desde 1850 en una obra del historiador José I. Velazco, menciona que entre Guaymas y Hermosillo, en la sierra de La Palma “…se habla de una mina de la que se dice ser muy rica en oro y que se llama Tarasca…”

Por otra parte, en el libroLa maravillosa Tarasca y el prodigioso tesoro de Tayopa, editado por el Gobierno del Estado de Sonora, del escritor Alfonso López Riesgo, se puede leer: Guiándome por un documento de los yaquis me dirigí al rancho La Palma, situado a 48 km al sur de Hermosillo por la carretera internacional. De aquí tomé un camino al suroeste y a unos cuantos kilómetros enfilamos al sur, dejando La Pintada a mi derecha.

Después de algo así como 12 o 15 km hice un alto en virtud de que una cerca me impidió continuar. Dejé el vehículo y proseguí a pie con la intención de localizar dos cerritos, en uno de los cuales presumiblemente se encuentra la veta. Arribé a un valle, con rumbo al este alcancé a ver dos prominencias que parecían responder a mis requerimientos, no era ese el lugar pero de todas maneras hice un descubrimiento: topé con unos cerros cortados verticalmente.

En las proximidades encontré algunos pedernales de piedra ónix que los antiguos usaban en sus flechas. Al llegar al reliz observé una preciosa tinaja de agua a la que llegué por un estrecho corredor de tres metros de ancho, formado por el propio cerro. Es posible que su nombre sea el de La Tinaja del Carmen, mencionada en algunos “derroteros” de La Tarasca.

A juzgar por los pedernales que encontramos, los indios visitaban este aguaje y merodeaban esa área de la región. A mi regreso tomé otro sendero dispuesto a terminar con la exploración por ese día, pero al transitar por un camino pedregoso, en el plano, topé con un arroyo con vestigios de que en épocas pasadas era más caudaloso y que en sus riberas hubo un campamento indígena.

Vi manos de metate, piedras para machacar y otros artículos por el estilo. Analizando con cuidado, llegué a la conclusión de que se trataba de un campamento de indios pimas y que no podía ser otro que el mencionado por la leyenda.

Luego del descubrimiento, y atenido al documento indígena, escruté el sur con los binoculares con la feliz circunstancia de que, a lo lejos, observé un “cañón fragoso”•, como lo describe el referido documento.

En ese cañón se encuentra La Pima, mina de la que habló el Chapo Coyote, indio yaqui. Y más allá, al salir del cañón, está La Tarasca. Con este hallazgo di por terminadas mis investigaciones respecto a la famosa mina, sabiendo que nada quedaba por hacer. El Chapo Coyote, por allá de 1954, platicaba que: “cuando nosotros estábamos alzados íbamos a una mina cada tanto tiempo para sacar oro y comprar armas y parque.

A unos nos tocaba vigilar arriba de los cerros y otros bajaban para sacarlo”. Asimismo, indicó que la mina estaba situada en un “cañón muy fragoso” por el rumbo de La Pintada. “Ve al aguaje de La Pintada y fíjate muy bien en las ramas. Vas a ver algunas que están trozadas aunque hayan vuelto a brotar.

Es que nosotros teníamos una vereda donde bajábamos al agua. Síguela hasta llegar a lo más alto de la sierra. Volteas al otro lado y sigues caminando tratando de mirar un cañón hondo. Ya metido en el terreno lo tienes que encontrar. Cuando así sea lo sigues, tienes que caminar rumbo al sur como si fueras para Guaymas. Vete fijando arriba y donde veas dos relices juntos párate y fíjate abajo.

Tienes que ver una piedra muy grande. Dale vuelta y vas a ver, buscando, la boca de una mina. No creas que es fácil porque el cañón es muy enredoso pero, si haces lo que te digo, vas a dar con ella”.   El 10 de septiembre de 1998 pude entrevistar al señor Alfonso López Riesgo, autor del mencionado libro, donde vienen innumerables cuentos e historias sobre minas y tesoros escondidos.

