Portada Historias y Cronistas El Levantamiento de Tetabiate y la Paz de 1897
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Escrito por Administrator   
Lunes 08 de Febrero de 2010 04:54

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En el  Yaqui surgió una nueva revolución encabezada por el Tetabiate, cabecilla no menos indómito ni menos temible que Cajeme. El Sr. General Luis E. Torres emprendió contra él vigorosa campaña que terminó con la paz de Ortiz celebrada el 15 de Mayo de 1897, y de la que nos vamos a ocupar con el detenimiento que merece.

Esa paz se debió principalmente a los esfuerzos y abnegación de los señores Gobernador Corral, Generales Luis E. Torres, Lorenzo Torres y Francisco Peinado, de recientes y sentidísimos fallecimientos, y si ella no fue definitiva,  débase no a falta de tino y consideraciones del Gobierno y los suyos, sino a que una vez mas, como siempre, ha demostrado el yaqui que pide la paz no por otra cosa que por impotencia y que esa bandera blanca con que se ha presentado y que le ha valido ayuda y perdones, felón y artero la desgarra en cuanto siente que las tranquilidades y beneficios de la paz han ahuyentado de su maldito ser la fatiga y la miseria. Pero hablemos ordenadamente de esa paz, de la que tantos bienes se esperan fundadamente y que nueva vez pisoteó traidor el sombrío yaqui.

 

 

 Francisco Peinado

 A un valiente subordinado del Sr. General Torres, a un noble caudillo toco iniciar y terminar las negociaciones, al entonces Coronel Peinado, justamente conceptuado como leal entre los leales, modelo de modestos, valiente como los que saben serlo, y por eso popular y generalmente querido, sin armas y exponiendo su pecho a las balas indígenas, se presentó en el campo de los  rebeldes a plantar entre ellos el estandarte blanco como símbolo de la magna obra en que tan interesadamente colaboraba con el pacificador  Sr. General Luis E. Torres.

El día 25 de Enero del año que hemos señalado fue celebrada la primera entrevista con el Jefe de la tribu rebelde Juan Maldonado, Tetabiate, quien a nombre de sus huestes ofrecía al Gobierno su sumisión a cambio del indulto y otras entrevistas fueron celebradas en las fechas que mas adelante citaremos, con el intermediario  señor Coronel Peinado y con el Jefe de la Zona señor General Torres.


La rendición y la firma del tratado de paz se había fijado para el día 15 en Tetacombiate, pero el Sr. General Torres, deseando que todo el que deseara pudiese presenciar otro acto tan solemne como imponente, arregló que la ceremonia fuese celebrada en la Estación Ortiz, a donde previamente fueron enviadas las siguientes tropas: Cincuenta hombres del 12° Batallón al mando del Capitán  2°. Sr. Juan B. Ulloa, cincuenta hombres del 11° Batallón al mando del Capitán  2° Don Juan G. Castillo. Durante varios días estuvieron pasando diversas partidas armadas por Ortiz con dirección a Tetacombiate, siendo la mas importante una de 150 indios perfectamente armados y municionados y que fueron a alojarse el día 14 al Cuartel del 5° Regimiento en La Misa. En aquel sitio les fueron distribuidas provisiones y vestidos para ellos y sesenta familias que los acompañaban.

 

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Juan Maldonado “Tetabiate”

 

La víspera del acto llegó el Sr. General Torres en tren especial  a las 4 de la tarde a la Estación Ortiz, saliendo enseguida para el campamento de los indígenas acompañado del Sr. Coronel Peinado después de haber dictado sus últimas decisiones.

Desde la víspera del día comenzaron a llegar personas de todos los ranchos cercanos y de las poblaciones  a lo largo de la línea del ferrocarril. Para el acto se hizo instruir en  la espaciosa plazoleta de la localidad una vistosa plataforma de madera perfectamente engalanada con bandas tricolores, al frente un buen retrato del Sr. Presidente de la República, a la derecha una tribuna y a la derecha e izquierda hileras de sillas para las familias. 

La mayor  parte de las casas fueron vistosamente engañadas con ramaje, farolillos, banderas, etc., como a 200 metros al S. O. de la plataforma fueron construidos dos extensos ramadores como de treinta metros de largo por quince de ancho para campamento de los indios, y una ramada pequeña debajo de la cual se veían cuatro enormes cazos de cobre destinados  al guacabaque de los indios.

 

Aparte de la numerosa concurrencia que había desde la víspera, en el tren ordinario del día 15 que salió a Ortiz, minutos antes de las doce llegaron en unión de los Poderes del Estado mas de 200 personas entre ellas muchos extranjeros y algunas señoras.  Se notaba a todos con entusiasmo e interés justificados por  las circunstancias. Minutos antes de las tres de la tarde se hizo una gran polvareda por el camino que conduce a La Misa, y se vio al inmenso genero  que poblaba la Estación Ortiz correr a  colocarse en los mejores sitios para presenciar la entrada de los rebeldes.  Un alférez ayudante a todo galope llegó a pedir permiso al Sr. General, que oportunamente había regresado del campamento enemigo, para que entrara a fuerza.  Concedido este, en breves momentos se vio aparecer la cabeza  de la columna: A descubierta venían como exploradores cinco dragones del 5° Regimiento a paso de marcha a 20 metros de distancia, la columna en  primer término el Coronel Peinado vestido de charro y montando un hermoso caballo  colorado, a su derecha Juan Maldonado Tetabiate, Jefe de los rebeldes.  El caudillo indígena era de mediano estatura, de complexión robusta,  frente un tanto despejada, ojos negros, hundidos y muy brillantes, nariz aguileña, bigote y piocha entrecanos  y tenía en esa época 42 años, montaba un caballo colorado que le fue obsequiado por el comerciante Guaymas, y vestía sombrero aplomado jaranda, pantalón de casimir del País color claro, zapatos corrientes, en la cintura portaba una pistola de puño de concha calibre 44. En la misma línea venían los capitanes rebeldes Julián Espinosa, secretario de Tetabiate, Loreto Villa y Felipe Valenzuela, su segundo en Jefe. A continuación el 5° Regimiento.

