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| Escrito por Franciso Bustamante Tapia |
| Sábado 19 de Abril de 2008 17:43 |
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La Cantina El Oasis por décadas fue la más concurrida de cuantas ha habido en Magdalena, pero cuando estuvo ubicada en el viejo edifico de la esquina de la plaza Juárez. Don Ricardo Bonillas el propietario quien tenía un gran estilo para tratar a la numerosa clientela, tuvo que abandonar con dolor de su alma dicha esquina de Ave. Obregón y Cucurpe al perder un juicio contra los propietarios, la familia Vélez.
En esta cantina sucedieron muchas anécdotas, algunas muy chuscas, otras medio terroríficas como es el caso de Manuel Yépis, muy buen trabajador pero bebedor empedernido que a diario se daba cita. Cierta noche que empinaba el codo sintió que le tocaban el hombro, volteó para ver a un hombre al que jamás había visto en el pueblo. Se sentó con él a tomarse una cerveza, al rato dos, que él mismo brindaba al borracho ya muy feliz ante complaciente compañero. Al poco, éste le hizo una invitación para ir a la zona de tolerancia que funcionaba en el barrio San Felipe. Nuestro personaje se estuvo negando que porque estaba muy aislada y por esos años varios maleantes merodeaban por los despoblados arroyos asaltando a los transeúntes. ¿Entonces qué, vamos a ir o vamos a ir?, dijo el desconocido ya sin dejar opción un tanto exasperado ante la negativa de su compañero de parranda. Ricardo Bonillas desde la larga barra le decía, "Ya vete para tu casa Bernardo que estás muy tomado, mira nomás ya estás hablando solo". No estoy nada, respondió Bernardo, mi compa se llama Mario. ¿No es así?, dijo dirigiéndose a su acompañante. "Ultimadamente cómo están fregando, vámonos pues a la zona" le dijo, y a la vez que se levantó con descontrol por el exceso de bebidas. "Eso si, tu manejas la charanga…" Al llegar a la zona, entraron a un salón, su inseparable acompañante le dijo que pidiera lo que quisiera, y que agarrara la mujer que quisiera, que al cabo él pagaría todo, a la vez que arrojaba grandes cantidades de dinero sobre la barra. Cuando ya iban a cerrar el salón, llenos de todo se treparon al carro, y al ir llegando a la vía ya que Bernardo vivía en la otra banda, el acompañante se desapareció dejándolo solo y envuelto en una peste a azufre inaguantable, que lo hizo ponerse a arquear devolviendo el estómago. Y ni modo la charanga estaba recién reparada, así que el humo no provenía del motor. "De viejo me tuvo que salir el diablo para que dejara de beber", pensó Manuel Yépis. Y por dos o tres años dejó de acudir al Oasis. Poquito le duró el susto.
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