Llegamos a su casa y nos sentamos a platicar con él, saboreando un delicioso café de talega típico de la región. Lo primero que le pregunté fue si era cierta la leyenda de la mina La Tarasca. Inmediatamente me respondió: “¡Por supuesto que sí! Tengo años localizando esta impresionante veta y he descubierto que no es una sola mina sino que son muchos kilómetros de veta.

Aproximadamente a 20 km de Guaymas hacen erupción unas rocas con matices rojizos, donde se inicia la veta de La Tarasca. Estos tonos se prolongan hacia el sur hasta perderse gradualmente, y reaparecen hacia el este, donde chocan con unas estribaciones que vienen de esta misma dirección, vuelven a desaparecer, y aparecen de nuevo en La Colorada, mina que fue explotada en el siglo pasado.

De La Colorada la veta toma el rumbo hacia San Miguel de Horcasitas, o sea hacia el norte, y se pueden ver partes en las que se manifiesta el oro libre, puro y rico. “En el cerro de La Labor, en una ocasión, me tocó viajar con uno de mis yernos, y nos fijamos en una chuparrosa petrificada en un árbol. Cuando me acerqué a ella, por curiosidad, me di cuenta de que en esa área existía el color rojizo de las rocas vistas con anterioridad.

Estaba claro que ahí había oro; tomé unas muestras para revisarlas y, efectivamente, el resultado fue positivo. Según mis cálculos esta veta pertenece a la de La Tarasca, y mide un pie y medio. “En el cerro de El Carrizo, enfrente de San Miguel, donde también estuve, sigue la veta de La Tarasca.

En una ocasión se raspó el cerro y se descubrió roca rojiza, sólo que la veta se vuelve a enterrar hacia el norte. Allí descubrí un placer (placer es la veta de oro, libre de impurezas), e hice un denuncio por 100 hectáreas, que algún día explotaré. “En todas estas partes han descubierto muchas minas de oro; una de ellas es La Sultana donde estoy seguro acaba la veta de La Tarasca.

Esta veta tiene un largo recorrido, desde Guaymas hasta San Miguel de Horcasitas. Todo esto que te platico han sido más de veinte años de viajar por todos estos rumbos, pero te puedo asegurar que esta mina no es una leyenda, es algo muy pero muy real”.

Para mayor ilustración he tomado la siguiente información, consignada en el libroMéxico y sus Progresos, editado alrededor del año 1908. Del Distrito de Hermosillo, Minas Prietas es sin duda el mineral más grandioso, y así lo comprueba la alta importancia que en distintas épocas ha tenido. Su historia alcanza edades muy remotas, pues tiene contacto con las lejanas etapas virreinales, en la que señala el descubrimiento de estas soberbias riquezas.

Perdidas en las medias de un misterioso pasado, se encuentra una mina maravillosa que ha llegado hasta nuestros días con el nombre de “La Tarasca”, de las épocas ancianas y añejas crónicas se dice que era buriosamente rica. Siguiendo todos estos escritos acerca de la famosa mina, visité el rancho de La Palma y sus alrededores, y así pude ver todo lo que describió Alfonso López Riesgo. Sólo que dar con La Tarasca fue algo difícil.

Visité también la mina Ubardo, ya en ruinas. Siguiendo la información de López Riesgo sobre la veta de oro, me topé con Orencio Balderrama, minero por muchos años, quien conoce toda la región; él me condujo a San José de Moradillas donde, según se dice, sigue la veta; pero esta mina es de grafito (mineral que sólo se encuentra en el estado de Sonora), y es precisamente en esa área donde se han localizado trazos de La Tarasca y descubierto pepitas de oro.

En el hoy abandonado pueblo de Moradillas había, en su época de auge, escuela, hospital, casas de los dueños de la mina, casas de los trabajadores y un camino muy bueno. Para llegar a este lugar hay que salir de Hermosillo por la carretera que va a La Colorada, a 53 km, donde existe una enorme mina de oro, explotada por una firma muy importante; seguimos 18 km más y nos encontramos con el rancho El Aygame.

