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Los primeros españoles que pisaron tierras sonorenses lo hicieron
en los últimos días de septiembre del año de 1533. cuando Diego de Guzmán se
internó en el territorio que ahora ocupa el Estado, llegando hasta la ribera del
río Yaquimí, ahora Yaqui.
En 1614, ochenta años después, el misionero jesuíta
Pedro Méndez estableció las primeras misiones entre la Tribu Mayo, pero fueron
las acciones y hechos sucedidos en el período transcurrido entre 1609 y 1617,
los que habrán de tener mayor trascendencia en las futuras relaciones entre los
conquistadores y nuestras tribus y qué, indirectamente, tuvieron una gran
influencia en la formación del sonorense de nuestros días.
Después de dos
intentos fallidos de establecer la autoridad española sobre la tribu yaqui, el
Capitán Diego Martínez de Hurdaide organizó en el año de 1609 el mayor ejército
que hasta entonces se hubiera visto en el norte de la Nueva España, para
enfrentarlo a los aguerridos yaquis y de una vez por todas lograr su
sumisión.
El ejército del Capitán Hurdaide estaba integrado con 4,000
guerreros indígenas de las tribus de los sinaloas, los ocoronis, los tehuecos y
otras que previamente habían sido sometidas militarmente e incorporadas al
sistema misional en los ríos Sinaloa, Fuerte y Culiacán. Este ejército se
apoyaba con un cuerpo de caballería de 44 soldados españoles bien dotados de
armas y de sus armaduras, además de soldados de infantería provistos de lanzas,
espadas. arcabuces y un cañon.
Según la versión de los propios españoles
relatada por el misionero jesuíta Don Andrés Perez de Rivas, el ejército yaqui
se componía de 7,000 hombres que prestos habían acudido de las 80 rancherías que
se encontraban al margen de su río y que constituían la nación yaqui, para
defender su tierra de los invasores.
La dotación de pólvora, municiones y
alimentos con que contaba la fuerza española, la presencia en el combate de la
caballería que los guerreros yaquis enfrentarían por primera vez, la coraza
defensiva que el guerrero peninsular llevaba en su atavío militar que le
defendía con gran éxito de las flechas enemigas, y, en fin, todos los elementos
modernos para esa época presentes en el ejército español, incluido el de su
organización y el de ser mandados por un jefe militar que había tenido un gran
éxito en todas sus campañas, conducían a pensar que eventualmente la victoria
habría de inclinarse al lado del conquistador.
Al despuntar el alba los
yaquis cruzaron resueltos y desafiantes el rio y atacaron el campamento enemigo
con tal ímpetu y frenesí que los defensores solo se sostuvieron a causa de
grandes bajas entre muertos y heridos. Cada vez que los defensores lograban
recuperarse y pasaban a la ofensiva, los yaquis cruzaban el río utilizándolo
como trinchera, pero volvían de nuevo al ataque en cuanto rehacían sus
fuerzas.
En el curso de la batalla que duró todo el día, además de algunas
escaramuzas nocturnas, todos los españoles resultaron heridos, pero ninguno fué
muerto, a diferencia de las fuerzas indígenas aliadas que sufrieron una gran
cantidad de bajas. Los guerreros indígenas que reforzaban las armas españolas se
desanimaron ante la fuerza de los ataques yaquis y dejando a numerosos muertos y
heridos en el campo de batalla huyeron a sus tierras del Sur. Pronto fueron
seguidos por la mitad del ejército español que rápidamente, unos a pié y otros
montados, se dirigieron al presidio y pueblo de Sinaloa para salvar el
pellejo.
La otra mitad de los soldados españoles se agruparon en torno a su
jefe, el capitán Hurdaide, quién herido por una flecha que penetró su casco
estuvo a punto de morir. Casi toda la noche estuvieron los españoles rodeados
por los guerreros yaquis quienes querían la cabellera de Hurdaide para proclamar
y celebrar su triunfo, pero éste, en un acto valiente y de ingenio, logró poco
antes del amanecer, escabullirse y escapar con su muy deteriorado ejército.
