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PRIMERA PARTE
Dr. Arturo Arellano Romero
Hablar de presidios, es recordar un pasado ligado a todo el
norte de México, que abarca desde mediados del siglo XVI hasta principios del
XIX. La expansión de España hacia el septentrión, hasta llegar a los ríos
Colorado, Gila y Grande, hicieron necesario la formación de las compañías
veteranas, las volantes y las compañías presidiales.
Estas últimas de quien
Sepúlveda dice "radicadas en territorio hostil, soportaban el peso de la guerra,
casi continua, con los bárbaros y estaban integradas por nacidos en la Nueva
España, a veces por razas mezcladas, tropas pintorescas avezadas en la lucha
contra los elementos y los bárbaros, guarnecían un puesto fortificado, que era
el presidio".
El presidio era una especie de fuerte, ubicado la más de las
veces en los límites de la corona española de sus diferentes colonias: A decir
de Moorhead, el presidio era una versión miniaturizada del castillo medieval, de
altas y gruesas paredes de adobe, con unas torres circulares o rectangulares, en
su interior tenía un cuadrado, que podía formar parte de la plaza mayor del
pueblo.
El presidio, además de servir como defensa y protector del territorio
ganado, fue también junto con la misión el centro para la formación de núcleos
de población de españoles, mestizos e indios integrados a la nueva
"civilización".
PRESIDIO DE FRONTERAS
El primer presidio que se estableció
en territorio sonorense lo fue el de Corodéguachi o de Fronteras, siendo una
transformación de La Compañía Volante de Sonora, que en 1691 capitaneaba el
gral. Francisco Ramírez de Salazar, y de la que posteriormente se hiciera cargo
Don Domingo Jironza Petriz de Cruzat, (Al año siguiente en 1692. quedaría
establecido lo que fué propiamente el Presidio de Fronteras) que por despacho de
2 de marzo de 1693 fue nombrado Capitán vitalicio de la Cía. Volante de Sonora,
con asiento en el mismo presidio.
Estaba situado a 60 "leguas" (aproximadamente
240 kms.) del Presidio de Janos, fundado unos años antes y su propósito
fundamental era el de proteger las misiones sonorenses del ataque de los
apaches, janos, sumas y jocomes provenientes del norte y que por largos años
causaron cuantiosos daños a la población recién establecida.
Anterior al
Presidio de Fronteras y como único en el noroeste, fué establecido por el año de
1596, el de Sinaloa, situado en la antigua villa de San Felipe y Santiago de
Carapoa, que a decir del Capitán Mange, era "para amparar a los indios
cristianos de los gentiles y obviar que estos no fueran perturbados en la fe que
con fervor abrazaron e impedir que quemasen y profanasen templos .
En si, se
puede decir que el siglo XVII fué testigo del nacimiento de los presidios en la
Nueva Vizcaya, a excepción hecha del ya citado de Sinaloa: En la década de los
90's, el Virrey Conde de Galve, determinó dos visitas generales de inspección a
los presidios para estar mejor informado de su organizacion y de su
funcionamiento. El maestro de campo Don José Francisco Marín, al cual el Virrey
le dió nombramiento también de "visitador de las armas y presidios de este reino
de la Nueva Vizcaya".
Para septiembre de 1693, ya se encontraba Marín en San
José del Parral, y aunque no consta que recorriera personalmente todos los
presidios, recabó importante información que sirvió para normar las actividades
militares en los años siguientes. ya que en general, sus sugerencias fueron
aprobadas por el Consejo de Indias. Según encontró Marín, las tropas y oficiales
de la Nueva Vizcaya se componían de 381 hombres entre los cuales estaban los 50
de la Cía Volante de Sonora.