Luego, hacia la derecha, recorremos 26 km de terracería y llegamos a este bonito pueblo con construcciones al estilo norteamericano, sólo que en ruinas. SI USTED VA A LA MINA TARASCA

Saliendo de Hermosillo por la carretera núm. 15 que va a Guaymas, al llegar al poblado de La Palma de vuelta a la izquierda, con rumbo a El Pilar. La mina de La Tarasca se encuentra cerca de la población de El Pilar, aunque su veta va desde Guaymas hasta San Miguel de Horcasitas


JOAQUIN MURRIETA

La Nacionalidad De Joaquin Murrieta
James E. Officer Noviembre de 1980

La historia de Joaquín Murrieta ha llegado a formar parte de la literatura de varios países. Entre los conocidos escritores quienes han empleado el tema de Joaquín en sus obras, se puede mencionar al mexicano Ireneo Paz-abuelo del poeta contemporáneo Octavio Paz-; al poeta chileno y ganador del Premio Nobel, Pablo Neruda; y al novelista norteamericano Walter Nobel Burns.

Además, una película norteamericana de la década de los treinta llevó la historia de Joaquín a muchos otros países del mundo.

   Según la versión más conocida de la historia de Murrieta, él y su banda cometieron muchos robos y matanzas en la Sierra Nevada de California entre 1851 y 1853. Fueron perseguidos por un grupo de rangers encabezados por un tal Harry Love en el verano de 1853 y, según el capitán del grupo, Joaquín perdió su vida en una batalla con ellos en el mes de julio.

Después, la cabeza del supuesto Joaquín se exhibió en varios lugares públicos de California.

La primera versión de la historia de Joaquín salió a la luz en 1854 en San Francisco.  El autor era un joven periodista de California llamado John Rollin Ridge.  Cinco años después se publicó otra versión más larga.  Casi todas las versiones que han salido en diferentes lugares e idiomas desde 1860 están basadas en la edición de 1859.  No sabemos quien era el autor de aquella edición , pero es muy evidente que sacó muchos datos del libro anterior de Ridge.

Yo no se cuando la figura de Murrieta llegó a ser conocida en Sonora pero tal vez se podría saber al examinar los periódicos sonorenses de la década de los cincuentas del siglo XIX.  Tenemos datos positivos para confirmar que el nombre de Joaquín Murrieta era bien conocido por la década de los setentas.

Hace poco más de diez años que un investigador en Fresno, California encontró entre algunos documentos una referencia a una obra teatral sobre Murrieta que tuvo mucha popularidad en Sonora en 1872. Estos documentos formaron parte del diario de un ingeniero norteamericano llamado Albert Kimsey Owen que había visitado Sonora para investigar las posibilidades de construir un ferrocarril desde Texas hasta la bahía de Topolobampo, pasando por tierra sonorense.

Según el diario de Owen, un escritor mexicano de apellido Gabutti, un nombre más bien italiano que español, había escrito una obra dramática sobre las aventuras de Murrieta en California. Una compañía de actores mexicanos estaba presentando aquella obra en lugares como Hermosillo, Ures y Guaymas durante el mes de noviembre de 1872 y con buenos resultados. Owen escribe que “el nombre de Murrieta es bien conocido por todos los que saben algo de la época del oro en California.  Murrieta era del distrito de Hermosillo y dos de sus hermanos viven en Buenavista”.

La mención de Sonora como lugar de origen de Joaquín es consistente con las versiones de la historia del mismo que se publicaron en San Francisco poco después de los acontecimientos de 1853. Y en California como en México siempre se ha dicho que Murrieta era sonorense. Pero en Sudamérica y especialmente en Chile, existe otra opinión del asunto. Durante más de un siglo se ha mantenido que Murrieta era chileno, nativo del pueblo de Quillota, unos pocos kilómetros al norte de la ciudad de Valparaíso.

Estuve en Chile el año pasado y me dediqué a investigar cómo los chilenos habían llegado a la conclusión de que Joaquín era uno de ellos. Los folkloristas chilenos hicieron referencia a una obra escrita por un respetado historiador llamado Roberto Hernández Cornejo,  La mencionada obra que se publicó en dos volúmenes se tituló Los chilenos en San Francisco de California y la fecha de publicación es 1930. En el primer tomo Hernández Cornejo nos dice mucho de Murrieta y el mal tratamiento que recibió a manos de los angloamericanos. Lo hace dentro del contexto de la discriminación que sufrieron todos los chilenos en California y no deja la menor duda sobre la nacionalidad de Joaquín.  Según el primer tomo del libro de Hernández Cornejo Murrieta era chileno.