CAMBIOS EN LA ESTRATEGIA DE LOS CONQUISTADORES:
Fué
de tal magnitud la derrota sufrida por los españoles y el respeto que les
inspiró el arrojo y valentía de los guerreros yaquis que el Capitán Hurdaide no
consideró siquiera la inmediata reorganización de sus fuerzas ni realizar un
nuevo ataque. y. de hecho, renunció a la pretensión de imponer, con base en la
fuerza militar, el dominio español al norte del río Yaqui.
Es plenamente
evidente que la derrota infligida por los yaquis a las huestes conquistadoras
cambió totalmente la estrategia y los medios que la corona española habría de
seguir para conquistar el territorio más septentrional de la Nueva
España.
Los eventos que siguieron a la derrota de los españoles, durante seis
o siete años hasta la entrada de los primeros misioneros al Yaqui en 1617, son
sumamente raros e inexplicables.
Sobretodo porque los únicos testimonios con
que contamos provienen de los propios españoles, quienes se negaban a reconocer
en nuestros aborígenes actitudes humanas diferentes a las guerreras.
Lo que
es evidente es que después de su triunfo los yaquis quedaron en una posición que
les permitía imponer condiciones para llegar a la paz y que, en ese período de
siete años estuvieron en continuo contacto con las tribus vecinas ya sometidas
al sistema misional. Hacían visitas a sus vecinos del sur y por lo menos, se
sabe de una delegación yaqui a Sinaloa de 400 miembros que representaban a la
mayoría de las rancherías de la tribu. Los misioneros mostraban a los yaquis las
nuevas habitaciones, escuelas, la iglesia, las explotaciones agrícolas, el
ganado vacuno, caballar, caprino, etc. que debieron despertar en el yaqui un
interés por conocer y aplicar en su provecho la nueva cultura.
Es de creerse,
pues, que a las instancias de Hurdaide por lograr penetrar el Yaqui en son de
paz, respondió la tribu con simpatía y buena voluntad pero imponiendo
condiciones. De otro modo no se entiende que los primeros misioneros en tierras
yaquis, el propio Perez de Rivas y Basilio, hayan entrado al valle acompañados
únicamente de cuatro indígenas de las tribus vecinas, pero totalmente
desprotegidos de la fuerzas militar, como era hasta entonces la
costumbre.
Los testimonios españoles argumentaban que esta entrada de los
misioneros y el subsecuente sometimiento de la tribu fué consecuencia del miedo
de los yaquis a los poderes de hechicero que le atribuían a Hurdaide y al
poderío de su ejército. Sin embargo. olvidan las derrotas que previamente a su
aceptación de la paz habían infligido a las tropas españolas e ignoran la
indiscutible capacidad de negociación de la tribu. Spicer dice: "esta
negociación no se les impuso por la fuerza, no fué la paz que se alcanza con una
tribu vencida, ni con un pueblo sin la organización y cohesión necesarias para
resistir su conquista".
No obstante que los primeros aborígenes Sonorenses
sometidos fueron los mayos y que su conquista se realizó igual que la de sus
vecinos del Sur, es decir, por la fuerza militar ejercida por Hurdaide y que
además el Padre Méndez había establecido en tierras de los mayos las primeras
misiones, es la entrada de los misioneros Perez de Rivas y Basilio al Yaqui en
1617, la que habrá de sentar las bases y fijar el rumbo y procedimiento para
someter a las tribus asentadas aguas arriba del Río Yaqui y en todo el
territorio de los que después sería Sonora.
Es decir, desde esa fecha, las
tribus sonorenses habrían de ser sometidas por una arma y un método que la
Corona Española consideró más efectivos que la espada y la fuerza: la cruz y el
evangelio.
Este hecho habría de tener gran trascendencia, no solo por el
éxito logrado en la empresa, sino en los efectos que entonces tuvo en los
aborígenes y que sigue teniendo en la formación del sonorense actual.
Desde
su primera entrada al Yaqui hasta su expulsión 150 años más tarde, los
misioneros jesuitas redujeron a los indígenas sonorenses que habitaban en
innumerables rancherías, en unos 40 pueblos de misión y otros tantos pueblos
llamados de visita. Estos pueblos constituyen ahora la gran mayoría de las
poblaciones rurales de Sonora.