 

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Julián Espinosa

 

Seguía la columna compuesta de 394 yaquis,  vestidos de algodón azul y sombrero de petate, de los cuales 213 venían armados de rifles Remingthon de infantería, carabinas antiguas de caballería de un tiro, de flechas y  dos o tres carabinas viejas de cámara de metal amarillo, cada uno portaba dos cananas de cien tiros, cuchillo a la cintura, hules, porrones y caramañolas para el agua, y en las manos desarmada llevaban una varilla de jara.  Entraron con el arma terciada, formados en columna y marchando al son de  un tamboril que redoblaba un indio y al  de los marciales sones de la música y banda del 5° Regimiento que batían marcha.  A la cabeza de la columna yaqui, un  joven portaba una bandera de seda blanca con dos guías de la misma tela y fleco de oro, en cuyo centro se veía esta divisa:  ¡Viva la paz del yaqui! 25 de Enero, 25 de Febrero, 26 de Marzo, 26 de Abril  y 8 de Mayo de 1897, fechas  todas que señalan las diversas etapas de la pacificación.  La  formación y marcha de los indios era correcta y disciplinada.  En esa época la tribu yaqui, a su modo formaba un ejército, no como ahora, que constituye una abominable serie de cuadrillas de ladrones.

 

Por último, cerrando la columna iban hasta 20 individuos a caballo que eran autoridades de los pueblos del yaqui, guías y capitancillos de los indios. Al llegar a la altura del grupo formado por el Sr. General Don Luis E. Torres y demás Jefes, Gobernador, Vice_Gobernador del Estado y otras personas que lo acompañaban, saludó el Sr. Coronel Peinado y a indicación suya Tetabiate quitándose su sombrero. Llegados a los ramadones, hicieron alto permaneciendo a caballo el Jefe rebelde y los capitancillos.  Se dividió la columna en dos cuadros y mandaron formar pabellones sentándose los indios a descansar y estableciendo sus centinelas.

El sol ardía calentando los tostados y ennegrecidos rostros de los rebeldes, un polco sutil  levantado por el viento caliente que soplaba los envolvía como en un velo; el cielo enteramente limpio y lOs acordes bélicos de la banda del 5° Regimiento impresionaron vivamente a la multitud, que presenciaba el  desfile de los rebeldes.  El Sr. General Torres igualmente impresionado, se arrojó con viva efusión en los brazos del aguerrido e incansable General Don Lorenzo Torres.  El cerebro que piensa, el brazo que ejecuta  y los dos corazones embargados por la misma emoción se fundían en uno solo. Vivas y aclamos por los Generales Torres y Coronel….sonaron en el espacio y la multitud se deseminó por todas partes yendo los mas a ver de cerca de los indios.

 

Al llegar la columna al Rancho del Echo, un fayuquero disparó unos balazos entusiasmado sin duda. Los indios, recelosos y desconfiados, volvieron la cara temiendo una traición y entonces el Sr. Coronel Peinado mandó hacer alto, aprehender al alborotador y fusilarlo.  Tetabiate interpuso su influencia y el fayuquero fue perdonado.  Había orden estricta de no disparar ni aún cohetes. Daremos algunos detalles importantes:

 

El caudillo rebelde Tetabiate fue el último miembro varón de una familia de guerreros indios.  Su padre se llamó Luis Maldonado, quien tuvo tres hijos, Luciano, Juan y Manuel, los dos primeros fallecieron en la guerra; Luciano denunciado por un ranchero  fue colgado. Entonces se levantó  en armas Manuel adquiriendo desde luego gran prestigio entre su tribu por su abolengo de harnero rico, por su valor temerario por su astucia diabólica y por su energía feroz y salvaje. Juan Buitimea fue un indio que el Coronel Peinado curó de sus heridas y lo tomó a su servicio tratándolo con tanta bondad que al curarse no quiso separarse ya de su salvador. La gratitud del indio habilísimamente explotada por el Coronel, fue el primer paso para llegar a la razón obscura del Jefe rebelde;  fue  el primer emisario  que llevó a los campamentos enemigos la semilla de oliva enviada para fructificar andando el tiempo. Después llegó en Noviembre del año anterior a la pacificación el misionero Presbítero Don Fernando M. Beltrán,  ampliamente recomendado al señor General Torres por el señor Presidente de la República, logrando ponerse al habla con los indios por mediaciones de Hilario Amarillas, indio del Médano.

 

Al principio los rebeldes recibieron las exhortaciones del Sr. Cura Beltrán con la natural desconfianza y recelo de su carácter, llegando  hasta a dirigirse a la Mitra de Sonora inquiriendo el carácter y origen del referido misionero.  Sus sermones, sus consejos, sus pláticas llenas de unción y caridad evangélicas, iban abriendo  en el cerrado corazón del indio desconocidos horizontes de luz y de consuelo en su vida nómada llena de tribulaciones. 

