SENBLANZA  DE UN FILIBUSTERO

Por Juan Antonio Ruibal Corella

Henry Alexander Crabb nació en Nashville Tennessee, el año de 1823. Hijo de una prominente familia de la localidad, su padre, brillante abogado y furibundo esclavista, fue miembro de la Suprema Corte; el joven Crabb también abrazó la carrera de leyes y la practicó con éxito, por cierto que fue condiscípulo y amigo personal de William Walker. Debido a una desavenencia política con un tal Jenkins, editorialista del periódico Vicksburg Sentinel, se batió a duelo y mató a su antagonista. Sometido a juicio fue absuelto de cargos, pero sintiéndose incómodo, se lanzó en busca del nuevo horizonte en boga: California. Así lo describe el historiador norteamericano Robert H. Forbes, en la época que mencionamos:

“Crabb, al igual que Boulbon y Walker, era un hombre de marcada personalidad y cualidades atractivas de líder. Sus fotografías son las de un hombre de aproximadamente treinta años, barbado, ojos oscuros, vivos, con una cara, en otras palabras, refinada y cultivada. La otra cara era la de un hombre enérgico y de negocios”.

Crabb contrajo matrimonio con una descendiente de mexicanos; su nombre era Filomena Aínza, hija de Manuel Aínza, ciudadano español residente en Sonora, que según parece había incursionado con éxito en actividades comerciales y mineras, pero perdió su fortuna y hubo de emigrar a California poco después de la independencia de México. La familia Aínza se estableció primero en Los Angeles y después en Stockton; fácil es intuir que mucho influyeron en el espíritu de Crabb, ya de por sí temerario y codicioso, los fantásticos relatos que acerca de las riquezas de Sonora le platicaban los familiares de su esposa.

A los 26 años de edad, Henry Alexander Crabb llegó a engrosar el contingente del gold rush californiano, estableciéndose en Stockton. De inteligencia audaz y agresiva, incursiona con éxito en política y en julio de 1850 es electo fiscal de la ciudad; de 1851 a 1855, fue diputado del Congreso local representando al condado de San Joaquín y senador estatal de 1853 a 1854; al igual que Walker, era decidido esclavista y de temperamento corrosivamente inquieto. Rudo golpe sufrió en su ambiciones, cuando en 1855 fracasó en su intento de llegar al senado federal. Es entonces cuando decide lanzarse a la conquista de la lejana y legendaria Sonora, pródiga en riquezas y aventuras, al decir de las crónicas y relatos de la época.

Y en efecto, a pesar de los descalabros de William Walker y Gastón Raousset de Boulbon, el desgano del gobierno de los Estados Unidos ante las expediciones filibusteras, la lejanía geográfica de Sonora respecto del centro de la República y en especial, la desastrosa situación política, económica y social de México, eran de hecho estímulos muy señalados para las incursiones piráticas.

Crabb no era partidario de las improvisaciones. Escrupulosamente, sin apuros de ninguna especia, fue midiendo paso a paso los preparativos de la expedición y nada mejor que principiar con una gira de “reconocimiento” al futuro teatro de sus operaciones. Y he aquí que disfrazada la aventura de un inocente viaje de descanso, el filibustero acompañado de su esposa y otros miembros de la familia Aínza, salió de California a principios de 1856, con destino a Sonora.

Procurando reafirmar antiguas amistades de sus parientes políticos, que indudablemente habían tenido influencia en años anteriores, los Crabb visitaron las principales ciudades del Estado: Guaymas, Ures, Hermosillo y otras; el medio ambiente, que estaba cargado de tensión por los disturbios domésticos, constituyó una favorable coyuntura para los visitantes, que fue aprovechada a las mil maravillas para sus propósitos. Este es el curioso relato del señor Juan A. Robinson, quien fue cónsul norteamericano en Guaymas de 1847 a 1858:

“En todos los lugares, la conversación entre ellos (los Crabb) y la gente que visitaban, era con frecuencia en torno al Gobierno de la gente de México; posiblemente este tópico lo iniciaban Crabb y sus acompañantes. Invariablemente, había comentarios desfavorables de la gente refiriéndose a las leyes e igualmente dejaban sentir un espíritu de inconformidad y de crítica. Cuando esto se manifestaba, el grupo de Crabb proclamaba su simpatía hacia los quejosos y se valía de la oportunidad, para fomentar e intensificar este sentimiento en contra de las autoridades, amplificando lo nocivo de las quejas, reales o imaginarias, proporcionando un espíritu de descontento y sedición a lo máximo de sus posibilidades…”

B.- La expedición

En el mes de mayo de 1856, de regreso a San Francisco, Crabb se dedicó obsesivamente a preparar su expedición y dejó a Agustín Aínza –uno de sus cuñados – en territorio sonorense, quien se dedicó a conspirar abiertamente. El 4 de julio del mismo año, Aínza es encarcelado en Hermosillo por órdenes del prefecto Jesús García Morales, bajo el cargo de alta traición.