Para atender militarmente a la población de
las misiones así como a la de los reales de minas, el gobierno virreinal contaba
con un presidio militar en el norte del ahora estado de Sinaloa y fue hasta 80
años después de la primera entrada misional que fundó lo que fué la Compañía
Volante de Sonora que al asentarse en Santa Rosa de Corodéhuachi, daría lugar al
primer presidio militar en Sonora, conocido como el presidio de la Frontera de
los Apaches.
Al aceptar los indígenas el sometimiento militar y la nueva
cultura por decisión propia y sin sufrir la pérdida de una a la que no estaban
fuertemente arraigados. Por el propio atraso en que vivían, no tuvo grandes ni
funestas consecuencias, como fué el caso con los aztecas y con los pueblos que
constituían su imperio, los que sí se vieron sometidos a un gran choque
traumático al serles impuesto un nuevo orden social y político por la fuerza y
privarlos de su cultura que sin duda, era incomparablemente más adelantada que
la de nuestros aborígenes sonorenses.
La colonización pacífica de los
territorios sonorenses derivadas del hecho de armas de 1609, en el cual los
yaquis derrotaron a las armas españolas y por el cual se cambió la actitud del
conquistador y se suavizó la del indígena, habría de poner de relieve algunos
aspectos que fueron trascendentes en la formación de la nueva raza:
La
organización social y política de las comunidades misionales que no ponía
énfasis en el respeto a las jerarquías sociales, donde la autoridad virreinal y
consecuentemente la influencia de nobleza o familias poderosas, se encontraba
tan lejana que podía considerarse ausente: el sistema de trabajo impuesto por
los misioneros, en el cual el indígena sonorense nunca tuvo que trabajar sin
remuneración, a diferencia de los indígenas sometidos en Mesoamérica donde las
encomiendas los convertían casi en esclavos: y el autogobierno por los naturales
que se hizo presente en cada pueblo de misión, son aspectos que dejaron honda
huella en el sonorense de entonces y que no son ajenos al carácter y modo de ser
del sonorense actual.
POBLACION INDIGENA A LA LLEGADA DE LOS
ESPAÑOLES:
Cuando los españoles llegaron por primera vez al noroeste de
México, habitaban el territorio de lo que ahora es Sonora, infinidad de tribus
que con excepción de los seris. derivan el mismo tronco lingüístico. Estas
tribus vivían en pequeñas rancherías diseminadas por todo el territorio
siguiendo el curso de los ríos Mayo, Yaqui, Sonora, San Miguel, Magdalena y
Altar y todos sus afluentes que forman los pequeños valles de la sierra y los
grandes valles de la zona costera.
No obstante el gran número de grupos
originales antropólogos los han agrupado en siete principales, cuya población
aborigen era la siguiente:
POBLACION ABORIGEN A LA LLEGADA DE LOS
ESPAÑOLES.
Mayos 25,000
Yaquis 35,000
Seris 5,000
Pimas Altos
1,000
Papagos 3,000
Pimas Bajos 25.000
Opatas 65.000
170,000
A la cifra de 170,000 habitantes aborígenes he llegado
después de sugerir algunas modificaciones atendiendo a los nuevos límites
políticos de la entidad, a las cifras originalmente propuestas por Carl o.
Sauer, en su magnífico estudio
Las siete tribus principales que poblaban el
actual territorio sonorense se distribuían en la siguiente manera: En el Sur,
las dos ramas de la raza cahíta, mayos y yaquis sumaban 60,000 habitantes de los
cuales 35,000 eran yaquis y 25,000 mayos. Estas dos tribus se asentaban en las
riberas de los ríos que dan nombre a los valles y su ocupación principal,
entonces como ahora, era la agricultura.
En la región occidental se
desplazaban por toda la Costa los indios seris que a diferencia de las otras
seis tribus principalmente les hablaban una lengua que no proviene del tronco
común uto-azteca. Los seris no se dedicaban a la agricultura sino que eran
recolectores y cazadores. Sauer estimó que a la llegada de los españoles la
población seri, incluyendo las ramas salinero, tiburón, carrizo y la propiamente
seri, era de 5,000 habitantes.