El Sr. Gral. Torres y el Sr. Coronel Peinado seguían  aguzando todo su ingenio para infundir confianza en aquellos despechados, hasta que vino a lograrse que ellos mismos solicitaran la paz a cambio de todas las garantías que con prodigalidad se les dispensaron. A las seis de la tarde del día que nos ocupa sonó el tambor de los indios, se armaron y recibieron cada uno una bandera blanca con la inscripción  Paz en letras azules. 

En formación correcta y con sus jefes a la cabeza, Tetabiate, Julián Espinosa y Felipe Valenzuela recorrieron la plazuela hasta situarse frente a la plataforma que hemos descrito.  Sentados frente a la mesa estaban el Sr. General Luis E. Torres, a su derecha el General Lorenzo del mismo apellido, a la izquierda el Gobernador del Estado Sr. Don Ramón Corral, Vice-Gobernador Dr. P. Figueroa, Sr. Rafael Izábal y algunas otras personas.  En el ala izquierda y a continuación del Sr. General Don Lorenzo Torres, el Sr. Coronel Don Agustín G. Hernández, Jefe del 12° Batallón, el Sr. Coronel Don Francisco Peinado, Jefe del 5° Regimiento, el Sr. Coronel Don Alfonso Martínez, Jefe del 11° Batallón, el Sr. Coronel Ingenieros Don Ángel García y Peña, el Sr. Teniente Coronel Don Pascual Urías, 2° Jefe del 5° Regimiento y algunos otros Jefes y paisanos de la primera sociedad de Guaymas y Hermosillo; en ambos lados de la plataforma había hileras de sillas ocupadas por las familias que  concurrieron; frente a la mesa Tetabiate y sus dos secretarios Loreto Villa y Julián Espinosa y en la plazuela  un inmenso gentío ávido a presenciar en sus detalles la solemne ceremonia.

 

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Loreto Villa

 

Al terminar el Himno Nacional tocado por la banda del 5° Regimiento y en medio del silencioso recogimiento de los presentes, dio lectura el Sr. Secretario del Estado Don Celedonio Ortiz a la siguiente acta:

 

República Mexicana – 1° Zona Militar.-  General en Jefe.

Acta levantada en la Estación Ortiz, del Distrito de Guaymas, Estado de Sonora, el día quince de Mayo de mil ochocientos noventa y siete, con el objeto que enseguida se expresa:

Juan Maldonado, Jefe de la Tribu Yaqui que ha estado en armas durante largo tiempo, reconoce la soberanía del Supremo Gobierno de la Nación y la del Estado y reconoce también  que es su deber someterse a la obediencia de las autoridades que de uno y otro emanan y por lo mismo se somete con todos sus compañeros de armas al Supremo Gobierno de la Nación representado aquí por el General Luis E. Torres, en Jefe de esta Zona Militar.

 

El General Luis E. Torres acepta en nombre del Gobierno la sumisión del Jefe Juan Maldonado y sus compañeros de armas y les ofrece en nombre del mismo Supremo Gobierno toda clase de garantías, la seguridad de que no serán violentados en su persona ni interesadas por motivo de la sublevación pasada, y en nombre del mismo Supremo Gobierno de la Federación les ofrece terrenos en el Río Yaqui  de los que están desocupados en los ejidos de los pueblos y destinados para los indígenas originarios del Río Yaqui. 

Además, ofrece el C. General en Jefe obtener algunos recursos tanto del Supremo Gobierno Federal, como del Gobierno del Estado,  para proporcionarles algunos animales y provisiones a lo menos por dos meses  para ellos y sus familias, cuyos animales y provisiones se les distribuyan en los pueblos en que se radiquen. 

Esta acta la firmará el Sr. Gobernador del Estado, algunos de sus empleados, y personas muy conocidas y de representación de Guaymas y Hermosillo, y se sacarán de ella cuatro copias, una de las cuales se entregará al Jefe Juan Maldonado para su resguardo y el de sus compañeros. Luis E. Torres. Ramón Corral. P. Figueroa. Juan Maldonado. José Loreto Villa, Julián Espinosa, Coronel Francisco Peinado, Lorenzo Torres, Coronel A. G. Hernández, Ángel García Peña, Coronel Alfonso Martínez A. Bustamante, Rafael Izábal, C. Besjaeger, Pedro Costa.  F. Montijo, Luis A. Martínez.  M. Denegri, J. Zenizo, F. M. Aguilar, J. A. Naugle. Teniente Coronel Miguel F. Hermosa. P. B. Chisem. V. Aguilar. Teniente Coronel Pascual Urías. Dámaso  Sánchez. L. W. Mix, Gustavo Torres, Leonardo Gámez, Fernando Aguilar, Gabriel Ortiz, H. Wolf. Ptro. Fernando María Beltrán, Allen T. Bird. Enrique P. Cortés, F. S. Pujol.   Horvilleur y  Save, José Espriu, A. D. Aiuslie, Enrique Monteverde, Jesús Cruz,  F. Verdugo, Fernando Méndez, E. Pelaez, Cap. 2° Luis de la Rosas, Cap. 1°. Joaquín Telles. Cap. 2° Juan B. Ulloa, Celedonio C. Ortiz. Cap. 1° Ayudante Agustín Martínez y otras muchas firmas.