Posiblemente otro temperamento menos fuerte se hubiera amilanado. No así Crabb que continuó con sus preparativos hasta principios de 1857, fecha en la que acompañado de noventa hombres se hizo a la mar hacia el puerto de San Pedro, cerca de Los Angeles, en el barco “Sea Bird”. He aquí otra sensible diferencia entre las expediciones de Walker y Raousset por una parte y Crabb por la otra. En efecto, mientras que los primeros integraron sus contingentes con tahúres de los muelles de San Francisco y desechos de la fiebre de oro, en cambio éstos son algunos de los compañeros de aventura del último, reproducidos de una fuente norteamericana:

“Crabb era comandante en jefe; R.N. Wood, su ayudante general, había sido miembro de la Legislatura de California…; T.D. Johns, quien tenía el rango de jefe de artillería, era graduado de West Point y había sido teniente en el ejército regular; el Dr. T.J. Oxley, cirujano general, había sido líder del Partido “Wigh and Know-nothing” y miembro de la legislatura; J:D: Cosby que tenía el rango de general brigadier, era todavía miembro del Senado del Estado; William H. Mac Coun, el Comisario General, era también un ex-legislador de California; y Henry P. Watkins antiguo socio del bufete jurídico de Walker”.

Con esta clase de “colonos” resulta ridículo sostener que se trataba de una expedición “colonizadora”. Que nosotros sepamos, estas partidas iban usualmente acompañadas de familias, no de elementos militares y organizadas a manera de compañía bélica. Lo anterior constituye un rotundo mentís a quienes pretenden describir la aventura de Crabb como una inofensiva incursión más, con fines aparentemente pacíficos.

Es asombroso advertir, por otra parte, la falta de recato con que se preparó la expedición, los comentarios escandalosos de la prensa y la complacencia indolente asumida por el gobierno norteamericano de la época. Así por ejemplo el Weekly de Alta California, en su edición de 17 de enero de 1857 asienta lo siguiente:

“Una expedición a Sonora.- Adquisición de Territorio Mejicano: Creemos que es generalmente entendido que una expedición debe salir muy pronto de San Francisco ostensiblemente con objeto de establecerse en el nuevo territorio de Arizona, pero en realidad con intenciones únicamente de hacer de Tucson, un lugar de cita en donde trasladarse a Sonora…”

El 24 de enero de 1857, Crabb y su grupo denominado “The Arizona Colonization Company”, desembarcaron en San Pedro donde juntaron equipo y provisión; de ahí a El Monte (enero 25), en cuyo sitio permanecieron una semana; de dicho lugar, la caravana tomó por tierra el camino al fuerte de Yuma realizando una azarosa travesía en la que hubo que luchar contra múltiples factores adversos y transitar por pésimos caminos. En los últimos días de febrero arribaron a Yuma y el 2 de marzo a la desembocadura del río Colorado, en donde tomaron un descanso de nueve días; de ahí enfilaron rumbo a Sonoita por el camino de Cabeza Prieta atravesando el llamado Valle de la Lechuguilla, hasta que por fin llegaron a la frontera mexicana el 25 de marzo.

Al día siguiente, Crabb se presentó ante el celador de Sonoita don Rafael Velasco y le entregó una carta con instrucciones de que la hiciera llegar a don José María Redondo , prefecto de Altar. En tono agresivo, el filibustero manifestó sus propósitos de establecerse en Sonora, bajo el amparo de las leyes de colonización e invitado, según advirtió, por ciudadanos muy influyentes de este Estado.

Dicha afirmación ha servido de punto de partida para asegurar que tanto los generales Pesqueira y Gándara que se disputaban el control político de Sonora, -cada quien por un lado, hicieron ofertar a Crabb de que interviniera en Sonora, con jugosas concesiones a cambio. A lo largo de nuestras pesquisas, no encontramos un solo testimonio, carta o documento que pruebe el aserto anterior. Si hubo en efecto numerosas invitaciones, pero de ciudadanos norteamericanos residentes en Sonora.