Otros colegas me hablaron de un libro llamado El Bandido Chileno: Joaquín Murrieta en California, publicado por primera vez en 1867. No logré ubicar copias ni en la Biblioteca Nacional ni en la Biblioteca del Congreso.  También me mencionaron un libro de Enrique Bunster titulado Chilenos en California que contiene un capítulo sobre Murrieta.  Encontré una copia de éste en la Biblioteca Nacional.

Mis estudiantes en la Universidad Católica de Santiago me dijeron que ellos tuvieron conocimiento de Joaquín principalmente a través de un oratorio escrito por Pablo Neruda en 1967. Me ayudaron a comprar una copia.  Pocos días después por casualidad encontré otro libro titulado Episodios Chilenos en California por Carlos López Urrutia que contiene una sección sobre Murrieta.  Este último libro es una publicación de 1975 y es el único que expone que Murrieta no fue chileno sino mexicano.  Gracias al libro de Urrutia me di cuenta de algunos datos que me ayudaron mucho en reconstruir la historia de cómo Joaquín Murrieta llegó a ser chileno.

Para apreciar todos los elementos de la historia hay que comenzar con la llegada de los chilenos a California después del descubrimiento del oro. Muchos de los barcos que navegaban por el Cabo de Hornos visitaron el puerto de Valparaíso y naturalmente en un país minero como era Chile muchos se entusiasmaron por visitar los campos de oro de California.  Los primeros chilenos llegaron a San Francisco en diciembre de 1848 y desde entonces hasta 1853, por lo menos cinco mil de ellos desembarcaron.  Según el censo de 1852 la población chilena en aquel año era de 5,500 personas, de los cuales la mitad estuvieron en San Francisco y más de un mil en el condado de Calaveras, uno de los lugares con más oro.

Igual que los sonorenses, muchos de los chilenos habían trabajado en las minas de su país y como los sonorenses también empezaron a tener más suerte al buscar el oro de la que tuvieron los anglosajones. Pronto vino la discriminación. La noche del 14 de julio de 1849 un grupo de hombres armados el barrio de los chilenos en San Francisco quemando muchas casas y haciendo robos.  Hubo muchos heridos pero afortunadamente nadie perdió la vida.

Hubo otra confrontación en el mes de diciembre de 1849.  Durante el verano de ese año algunos chilenos habían trabajado ciertos placeres en el condado de Calaveras, a unos 70 kilómetros de la ciudad de Stockton.  Cuando comenzaron las lluvias de invierno en los primeros días de diciembre abandonaron esos lugares con la intención de volver en la primavera.  Pero después de su salida algunos norteamericanos invadieron la región.

Cuando los chilenos se dieron cuenta de lo que había pasado, regresaron y comenzaron a trabajar nuevamente.  Los norteamericanos protestaron su regreso pero en lugar de presentar sus reclamos a las autoridades oficiales del condado, ellos organizaron una reunión especial, eligieron sus propios oficiales y decretaron una ley negando a los chilenos los derechos de propiedad.  A pesar de las acciones de los norteamericanos, un grupo de chilenos logró expulsar a varios de ellos de una parte de la región.  Los expulsados reclamaron a sus líderes quienes organizaron una nueva reunión y adoptaron una resolución que ordenaba la salida de todos los no ciudadanos dentro de un plazo de 15 días.
Varios de los chilenos salieron del lugar pero muchos otros permanecieron.  Los pseudo-oficiales multaron a dos con la suma de una onza de oro.  Algunos se negaron a pagar la multa y apelaron su caso ante un juez de Stockton.  El juez ordeno la detención de ciertos mineros norteamericanos juzgándolos culpables de haber robado a los chilenos.  El sheriff del condado dio al líder de los chilenos, quien era médico, el permiso para organizar una fuerza policial con la autoridad de detener a los norteamericanos.  Lo hizo, pero después hubo confrontaciones muy desagradables con la pérdida de algunas vidas.