 

 

 

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Coronel Peinado estrechando la mano de “Tetabiate”

Estación Ortiz, Distrito de Guaymas, Sonora, 15 de Mayo de 1897

 

Terminada la lectura del anterior documento, el Jefe de la Zona preguntó a los cabecillas si estaban con el conformes, contestando afirmativamente los interpelados. A continuación fueron firmadas cuatro copias, una de las cuales fue entregada  a Tetabiate, otra al Sr. Coronel Peinado, otra al Sr. Gobernador del Estado y otra que conservó el Sr. General Don Luis E. Torres para enviarla al C. Presidente de la República. Al ponerse en manos del caudillo rebelde el documento trascrito, el Sr. General Torres le dijo:

 

Juan Maldonado:

Te entrego este sobre que contiene su indulto y el de tus subordinados, y te doy un abrazo en nombre del Supremo Gobierno en señal de conciliación y de olvido del pasado. Sentimos que no se conserve  íntegra- para publicarla la inspirada, elocuente y conmovedora improvisación del Sr. General Torres que, dicen, estuvo llena de fuego y de grandezas en aquellos solemnes momentos tan fácil  y traidoramente olvidados por los  indios.

Refieren los oyentes que las frases salían de sus labios sencillas y brillantes: habló de los sufrimientos, de la abnegación rara de sus compañeros de armas, hizo justicia a las preclaras virtudes del General Lorenzo Torres  a quien llamó su hermano, trajo a la recordación de los presentes las alarmas sentidas otros tiempos, el estancamiento del progreso en las comarcas del Yaqui, explicó la importancia que como factor principal en el trabajo tenían los indios en Sonora: tuvo  elogios y frases de agradecimiento para el Sr. Presidente de la República, y de esperanza y de conciliación  para los indios, y terminó vitoreando al primer Magistrado de la República, a la paz, y a los Jefes y tropas federales que hicieron la campaña.

 

A continuación el Sr. Corral con su claro talento y su fácil dicción dirigió una alocución a los presentes análoga a las circunstancias del momento y que desgraciadamente tampoco se conserva, para igualmente publicarla. Enseguida se procedió a la distribución entre los indios de un talego de dinero llevado expresamente con ese objeto, tocándole sesenta pesos a Maldonado y dos a cada uno de los indios. 

Fueron subiendo a la plataforma uno por uno y recibiendo su gratificación de manos del Sr. Dr. Figueroa. Cuando el reparto terminó, el Sr. Coronel Peinado abordó la tribuna y con voz entrecortada por la emoción que lo embargaba, pronunció el siguiente discurso que le fue aplaudido con inusitado entusiasmo:

 

 “En tan solemne acto, en ocasión tan grandiosa, no es posible que guarde silencio. Hechos que reúnan las  condiciones y detalles del que presenciamos son tan sublimes, tienen una fuerza dominadora tan absoluta, que se imprimen sobre la conciencia, sobre el corazón y sobre la inteligencia. 

Por eso mi voz sed levanta, no para pronunciar frases de correcta estructura, sino para desbordar el sentimiento que se ha posesionado de mi ser, para colocar el laurel de triunfo que mi corazón y mi amistad dedican a todos  y a cada uno de los valientes, de los ameritados militares, que unos dirigiendo y otros ejecutando, han  prestado su contingente poderoso hasta llegar a este supremo momento en que una parte del listado se emancipa de la prolongada lucha, hasta este supremo momento en que es un hecho la  redención de una raza que entregará sus brazos al progreso del Estado.

 

Ahí tenéis al señor General D. Luis E. Torres, en Jefe de la Zona, con la  conciencia tranquila de un deber cumplidor, modesto, sin apariencia de su inteligencia, de su acto, de  su valor, de sus mil cualidades que  hay en el hombre abnegado, el hombre superior. Ahí tenéis al señor General D. Lorenzo Torres, 2° en Jefe revistiendo con carácter de humildad que enaltece sus nobles y grandes cualidades como militar y como miembro oficial, firme en sus energías; para él no hay descanso, no hay familia, la edad nada sigue, ni las enfermedades le preocupan.

Ahí tenéis a mis hermanos, a mis compañeros de armas, completando ese cuadro que la significación del valor, de la abnegación de la inteligencia, todos hechos al rudo combate engalanados sus pechos por la gratitud a nuestra Patria y los que hoy se cubren una vez de un nuevo galardón que es tanto mas glorioso cuando mas penosos les fue alcanzarlo.

 

Párrafo aparte es necesaria en elogio a las autoridades del Estado, que no han perdonado medio ni sacrificio para terminar la sangrienta lucha cuyos últimos detalles se pierden en lejanos horizontes, pero son tan conocidos sus esfuerzos que el criterio público los ha premiado ya. Y ahí tenéis, señores, a Juan Maldonado (a) Tetabiate), a sus guerreros, no sin armas porque no son hijos de un Estado abyecto, sino de un Estado de hombres libres;

ahí los tenéis, vencidos por las leyes del progreso y la civilización, ahí los tenéis, y ved que en todas las líneas de batalla ondea la enseña de la paz; sus corazones  están abiertos para dar y recibir amor, y que sus brazos dejarán el arma para empuñar el arado. Ahí los tenéis después de diez años de lucha; diez años en que no los hicieron cejar ni la muerte ni el hambre; guerreros heroicos  que en su ignorancia defendían algo que creían un ideal; algo que  jugaron un principio;

guerreros que acaban  por hacerse grandes  ante su nación, grandes ante el mundo por su tenaz resistencia pero frente a ellos aquí esta quien todo lo ha podido y a quien esto se debe, el señor General en jefe; aquí está quien  les ha ofrecido no solo el indulto sino elementos: el Gobierno del Estado y a Juan Maldonado, Tetabiate, no se le ha declarado rebelde sino hermano y ese hermano aquí se presenta, no como  ese esclavo con cadenas, ni entre filas; se presenta voluntariamente con sus yaquis armados y  nosotros así los recibimos, como una prueba de que tendemos los brazos a unos valientes, a  unos leales hijos del Estado que hoy para siempre, serán los defensores de esta paz que hoy reciban.