En el Archivo de la Secretaría de la Defensa Nacional, en México, D.F., existe un crecido número de estos testimonios. Seleccionamos uno de ellos:
“A los amigos de California. Señores: Como antiguo residente de Sonora y bien enterado y relacionado con los sentimientos y deseos del pueblo de aquí me tomo la libertad de expresar a ustedes mi franca opinión sobre el objeto que tanto interesa a ustedes por el presente. Para lograr su objeto con éxito, ustedes deberán situar un cuerpo de 300 a 400 hombres sobre la frontera de Sonora como colonos y que haciendo su primer movimiento por la independencia es indispensable su conexión con los nativos del país. El pueblo está en general cansado a muerte por el estado de cosas y desea un cambio.

Un movimiento por la independencia sería ayudado por un crecido número de los mejores y más influyentes hombres de este país. Yo me regocijo de un cambio favorable muy pronto y deseo a ustedes toda prosperidad y pueden estar seguros que contribuiré con todo o cualquier cosa en mi poder para asistir a ayudar a ustedes en su gran objeto.
Se repite de ustedes su amigo Luis B. Mckay.”

Ya no había nada que hacer, sino aprestarse a rechazar con toda energía al invasor, al igual que sucedió con Walker y Raousset de Boulbon. El gobernador Pesqueira ordenó al teniente coronel José María Girón que saliera al mando de una pequeña fuerza que auxiliara a los patriotas de Caborca, que entonces como ahora, era paso obligado para llegar a Altar viniendo de Sonoita. En la misma forma dio instrucciones a don Hilario Gabilondo, quien se encontraba al frente de un piquete de dragones presidiales de Bavispe, que se incorporara a las tropas de Girón. Estos dos bizarros militares brillarían con intensidad en la inminente batalla.

A las 8 de la mañana del 1º de abril de 1857, el grupo invasor hizo su arribo a la pequeña población de Caborca. De inmediato se iniciaron las hostilidades con éxito para los filibusteros, que rechazaron con grandes pérdidas a los mexicanos, cuyo capitán Lorenzo Rodríguez se lanzó a su encuentro en forma imprudente; el mismo jefe mexicano recibió una herida mortal en el estómago.

Acto seguido, Crabb se apoderó de varias casas situadas frente a la iglesia y el pueblo se refugió dentro del templo que era el único lugar que ofrecía seguridad. Al día siguiente, en un acto siniestro sin precedentes, Crabb trató de volar con pólvora la puerta principal donde se encontraban varios centenares de civiles entre ellos mujeres, ancianos y niños. Por fortuna su propósito fue frustrado.

Continuaron los escarceos entre ambos bandos los días 3 y 4 hasta el día 5, en que llegaron refuerzos para los mexicanos a las órdenes del capitán Hilario Gabilondo y del coronel José María Girón, quienes de inmediato se aprestaron a estrechar el cerco de sus enemigos. Cuentan los jefes mexicanos en sus partes respectivos, que un indio pápago de nombre Francisco Xavier, aproximadamente a las diez de la noche del día 6, principió a lanzar flechas con yesca encendida cerca de la punta a la usanza apache.

Al séptimo intento, la flecha cayó justamente en el techo de la casa que ocupaban los invasores iniciándose un fuego de proporciones dantescas que infructuosamente se trató de contener, haciendo estallar sucesivamente tres barriles de pólvora. A las once de la noche todo había concluido, y los norteamericanos fueron hechos prisioneros.

Todos los cautivos se negaron a declarar aduciendo que no tenían nada que decir porque sabían la suerte que les esperaba. En tal virtud, la madrugada del día siguiente fueron sacados de su improvisada prisión y sumariamente, en grupos de cinco, fueron fusilados frente a la iglesia, con excepción de Charles Evans un joven de 16 años.

Crabb fue el último en ser ejecutado y poco después de muerto se llevó a cabo un acto infamante por parte de los nuestros, al serle cortada de un tajo la cabeza y depositada en una olla de las que hacían los pápagos, la cual contenía vinagre en su interior; durante varios días se conservó en este estado.

La decapitación de Henry Alexander Crabb y la exhibición de la cabeza como dantesco trofeo es un acto salvaje y bárbaro que no tiene justificación bélica, moral, ni humana de ninguna especie; nuestra condición de mexicanos, en manera alguna nos coloca una venda para no reprobar la naturaleza de tal acción.

C.- Consecuencias de las victorias mexicanas en el exterior e interior
El triunfo de las armas nacionales en Guaymas y Caborca causó un inmenso júbilo a nuestros representantes acreditados en el extranjero. Particularmente de la última expedición, hay constancias documentales muy elocuentes.