Las noticias del tratamiento dado a los chilenos llegaron a Santiago y hubo varias personas que trataron de terminar la migración a California.  Por lo menos dos obras teatrales se dirigieron al tema del peligro.  Una de ellas llevó el título de Ya no voy a California.  A pesar de estos esfuerzos seguía la fiebre de oro y muchos otros chilenos se emigraron a San Francisco pero pocos se quedaron por mucho tiempo y un gran número de personas regresaron a Chile con un fuerte sentido de amargura.  Para 1860 la población chilena de California había bajado a menos de dos mil.

Me refiero a todo esto para poner en claro que por la década de los 60 del siglo XIX existía en Chile un cierto clima de odio en cuanto a los Estados Unidos y cuando en 1867 se publicó en Santiago un libro sobre un supuesto bandido chileno que había castigado a muchos norteamericanos, era natural que el pueblo chileno lo aceptara como ser verdad y aceptara también como uno de sus grandes héroes folklóricos a la figura de Joaquín Murrieta.

El libro antes mencionado fue traducido del francés por un chileno quien se identificó únicamente por las iniciales de su nombre:  C. M.   El autor original era un francés llamado Roberto Hyenne.  El libro sobre Joaquín gozó de popularidad al instante y se publicó en varias ediciones. El profesor Hernández Cornejo, igual que otros historiadores chilenos, sacó su información sobre Murrieta del libro de Hyenne traducido por el mentado C.M. (No se conoce ningún documento escrito por un chileno presente en California entre 1849 y 1860 que lleve mención alguna de Murrieta como compatriota.

Los muchos escritores chilenos que basan su aceptación de la existencia de Murrieta como bandido chileno en la obra de Hernández Cornejo seguramente han leído únicamente el primer tomo porque con el segundo entraron las dudas aún para el mismo Hernández.  Entre escribir el primer tomo y el segundo, a Hernández Cornejo le tocó ver una publicación de 1889 en la cual un escritor chileno, después de haber entrevistado a un chileno recién llegado de California, había declarado lo siguiente : “ En Chile ha sido muy popular una obrita que trata sobre el célebre bandido Joaquín Murrieta pero ni éste fue chileno ni los yanquis le cortaron la cabeza…”

Con este pedazo de información nueva, Hernández Cornejo en el segundo tomo empieza una larga discusión sobre la nacionalidad de Murrieta.  Entre otras cosas menciona que uno de sus colegas, don Domingo Amunátegui Soler, había sostenido que el traductor del libro de Hyenne era otro historiador Carlos Morla Vicuña y que Morla Vicuña había cambiado la nacionalidad de Murrieta que era mexicano.

Es evidente que Hernández Cornejo respetaba mucho a Morla Vicuña y en su discusión trata de defenderlo como persona demasiado honrada para haber cambiado la nacionalidad de alguien. Sin embargo, concede la posibilidad de que Murrieta no fuera chileno.  Se refiere a un artículo por otro colega, don Ricardo Donoso, que salió en el respetado periódico de Santiago El Mercurio del 16 de noviembre de 1830 (sic).  En aquel artículo, Donoso dijo que había examinado una copia del libro original de Hyenne, publicado en París en 1862 y según ese libro Murrieta era mexicano.

Gracias al libro de López Urrutia me di cuenta de otro dato que puede servir para terminar el debate.  En una de sus muchas obras, el historiador contemporáneo don Eugenio Pereira Salas hizo una comparación palabra por palabra y línea por línea, de la versión original del trabajo de Hyenne y la primera edición traducida al castellano por C.M. Estableció para su completa satisfacción que el traductor había cambiado cada referencia de Murrieta como ser mexicano y a Sonora como su lugar de origen, para convertirlo en chileno, así que cada referencia en la que se declara que Murrieta era chileno es falsa.

Así es que después de pasar muchas horas en tratar de establecer si Murrieta era chileno, descubrí que mis colegas chilenos anteriormente habían decidido que no lo era.