 

Ved esa gran enseña blanca que tiene una fecha: 25 de Enero; es la fecha en que él se prestó a los tratados; 25 de Febrero no estaba sometido y ofrecía garantía de vidas y plena seguridad en los caminos, 26 de Marzo, es la fecha de la primera entrevista con él en La Cieneguita; 29 de Abril es la fecha de la segunda entrevista en el Tetacombiate; 8 de Mayo, Tetabiate en ese mismo punto, sale a recibir al señor General en Jefe quien lo había citado y a quien se somete; y por último, 15 de Mayo, es la fecha gloriosa en que desaparece la última sombra de duda, la última nube de este cielo esplendente en que hoy se escribe  Paz.

 

No hago historia… ni me corresponde hacerla, pero tengo que decir que Maldonado ha cumplido hasta hoy religiosamente su palabra y cumple a nosotros ahora corresponder.  Tengo la satisfacción, al dar noticia de estos hechos, de ensalzar la pericia y discreción, la habilidad y talento con que el señor General en Jefe, su segundo y mis compañeros, han sabido obtener este resultado, el primero con su acertada dirección y los segundos con  su incansable actividad y valor.

 

Juzgad este hecho: es grandioso por su significación política y social, es grandioso por que encierra muchos sacrificios, muchos detalles que le dan colorido; es grandioso porque aquí han venido los guerreros armados a jurar la paz y esas armas que antes eran dirigidas contra el Estado, ahora las tiene en su apoyo; ahí tenéis a los guerreros del Yaqui; ahí tenéis a la Guardia Nacional. Hoy podemos parodiar a Napoleón diciendo: en los momentos en que este sublime acto se desarrolla, el mundo entero nos contempla. Podemos hoy dar una prueba de lealtad al Primer Magistrado de la Nación quien podrá ver, que aunque en pequeño, imitamos su benéfico ejemplo al poder decir: “Es un hecho la paz en el Estado de Sonora”.

 

¡Viva el Primer Magistrado de la Nación, General Porfirio Díaz! ¡Viva el General en Jefe de la Zona!  ¡Vivan los Gobernantes del Estado libre y Soberano de Sonora!

 

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Atrás: Coronel Francisco Peinado (izq) y General Luis E. Torres (derecha)

De izquierda a Derecha sentados: Julián Espinosa, Juan Maldonado “Tetabiate” y Loreto Villa

 

Ya se ha visto como esta raza infame ha correspondido a tanta nobleza, a tanta lealtad  y, ¡porqué no  decirlo? A tanto favor como con el mejor fin encerró el sentido discurso del igualmente sentido Sr. Coronel Peinado, y a la alta bondad y liberalidad del Gobierno.  A esa raza se le da dinero acuñado y devuelve plomo en balas; se le da pan para que lo lleve a sus hijos  y da muerte a la mano que se lo da; se le agasaja llamándolo nuevo soldado del progreso y contesta con un  alarido que repercute en las montañas a que ya ansía volver para robar y asesinar; se le llama bondadosamente heroico guerrero y se convierte en el mas miserable, cobarde y cruel de los bondadosos.

 

En la tarde se hicieron bailes para obsequiar a los indios, y la banda del 5° Regimiento dio serenata en la plaza hasta las once de la noche.  El Sr. Coronel Peinado envío al campamento indígena una música de cuerda a Maldonado y estuvo tocando hasta horas muy avanzadas de la noche.  Las familias fueron a saludar al Jefe Indio, y a satisfacer su natural curiosidad haciéndole preguntas que Tetabiate contestaba.

El Tetabiate no durmió en toda la noche. Sentado la pasó en una silla o paseando por su campamento  en actitud vigilante o desconfiada. Al día siguiente, cerca de las nueve de la mañana salieron de Ortiz el 5° Regimiento con su Jefe a la cabeza y la columna yaqui con dirección a La Misa.  El Sr. Coronel Peinado puso a disposición del cabecilla indio la banda de música y al pasar por la Hacienda de San Isidro fue con ella a dar las gracias al Sr. D. Cosme Echeverría, propietario de dicha Hacienda, por el buen trato que siempre había  dado a  sus peones trabajadores.

 

Además del caballo, montura y vestido que el comercio de Guaymas regaló a Maldonado, el Sr. Coronel Peinado le obsequió un hermoso caballo, el Sr. D: Cosme Echeverría una bonita calzonera de cuero y el Sr. General Torres un magnífico zarape de Saltillo. El Gobierno del Estado y señor General en Jefe, por cuenta del Supremo Gobierno, hicieron distribuir lo siguiente entre los indígenas y sus familias: 40 cargas de harina, 8 de  panocha, 20 reses, 8 cargas de garbanzo, 100 kilos de café, 2 botes del mismo grano, 10 rollos de petates, 14 docenas de vestidos para mujeres, una gruesa de enaguas interiores, 25 sombreros de pelo galoneados, 500 sombreros de palma, 500 vestidos mezclilla azul,  20 vestidos de casimir del País, 30 camisolas finas, 20 pares de zapatos, 100 rebozos corrientes, 100 rebozos finos y 6 zarapes.