El dramático desenlace del episodio de Caborca, levantó una verdadera tempestad en el gobierno y la opinión pública de la Unión Americana, especialmente en los estados fronterizos de California y Arizona, que estuvo a punto inclusive de ocasionar un serio enfrentamiento entre ambos países, de consecuencias imprevisibles para el nuestro, en caso de haberse llevado a cabo.

Tal conducta tiene su explicación. En efecto, mientras que en el caso de Walker la aventura careció de impacto y organización, la de Raousset como se trataba de un ciudadano francés no importó mayormente su fusilamiento, pero en el caso de Crabb, fue indignante para los norteamericanos, percatarse de que independientemente de que se dio muerte a todos los que cayeron en el poder de los mexicanos, había entre ellos personas muy representativas e influyentes por haber desempeñado cargos públicos o militares.

El 30 de mayo de 1857, Mr. John Forsyth, ministro plenipotenciario del gobierno de los Estados Unidos en nuestro país, envió a don Juan Antonio de la Fuente, ministro de Asuntos Exteriores de México, una altisonante protesta diplomática en la cual después de criticar seriamente la actitud de las tropas del gobierno mexicano, amenazó sin pudor con la intervención al decir. “El caso es de tal peso, que solo el gobierno de Estados Unidos, a quien el suscrito tendrá el deber de someter este doloroso negocio, es compatible para decidir…” Por fortuna, esta peligrosa secuela no siguió su curso. Milagrosamente los norteamericanos entendieron la lección y rectificaron el rumbo.

En este orden de ideas, hay que observar con profundo cuidado la extraordinaria importancia que reviste el fin del proceso filibusterista, ya que marca también el fin del Destino Manifiesto en nuestro país. A partir de ese momento, ya no hubo más intentos de rebanadas de pastel territorial y sólo dos invasiones norteamericanas meramente circunstanciales: la expedición punitiva de Pershing en 1914 y la invasión a Veracruz en 1915.

En otras palabras, las victorias de los sonorenses fueron extraordinariamente profilácticas para acabar con la “enfermedad” de las expediciones filibusteras, y aunque por desgracia México volvió a ser hollado por la planta extranjera, esas invasiones posteriores tuvieron otro carácter, correspondiendo a los gobiernos responsables la culpabilidad histórica de la medida. Lo que definitivamente terminó con el escarmiento fue la incursión bandolera, el pillaje barato, la rapiña vulgar sin nombre y sin ley, la que veía a México a manera de cómodo botín, de “tierra de nadie”.

Y si bien es cierto que los gobiernos de Francia y Estados Unidos no tuvieron ninguna participación en las multicitadas expediciones, ya que fueron actos personales afrontados por sus autores con el propósito evidente de obtener un considerable lucro a la postre, los referidos gobiernos sin embargo, no están exentos de culpabilidad, por su actitud de complaciente indolencia, favorable a sus muy particulares intereses.

Por lo que respecta al ámbito interno, Sonora contribuyó vigorosamente a conformar el primer intento fuerte por integrar nuestra incipiente nacionalidad, que nunca antes se había ni siquiera esbozado desde la independencia; aunque esto último pudiera sonar a patriotería cursi, es la estricta verdad.

La afirmación anterior tiene un profundo significado y salta con ventaja la barrera de la simple retórica. En efecto, si se contempla la actitud del mexicano frente a la guerra de Texas y la contienda del 47, esta es bien diferente con un patrón cuyos moldes fueron apatía, verborrea, arrogancia, un concepto ridículo de lo heroico (vg. Santa Anna) y una dramática ausencia de solidaridad nacional-

La firme actitud de alerta en el caso de Walker y los triunfos de 1854 y 1857 en Guaymas y Caborca, proporcionaron un inmenso alivio a la opinión pública de todo el país, que generó como consecuencia un digno levantamiento de la maltrecha dignidad nacional que se encontraba por los suelos y el mejor de los preludios sin duda alguna, de la encarnizada defensa del territorio nacional en los años venideros.

Esta es la misma opinión de un tratadista norteamericano:

“Toda una serie de motivos de irritación en las relaciones mexicano-norteamericanas dieron pie a la aparición de sentimientos nacionalistas entre determinados grupos de mexicanos. Ciertas incursiones de filibusteros norteamericanos –como la de William Walker por tierras de Sonora en 1853 y la expedición de Crabb en 1857, en la que fueron muertos más de sesenta filibusteros tras de su rendición, vinieron a despertar la conciencia nacional de los estados septentrionales y a reavivar el temor general de una anexión territorial”.

Juan Antonio Ruibal Corella

– Notario Público
– Ganador de 6 Premios Nacionales en certámenes jurídicos e históricos.
– Autor de 22 libros.