A pesar de la existencia de toda esta información, Pablo Neruda en 1967 escribió su obra.  Pero ustedes quienes conocen el trabajo de Neruda deben saber que él no estaba tratando confirmar el origen de Murrieta sino que quería atacar a los Estados Unidos por su intervención en Viet Nam y el tema de su obra es que el Tío Sam siempre ha maltratado a toda gente de color. Hay secciones de la obra que son muy bonitas, cosa natural cuando se piensa que el autor era tan talentoso, pero sea lo que sea, es un trabajo netamente político y uno que no ofrece ninguna prueba de la nacionalidad chilena de Murrieta.

Antes de salir de Chile visité el pueblo de Quillota.  No pude encontrar allí a ningún residente que llevara el apellido Murrieta ni en las guías de teléfonos de Santiago, Valparaíso y Concepción, las tres ciudades más grandes de Chile.  Y regresé a Tucson convencido de que Joaquín Murrieta no vino de Quillota, no era chileno y debía su fama en Chile únicamente a la acción de un traductor nacionalista hace más de un siglo.

¿Y qué información tenemos acerca de su origen sonorense?
Para comenzar, sabemos que el apellido Murrieta es muy común en muchas partes de Sonora. Aún en Tucson, que tiene una población numerosa de personas cuyos antepasados vinieron de Sonora, se encuentran varias familias con aquel apellido.  Sabemos también que muchísimos sonorenses abandonaron el estado después de 1848 para buscar su fortuna en los campos de oro de California.

Sabemos además que el autor del primer libro que se publicó sobre Murrieta dice que Joaquín vino de Sonora.  Hasta cierto punto debemos descontar el último dato porque se ha establecido que el libro de John Rollin Ridge era una obra de ficción. Sin embargo, con excepción de la versión chilena, todos los libros sobre Murrieta que se han publicado en varias partes del mundo, han seguido la insistencia de Ridge al declarar que Joaquín vino de Sonora.

¿Y qué dicen los periódicos de la época?  Desafortunadamente no nos dicen mucho.
Principalmente tenemos varios artículos relacionados con un asesinato en el pueblo de San Gabriel, cerca de Los Angeles, en el invierno de 1852.  Un tal Joaquín Murrieta estaba implicado en el acontecimiento, igual que un joven llamado Reyes Feliz, que después se presentó en el libro de Ridge como ser el cuñado de Joaquín Murrieta, y que éste escapó de San Gabriel sin ser detenido
Pero Feliz fue detenido, procesado y después ahorcado.  Según los diarios del día, el joven Reyes se declaró sonorense, del mineral de Baroyeca.

Hay algunas versiones de la leyenda de Murrieta que dicen que él también era de Baroyeca.  Pero dicha conclusión siempre depende de la declaración de Reyes Feliz y aquel joven no dijo nada con respecto al lugar natal de Joaquín.  Habló únicamente de su propio caso.

Tampoco sabemos si Feliz era en verdad el cuñado de Murrieta.  Antes de su muerte, Feliz confesó haber pertenecido a una banda de cuatreros encabezada por Murrieta pero no habló de otras relaciones más personales con su jefe.  Hay muchos historiadores contemporáneos que creen que Rosita o Carmelita-la supuesta hermana de Reyes Feliz y esposa de Joaquín-no era más que una invención de John Rollin Ridge. La única mujer cuyo nombre se menciona en asociación con el de Joaquín Murrieta en los periódicos de Los Angeles se llamó Eva Benítez y vino de Nuevo México.

La versión más antigua del lugar sonorense de donde vino Murrieta es la que se encuentra en el diario del ingeniero norteamericano Albert Kimsey Owen, de quien hablé en la primera parte de esta ponencia.  Según los informadores de Owen, Joaquín era del distrito de Hermosillo y tenía a dos hermanos en Buenavista.  En este caso el “distrito” seguramente se refiere al distrito judicial de Hermosillo pero desafortunadamente éste es muy grande.