 

Nuevo Levantamiento de Tetabiate en 1898

 

En Junio de 1898 volvió el Tetabiate a levantarse en armas contra el Gobierno encontrándose en esa época las siguientes fuerzas en el Río; 4° , 11° y 12°, 19° y 20° Regimiento de Infantería, 5° de Caballería y Cuarenta Nacionales, formadas en varios pueblos y que han sido de gran utilidad  dados los conocimientos que tienen de los bosques. El Sr.  General Jefe de la Zona le abrió nuevamente también tenaz campaña, en la que se libraron numerosos combates hasta que el indio indómito sucumbió en uno de ellos a manos del que antes había sido su segundo, Loreto Villa, quien desde que fue celebrada en Ortiz la paz con los yaquis permaneció fiel el Gobierno hasta que murió. Justo, justísimo es honrar la memoria de esos pocos yaquis  que, como Loreto Villa, han sabido con lealtad y con nobleza corresponder  a la nobleza y a la lealtad del Gobierno.

 

En 1899 fue electo Gobernador del Estado el Sr. Gral. Luis E. Torres, pero habiendo pedido una licencia a la Legislatura se recibió del Gobierno el Vice Gobernador, señor Celedonio Ortiz. El Sr. Ortiz no terminó su período, pues también obtuvo una licencia ilimitada y se  recibió el  Poder Ejecutivo el Sr. Don Rafael Izábal, nombrado Gobernador Interino por la Legislatura del Estado. El año de 1903 fue electo el Sr. Izábal Gobernador Constitucional y Vice-Gobernador el Sr. Son Francisco Muñoz, quien dejó de serlo en Agosto de 1904, entrando a substituirlo el Sr. Don Alberto Cubillas, persona generalmente estimada que ha hecho una firme, inteligente e intachable carrera política. La labor del Gobierno del Sr. Izábal palpita en muchas de las páginas de este libro y en ellas se enterará del detalle el lector. Al Sr. Izábal le tocó una de las épocas más tremendas de la cuestión yaqui y en el curso de este capítulo hablaremos de su gestión en este asunto, que ha desarrollado en combinación con el Sr. Jefe de la Zona, General Don Luis E. Torres.

 

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Rafael Izábal

 

Reanudaremos la cuestión de los Yaquis:

 

Los Primeros nuevos encuentros que hubo  fueron en la margen  izquierda del Río Yaqui, en los bosques y en las marismas, registrándose hechos de armas de importancia como el de la Laguna del Bahueca, donde se encontraron los rebeldes en número de tres mil, contra mil mas o menos que mandaba el General García Hernández.  Dejaron los yaquis muchos muertos en el campo y las fuerzas del Gobierno perdieron  como sesenta hombres entre muertos y heridos.  En esta acción murió el capitán de nacionales Julián Espinosa, yaqui que antes era de los principales cabecillas de los rebeldes, y que fue de los que le fueron fieles al Gobierno, como Loreto Villa a quien ya hemos hecho justo elogio y que prestó muy buenos servicios.  Como ese hubo varios encuentros en los  bosques, muriendo en uno de ellos, en el de Vícam, el teniente Coronel del 4° Batallón, y resultando herido en el de la Cuesta Alta el Coronel de 11° Batallón de Infantería Alfonso Martínez, que murió a consecuencia de la herida.

 

En Palo Parado hirieron al Sr. General Lorenzo Torres y en otros encuentros a otros jefes y oficiales que sería largo enumerar, lo mismo que a individuos de tropa.  En cambio, en esos combates se logró hacer varias importantísimas aprehensiones de rebeldes y desde entonces se vino en conocimiento pleno de la complicación de los indios llamados  mansos que trabajaban en las rancherías del Valle de Guaymas y en el Distrito de Hermosillo, trascendental asunto del que hablaremos después.

 

El Combate de Mazocoba

 

Otro hecho importante es el de la Laguna del Agua Salada, en que el General Lorenzo Torres con 40 hombres que traía el hoy Comandante Barrón y 10 nacionales logró aprehender a 14 yaquis después de un tiroteo, yaquis que revelaron que los demás rebeldes se estaban pasando para la Sierra del Bacatete, lugar para el que desde luego empezó el Sr. General Luis E. Torres a mover las fuerzas, habiéndose registrado allí encuentros que hacen página en la historia, como el Combate del Mazocoba, donde los indios estaban en posiciones completamente dominantes y en número no menor de 2,000, y teniendo entonces presos a las Josefinas y al padre Beltrán, de quienes tanto se habló en aquellas épocas. 

Las fuerzas federales y nacionales mandadas por el general Torres lograron desalojar a los enemigos de la civilización, después de hacerles un sin fin de bajas, rescatar a los cautivos y quedar dueños de las posiciones. Siguieron a este combate otros no menos interesantes, donde siempre dieron pruebas nuestras tropas de valor y abnegación en la persecución, que fue tenaz, hasta que lograron que los indios abandonaran los bosques y sierras.