En el norte y noroeste del Estado. en el
territorio que los españoles conocieron como la Pimería, habitaba en número de
20,000 la tribu de los pimas altos: sin embargo, debido a que una buena parte de
ellos vivían en el territorio que después perdimos y que quedó comprendido en el
estado de Arizona, para llegar a la cifra total he incluído como pimas altos
solo a 12,000 habitantes.
Igualmente sucedió con la tribu de los pápagos
quienes ocupaban territorio de la Pimería que en su mayor parte es ahora de
Arizona, por lo que en la cifra total se incluyen únicamente a 3,000 indígenas
de esta tribu.
Los pimas altos vivían asentados en las riberas de los ríos
Magdalena y Altar, mientras que los pápagos llevaban una vida seminómada a que
los forzaba la escasez del agua en la zona desértica que habitaban.
De la
misma rama lingúistica de los pimas altos pero bastante más sofisticados en la
explotación agrícola, la cual practicaban en los pueblos situados en la parte
central del estado en las márgenes de los ríos San Miguel, Sonora y Yaqui,
vivían alrededor de 25.000 nebomes, conocidos también con el nombre de pimas
bajos. Por el sur colindaban los nebomes con la nación yaqui y al norte con la
Opatería o nación de los ópatas.
Esta tribu, la de los ópatas o eudeves. era
con mucho, la más numerosa de las tribus indígenas cuando los españoles
arribaron a territorio sonorense, Sauer le calcula una población de 65,000
incluyendo algunas ramas que como las jovas estaban ya siendo absorbidas por la
tribu cuando los primeros jesuítas llegaron a su tierra.
Ahora bien, si hemos
de dar como buenos los datos que nos ofrece Sauer, y existen muchos testimonios
escritos de la era colonial que ayudan a calificarlos como correctos, sería
sumamente interesante analizar al devenir poblacional durante los 450 años
transcurridos desde la llegada de los españoles hasta nuestros días. Ese
interesantísimo trabajo, sin embargo, es una tarea mucho mayor de la que esta
sencilla ponencia se ha impuesto, y me concretaré en ella, a hacer una simple
comparación entre los datos de población indígena del inicio del período y la
que hoy existe.
POBLACION INDIGENA SONORENSE EN LA ACTUALIDAD:
No
obstante una notable discrepancia entre la información sobre población indígena
en Sonora, proporcionada por los inciertos resultados del censo de 1980 y los
datos obtenidos del Instituto Nacional Indigenista sobre la población indígena
que vive en las localidades del Estado atendidas por los Centros Coordinadores
del I.N.I., he obtenido una información basada en ambas fuentes que considero
muy cercana a la realidad.
Esta población para los grupos indígenas
sonorenses es como sigue:
Mayos 57,000
Yaquis 26,000
Guarijios
1,980
Seris 565
Pápagos 467
Pimas 240
86,252
Este último grupo, el de los Pimas, vive en una pequeña
ranchería en el municipio de Bacerac que se encuentra en el extremo noreste del
Estado.
Los pápagos viven en 8 localidades de los municipios de Altar, Saric.
Caborca y Puerto Peñasco.
Los 1,980 guarijíos se distribuyen en 25
localidades de los dos municipios más al sureste de la entidad, como son Alamos
y Quiriego.
Tanto los pimas como los guarijíos, sobretodo estos últimos,
viven en condiciones de mucho atrazo cultural y gran pobreza material,
pudiéndoseles considerar totalmente marginados del desarrollo de la
entidad.
Los pápagos y los seris no pueden considerárseles marginados puesto
que participan modestamente pero mostrando buenos adelantos, los primeros en
actividades ganaderas y los segundos en la pesca y en las artesanías, en las que
han dado fama a las figuras de palo fierro tallado
Pero los dos grupos más
numerosos y que constituyen más del 96% de la población total indígena, los
mayos y Yaquis, no solo participan en las actividades económicas de la entidad
sino qué actúan en varias áreas, como lo son, agricultura, ganadería, pesca y
pequeña industria.
Especialmente los yaquis cuentan con magníficos agostaderos
tierras agrícolas y agua de la presa de su río en cantidades suficientes para
que todos los integrantes del grupo pudieran gozar de una regular posición
económica. El principal impedimento para lograrlo ha sido hasta ahora, la falta
de educación general y la ausencia de liderazgo bien intencionado que se
tradujera en una mejor organización.
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