En los últimos meses, varios amigos sonorenses me han dicho que según su conocimiento, los Murrieta siempre han tenido fama de ser del mineral de La Colorada.  Este dato lo encuentro muy interesante ya que La Colorada está dentro del distrito judicial de Hermosillo.

En 1916 (sic), el señor Fernando Pesqueira, el entonces director del Museo del Estado de Sonora, estaba haciendo trabajos arqueológicos en el recinto de Las Trincheras y ahí encontró a una persona, David Murrieta, quien le dijo que era pariente de Joaquín.  Veinte años después, un  norteamericano que estaba estudiando también el caso del origen de Murrieta, entrevistó al mismo David, que era propietario de una tienda de abarrotes en Trincheras quien le dijo que su familia había llegado a ese lugar en 1900 pero no le dijo de donde habían venido.

En 1969, otro investigador norteamericano fue a Trincheras para hablar nuevamente con David Murrieta.  Descubrió que David había muerto algunos años antes y que su viuda y el hijo menor se habían trasladado a San Luis Río Colorado.  Los buscaron ahí y los encontraron pero los parientes de David únicamente le pudieron decir que él les había hablado de su parentesco con Joaquín pero que no sabían nada de la genealogía de la familia Murrieta ni de sus orígenes en el estado de Sonora.

Aparte de la información ya mencionada, varias personas de apellido Murrieta me han dicho que sus antepasados vinieron a Cucurpe, de Pitiquito y de Tacupeto.  Además, hemos ubicado un documento del siglo XVIII en el que se menciona a una persona llamada Redondo Murrieta que vivió en la hacienda de Ocuca.

Para poner fin a mi ponencia, quisiera asegurarles que pienso seguir mis investigaciones con el objetivo de identificar el lugar de origen del famoso Joaquín Murrieta aquí en Sonora.  Por el momento creo que una región que promete es la del municipio de La Colorada.  Los invito a ayudarme con este proyecto.  Si alguno de ustedes tiene información que pueda servir para verificar el pueblo natal de Joaquín, espero que me informe cuanto antes.  Muchas gracias.

PONENCIA PRESENTADA POR EL SEÑOR OFFICER EL 20 DE NOVIEMBRE DE 1980 EN UNO DE LOS SIMPOSIOS DE LA SOCIEDAD SONORENSE DE HISTORIA.

Contiene una larga bibliografía que se omite.


AGUILAR

LA TRAGEDIA EN LA NORIA DE AGUILAR (19 de Marzo de 1883)


Por: Gilberto Escoboza G.

Los apaches eran miembros de tribus nómadas que no habitaban propiamente el Estado de Sonora ni otra parte de México, sino que hacían frecuentes incursiones por nuestra entidad en plan de depredación. Eran sanguinarios y mataban a sangre fría; se decía, y con razón, que después de sus asaltos asesinaban a cuchillo solamente por el gusto de matar.

En campaña empleaban el sistema de señales de humo para comunicarse entre grupos dispersos, sobre todo si veían una caravana o a individuos que viajaban solos. Desde las alturas de los cerros descubrían a la pobre gente que se trasladaba de un lugar a otro, ajena que al ser descubierta su muerte era inminente.

Los primeros sesenta años de nuestra vida independiente, el Norte de nuestro Estado casi estaba despoblado por el temor que se tenía a esos salvajes. Todavía en la época de la colonia el ejército español contaba con tropas para batir a los indígenas depredadores pero después de la independencia las constantes asonadas habían arruinado la economía del país. A pesar de que en la parte norte de nuestro estado existen minas muy ricas, pocos se atrevían a explotar la minería; no se conseguían trabajadores dispuestos a arriesgar su vida y la de su familia, frente al peligro de los apaches.

Fué por ello que al estabilizarse el gobierno de la república años después del triunfo del Plan de Tuxtepec, el ejército nacional estaba en condiciones de llevar a cabo una batida contra los apaches. El 3 de Enero de 1883, Llegó a Ures el entonces Coronel Don Abraham Bundalá al frente del 22o. Batallón y desde luego, dió una formidable batida a los indígenas asesinos que asolaban la comarca, haciéndoles huir a sus lugares de origen.