 

Página en esta meritísima para el Sr. Gral. Don Luis E. Torres. Siguió a estos la labor  mas interesante de la campaña que fue la de buscar a los rebeldes en sus refugios, pues de una manera inocente estaban ayudándolos casi todos los habitantes del Estado, juzgando pacíficos a los yaquis trabajadores de la ciudad y de las haciendas, pero los muchos datos que tuvieron los que este importante asunto han dirigido, vinieron a demostrar que los indios, después de cansarse de pelear en la sierra, se iban a trabajar a las haciendas del Estado así como a los minerales y pueblos y , como en esas condiciones no hacían daño, los aceptaban todos los que necesitaban brazos sin preocuparles de donde  venía ni con quien trabajaban antes, pues nunca se ha usado aquí pedir recomendaciones de sus antiguos patrones en vista de la necesidad de brazos. 

 

 

La Expulsión a Yucatán en 1902 y la Batalla de la Sierra del Gavilán

 

El Gobernador del Estado Sr. Rafael Izábal, con el mayor empeño y con la actividad conocida que tiene para sus actos, fue personalmente a las rancherías de casi todo el Estado y descubrió a los yaquis rebeldes y complicados, logrando aprehender a casi todos los cabecillas conocidos y a todos aquellos que tomaban parte en la guerra y ayudaban a los rebeldes con armas, dinero, parque, provisiones o de alguna otra manera, siendo ejecutados aquellos perfectamente reconocidos como criminales y los demás deportados al Estado de Yucatán.

 

Con estas medidas los indios sintieron un cambio para ellos terrible, pues veían que sus reservas se les estaban mermando y resolvieron reunirse todos los de la raza para hacer el último impulso y lo verificaron en un punto conocido con el nombre de “La Carbonera”, y de allí fueron a conferenciar con el Sr.  Gobernador Izábal y con el Sr. General Torres al pueblo de San Miguel de Horcasitas, yendo las comisiones nombradas por los rebeldes por espacio de tres noches sin que se lograra un acuerdo, pues la exigencias de los indios estaban fuera de ley, y sobre todo de la razón y de las garantías que el Gobierno debe de otorgar a sus habitantes.  En sus pretensiones querían que salieran todas las fuerzas de Sonora, que les dieran el Río Yaqui con sus terrenos, en virtud de que lleva el nombre de la raza y por lo tanto presumen que es de ellos; que no se nombrara ninguna autoridad por el Gobierno, sino que ellos nombrarían sus autoridades y gobernadores; que serían los únicos en acordar si podían pasar los blancos por los caminos que van para Sinaloa y que ellos no tendrían ningún compromiso con la sociedad ni con el Gobierno.

 

Como era natural, el Gobierno no aceptó ninguna de tales insensatas cláusulas y desgraciadamente, por mas razonamientos que se les hicieron a los indios, fue completamente imposible convencerlos; se terminaron esas conferencias con la sencilla, presuntuosa y criminal frase de los rebeldes al Sr. Gobernador y al Sr. General: “Nos veremos en los cerros con tus fuerzas”.  Lo que sucedió efectivamente, pues dos días después de la última entrevista,  el Gobernador del Estado, a quien acompañaban los Sres.. diputados Dr. Alberto G. Noriega, Juan Bojórquez, Gustavo Torres, Juan P. M. Camou, Alejandro Lacy y algunas otras personas de la Capital del Estado, los derrotaron completamente con las fuerzas de infantería y caballería que respectivamente mandaban los Sres. Comandante Barrón y teniente Coronel Rivera.  Pero ese hecho importante merece líneas especiales  y vamos a hablar en detalle de la batalla de la Sierra del Gavilán que fue donde se registró la acción.

 

La víspera de la batalla, las fuerzas al mando del Sr. Gobernador estaban acampadas en la Hacienda del Gavilán, propiedad del Sr. Manuel Gándara, situada en la mitad del camino de Hermosillo a Ures.  En el peso de la  noche, mandó el Sr. Gobernador dos exploradores, uno para que se dirigiera al Cerro de la Escondida y otro rumbo a Carbó, siendo el objeto de esta exploración saber con certeza el punto donde estaba el enemigo que se sabía era numeroso a fin de batirlo en la madrugada. A las dos de la mañana regresó el guía que fue al Cerro de la Escondida, comunicando que había notado cantos de palomas y aullidos de coyotes en el mencionado cerro y que creían estuvieran ahí los rebeldes, porque es como acostumbran  correr la palabra en la noche.  Inmediatamente el señor Gobernador mandó llamar al entonces Capitán Primero Don Luis Medina Barrón, ordenándole que ya él con 50 hombres de caballería que mandaba el Teniente Coronel Rivera, seguiría la misma ruta.

Cuando llegaba la fuerza del hoy Comandante Barrón y fue vista por los indios, estos  en número de más de  400 y en el orden disperso, salieron a encontrarlo al llano que está cerca del Aguaje habiendo  un momento en que, dado el orden y uniforme de los indios mezclilla y rojo, creyó el Sr. Comandante Barrón que era la fuerza federal que andaba en combinación para este mismo hecho por Carbó al mando del Sr. Gral. Torres, creencia que  inmediatamente disipó  mandando tocar  la contraseña del cuerpo que correspondía a la tropa que venía  mandando, cuya contraseña fue contestada con el monótono  redoblar del tambor yaqui, instrumento que han usado siempre  que se han organizado en partidas grandes, pudiéramos decir en verdaderos ejércitos,  tomando en su enconosa ofuscación han creído que pueden las ramas del soldado del salvajismo y de la barbarie medirse victoriosamente con las de los soldados del orden y del progreso.