Don Domingo Jironza estuvo como Capitán del
presidio hasta marzo de 1701, en que fué removido del mando por "intrigas
injustificadas" del Capitán Jacinto de Fuensaldaña, quien ocupó su lugar "por
medio de informe siniestro al Rey" (Almada, 1984). En 1704 se le confirió el
mando del presidio a Don Gregorio Alvarez Tuñon y Quirós, sobrino del anterior,
estando por 2 años, de 1706 a 1708, se hace de nuevo cargo Jacinto de
Fuensaldaña, para que a partir de 1708 lo remplazara en forma definitiva de
nuevo Gregorio Alvarez, durando en este puesto hasta 1726 en que fué destituido
por el Visitador Brigadier Don Pedro de Rivera por incumplimiento de sus
obligaciones militares entre otras causas. El Brigadier había arribado al
Presidio de Corodéhuachi el 29 de octubre de 1726, como un punto más en su
recorrido por los presidios de la Nueva España.
Estuvo por espacio de 33 días en
dicho presidio, demorando su salida -de lo que dice con sus propias palabras-:
"un temporal de aguanieves, que duró 11 días y por haber crecido todos los ríos
y salido su Madre, se experimentaron muchos daños en toda la provincia". Antes
de partir hacia el Presidio de San Felipe y Santiago de Sinaloa, el Brigadier
había destituido al citado capitán Gregorio Alvárez y nombrado a Don Juan
Bautista de Anza, quien fué un magnífico jefe militar, y quien nunca dejó de
luchar en contra de los indios rebeldes, hasta que fué muerto en campaña por los
apaches en el año de 1739. Anteriormente en 1729. había formado parte de la
expedición contra los seris, emprendida el 16 de agosto por el Gobernador de
Sonora Don Manuel de Huidobro a la Isla del Tiburón.
Para 1764, el capitán
del presidio lo era Don Gabriel de Vildósola. (hijo del que había sido
Gobernador Don Agustín de Vildósola) que a decir de Victoria Hernández, se le
había nombrado, a la muerte del capitán de Fronteras, "y tiene confirmada su
plaza en virtud de Real Título de 20 de Noviembre de 1754". Almada dice que se
le nombró capitán del presidio en recompensa a sus servicios el primero de mayo
de 1751. puesto que conservó por más de 30 años.
Don Gabriel de Vildósola
colaboró en varias campañas que se hicieron para someter a los Pimas altos,
ayudando al cap. del presidio de Terrenate Joseph Díaz del Carpio, entre otros.
Durante el gobierno de Diego Ortiz Parrilla (1749-1753), se le encomendó buscar
un paraje que sirviera para establecer un nuevo presidio, pero esto no habría de
realizarse, sino hasta 20 años después, por medio de los dictámenes del Marqués
de Rubí, los cuales sirvieron al Marqués de Croix para formular el "Reglamento e
Instrucción para los Presidios sobre las Fronteras de las Provincias Internas de
este Reino de la Nueva España", y que fueron aprobados por el Rey Carlos III, en
cédula del 10 de septiembre de 1772.
Al respecto del presidio de Fronteras
decía: "que por hallarse tan mal situado, en que hay un mediano vecindario, que
dista 60 leguas, del de Janos, dejando por consiguiente descubierta una gran
parte de la frontera más expuesta a las incursiones de los apaches gileños, se
ha de trasladar con la brevedad posible al Valle de San Bernardino, a otro
paraje inmediato, si lo hubiese más ventajoso, con el preciso destino de que,
cruzándose y uniéndose sus destacamentos con los de Janos y Terrenate, contengan
las entradas de aquellos bárbaros, cayéndoles con frecuencia sobre sus cercanos
aduares o rancherías.
Cuando en 1775 el inspector general de los presidios:
hacía su segunda visita a los presidios de la provincia describió que: "la
compañía establecida en Santacruz, cortaba por el vado de Palominas a la
Soledad, de allí a tierras llanas y pasando por la sierra de Chiricahui
establecería contacto con el presidio de San Bernardino, a donde se había movido
la compañía de Fronteras". No sería sino hasta 1809 en que la compañía de
Fronteras volvería a su original asiento.
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