No obstante lo anterior, el 19 de Marzo de ese año, una gavilla de apaches que había logrado substraerse a la persecución del Ejército, a las once de la mañana asaltó una diligencia que habiendo salido de Ures se dirigía a la “Noria de Aguilar” que se encuentra en el camino de Rayon. Los ocupantes del vehículo eran personas muy importantes de Ures que habían proyectado pasar unos cuantos días de descanso.
En su libro “CASOS… Y COSAS”, doña Dolores Real C. de López, Cronista de la Ciudad de Ures, asienta: “Los indefensos viajeros fueron inmisericordemente acribillados por los salvajes.

Quedaron muertos en el acto la Sra. Joaquina Aguilar de Maldonado, el Sr. Jesús Quijada y el Prof. Leocadio Salcedo, junto con el criado que les acompañaba. También formaban parte de aquella comitiva los dos hijos de Doña Joaquina, quienes milagrosamente lograron huír por el monte. Don Dionisio Aguilar, quien montaba a caballo a un lado del carro, fué gravemente herido, logrando huír con vida de ese lugar. Dos días después fué encontrado en tan lamentable estado, que pronto murió en la Ciudad de Ures. Enseguida del asalto, los apaches prendieron fuego al carro en que iban sus víctimas y se dirigieron a las casas de La Noria.

Allí asesinaron a dos sirvientes más, con los que los muertos sumaron siete. Los cadáveres fueron recogidos por los señores Jesús Bergara, Salomé Bracamontes y Florentino Noriega. Don Dionisio Aguilar, miembro de una de las familias mas prominentes de Ures, era notable hombre de Estado, pues ocupó altos puestos en la Administración Pública. El Sr. Leocadio Salcedo, fué ilustre profesor de un internado para varones y fundador del mismo. Además era muy apreciado por su enorme empeño en difundir la instrucción pública en la Entidad”.

Ese acontecimiento fué muy doloroso para varias familias de Ures y de Hermosillo, donde las personas sacrificadas por los salvajes tenían parientes muy cercanos. Y aún después de transcurridos muchos años, recordaban el suceso con horror.

En lo que respecta al Profesor Don Leocadio Salcedo, muchos años después, quizá más de setenta, Hermosillo perpetuó su memoria al disponer el Ayuntamiento que una calle tuviese su nombre. En su libro BREVE HISTORIA DE LA EDUCACION EN SONORA E HISTORIA DE LA ESCUELA NORMAL DEL ESTADO, el Sr. Prof. Gustavo Rivera hace una semblanza del Profesor Don Leocadio Salcedo: “Nació en Guayaquil, Ecuador en 1831 y, después de terminar su educación secundaria, sirvió a la marina de su país alcanzando el grado de Teniente. En 1855 solicitó su baja y se radico en San Francisco, California.

Cuatro años más tarde se trasladó al Puerto de Mazatlán, Sinaloa, en donde se dedicó a las labores docentes. En 1860 vino a Hermosillo y estableció una escuela primaria particular. En 1863 en compañía del Prof. Alejandro Lacy fundó el Liceo de Hermosillo. En este propio año pasó a Ures a hacerse cargo de la Dirección del Colegio de Sonora y, en 1865 se trasladó a Guaymas en donde estableció una escuela primaria particular.

Dos años después volvió a la Direccion del Colegio de Sonora de Ures y en 1874 fundó en Guaymas el Colegio de la Unión. Recibieron sus sabias enseñanzas, jóvenes que después fueron importantes ciudadanos. En unión de los señores Jesús Quijada, Dionisio Aguilar y Sra. Joaquina Aguilar de Maldonado, fué asesinado por los apaches en La Noria de Aguilar el 19 de Marzo de 1883. La Escuela de la Mesa del Seri del Municipio de Hermosillo, lleva el nombre de tan insigne educador”.

Desde que se hizo cargo de la Presidencia Municipal de Hermosillo Don Roberto E. Romero (1943-46) se tomó la costumbre de imponer a las nuevas calles de la ciudad los nombres de maestros distinguidos, de funcionarios destacados o de personas que en alguna forma dejaron huella bienhechora en la sociedad hermosillense.