 

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Luis Medina Barrón

 

Desde luego se rompieron los fuegos por ambas partes, siendo vigoroso y fuerte el primer empuje de los indios pues hicieron desde las primeras descargas tres bajas de individuos de tropa y mataron a otro.  En esos momentos el Comandante Barrón mandó al Capitán Belma que tomara una pequeña altura que quedaba a la izquierda, lo que no se logró sino hasta el segundo asalto porque, comprendiendo los indios la importancia estratégica de esa altura, la defendieron resueltamente en el primero, y si sucumbieron, fue solo al empuje de los asaltantes federales. 

Entre tanto, el resto de la fuerza atacaba el centro del enemigo y ya veían los indios por una altura de la derecha  con el objeto manifiesto de envolver a la fuerza, cuando apareció la que mandaba directamente el Sr. Gobernador, quien rápidamente  se dio cuenta de la situación y para contener el avance envolvente de los indios destacó al teniente Coronel Rivera con la caballería, no solo a detener a los indios, sino a atacarlos, lo que logró valerosamente hasta llegar con sus dragones a la cumbre de la altura, en tanto que el enemigo descendía rápidamente. 

A este grado el combate  ya se había hecho general, pues en los instantes en que Rivera  atacaba la altura, Barrón había ido a auxiliar a Belma y unidas las fuerzas divididas al principio, atacaron con gran brío hasta llevar a su último reducto a los indios.

El Sr. Gobernador había entrado personalmente con su fuerza y atacó con tal denuedo, que el enemigo, al pretender envolver, se vio hostilizado terriblemente por izquierda, derecha y centro, no tardando, como era natural, en presentarse para los indios la mas completa derrota con todo su espantoso cortejo de pánico, de abandono de muertos y heridos, de ayes  de dolor, de gritos, de pavor y de vertiginosa  huída.

 

Cerca de dos horas había durado aquel combate en que los indios pusieron en juego una de sus últimas terribles cartas para golpear en plena faz el rostro de la civilización que tanto han maculado con sus crímenes, que alcanzan  los horrendos tintes de lo sombrío y que hacen dibujarse su tostada silueta sobre un fondo de sangre y horror. Para mengua de ellos y de sus traidoras armas y para prestigio del grupo que ahí se batió y del Sr. Gobernador y Jefes que lo acompañaron, entre los que hacemos especial mención de los justamente conceptuados como incansables y valientes soldados

Comandante Barrón y Teniente Coronel Rivera, aquel sol de Abril de 1904 en que su obsesión y cretinismo los hizo creer que alumbraría un rudo  golpe de sus armas criminales contra el baluarte de la civilización, solo alumbró ante sus desmesuradamente espantados ojos la sangre de sus broncíneas carnes y los jirones de sus fatídicos cuerpos, que rasgados ahí como harapos de humanidad maldita, recordaron fúnebremente una vez más a los supervivientes, como por sobre las ruinas del yaqui asesino tiene que levantarse la mano de la civilización lesionada.

 

¿Cuando un elogio puede vestirse con el ropaje de la sinceridad y de la verdad?. En varias circunstancias, pero muy particularmente cuando el que lo rinde pone de por medio el diáfano argumento de su ausencia. Y al terminar este libro yo me ausentaré de Sonora, y por eso es que sin que se tenga derecho a tildárseme de adulador, concluyó el relato de esta memorable y trascendental jornada, consagrando un voto de admiración y de respeto al Sr. Gobernador Izábal,

no tanto porque siendo civil haya dado en el gavilán pruebas de talento de hombre de armas, sino porque, pudiendo amurallarse en los edificios de una ciudad y envolverse con los tibios calores del hogar, representante admirable del deber cumplido, va ejemplarmente a pasar las privaciones de las caminatas del soldado y a correr los peligros del combate. ¡A través  de las distancias mi respeto siempre lo admira y a través de la ausencia mi mano siempre entusiasta estrechará su mano!.

 

Enterrados los muertos, recogidos los heridos y levantando el botín de esta batalla, el Sr. Gobernador Izábal se dirigió a Hermosillo con su fuerza y ahí conferenció con el Sr. Gral. Torres, quien ya había destacado a parte de la suya en persecución de los restos de la destrozada  partida indígena del Gavilán, acordándose  que el Sr. Teniente Coronel Gordillo Escudero y el Sr. Comandante Barrón con cien hombres siguieron las mismas huellas, lo que hicieron con el mejor éxito pues unos cuantos días después avistaron nuevamente al yaqui en el punto llamado La Centrada y nuevamente lo batieron hasta infligirle segunda derrota y completa,

pues los indios dejaron sobre el campo bagajes, heridos y muertos y en alas de su derrota y de su pavor, se lanzaron en medio de la mas desesperante huída y de la mas completa desmoralización a las alturas y quebradas de las Sierras del Bacatete, en cuyas fragosidades han ido siempre a ocultar su desastres, a llorar su rabia y gemir su humillación, simiente despreciable y cobarde que han regado con sus lágrimas en encono al blanco para hacer brotar nuevamente la planta maldita de su barbarie y de su traición.

 

FIN…

 

Agradecemos a la Sra. Guadalupe Mendoza Monge

su contribución a la digitalización de este documento

Hermosillo Sonora, Marzo de 2008

 
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